martes, 4 de junio de 2019

FUEGO LENTO PARA UN PLATO FRÍO





   Dentro del marasmo habitual de lecturas en que a uno le gusta vivir inmerso, éstas adoptan a veces un orden que, aunque sea aleatorio porque depende más de compromisos adquiridos (posibilidad de entrevistas y/o encuentros, elaboración de un dosier, petición expresa de opinión que no se puede dilatar) que de un acto de voluntad, se torna en lógico cuando se echa la vista atrás, según se van cerrando volúmenes, se diría que todo obedece a un plan, y no hablo, por supuesto, como en otras ocasiones nos hemos lamentado, de títulos clónicos, copias de plagios (o viceversa), aplicación de fórmulas exitosas hasta la extenuación (y más allá, como diría Buzz Lightyear), sino de aquellos que tocan esos asuntos que, no sin razón, suelen reunirse bajo la etiqueta de “universales”, los temas que llevan inquietando/moviendo a la raza humana desde que, como escuché a no sé quién, alguien de la tribu se subió a una piedra y empezó a contar algo a los demás, no en vano se refieren a sentimientos que expresamos o dejamos de expresar, lo que está dentro de cada uno, lo que mueve nuestra sangre, incluso aunque no nos detengamos a reflexionar sobre comportamientos propios o ajenos. Por eso, no me ha resultado extraño que la conclusión de un volumen de relatos (cuatro historias cortas, ya conocen la ambigüedad de ciertos términos) que tuve que abandonar hace unos meses por algunas de las razones anteriormente expuestas se haya solapado/mezclado/compartido con la de una muy interesante novela de la que pronto (es mi deseo) nos ocuparemos en este ángulo oscuro del salón -Los ojos con mucha noche de Emilio Calderón-, novela gracias a la cual rememoré en Facebook una de esas películas que considero imprescindibles, la todavía (por sus virtudes y por lo que expone) estremecedora La historia oficial, ese latigazo que conviene no dejar de sentir (y lamentar) para hacer justicia con tantas víctimas que mantienen inalterable su infame condición (en Argentina y en, por desgracia, tantos lugares), porque (y es el meollo de la novela citada, en ese núcleo radica su punto de contacto -mucho más que eso- con las narraciones en que a continuación ahondaremos) no es lo mismo perdonar que olvidar y porque a nadie se puede/debe obligar a que conceda (o lo procure) uno u otro (o los dos), mucho menos uno prefabricado, establecido, pautado, copiado, forzado, no sirven modelos anteriores (al menos asumidos literalmente), cada quien debe acuñar los suyos, los que le satisfagan, los que le sirvan para sus propósitos, los que le consuelen.

   Y, más allá de los motivos en concreto (que dejo para su momento) que me llevaron a (que me reavivaron) la cinta de Luis Puenzo que valió a Norma Aleandro un incontestable premio de interpretación en Cannes, existen muchos más puntos en común de lo que pueda parecer a simple vista (o leyendo las sinopsis) entre ésta y La venganza del perdón, el libro al que me vengo refiriendo y que, con traducción de Mª Dolores Torres París, publicó Alianza de Novelas en los últimos meses de 2018, libro que supone (como ocurre con todos los suyos -como los que he leído, cuando menos-) la reconfirmación de una de las escrituras más elegantes, sugerentes y dúctiles (sin renunciar a un tono muy característico y reconocible en su sencillez, en su facilidad para narrar con las palabras y los elementos precisos, en su capacidad para profundizar -y hasta escarbar- sin que lo parezca, sin histrionismos ni pirotecnias) que puedan encontrarse (y paladearse, así es como se le lee: saboreando las palabras) en la actualidad, un autor que analiza (y hasta disecciona) eso tan inaprensible y por definición etéreo e invisible que solemos denominar alma (ahí tienen de nuevo -nunca se van en realidad- a “los universales”) sin perturbaciones aparentes, sin sentir, sin que se note, pero que nos hace viajar hasta nuestras propias catacumbas, esas en las que tantas veces (por decisión personal o por imposición/convivencia) sepultamos (y olvidamos) nuestra verdadera esencia: Éric-Emmanuel Schmitt. Aunque las cuatro historias son muy diferentes entre sí (en modo de abordarlas, en el asunto central, en desarrollo, en el regusto que dejan en el lector), todas emparentan en aquello que resume el título de una de ellas, el escogido para unificarlas (La venganza del perdón), unas dialogan con las otras en cómo los personajes se enfrentan al tema que vertebra el volumen, el lector, casi de manera inconsciente, compara a los protagonistas de un relato con los del anterior (con los del resto según avanza), no puede evitar pensar qué pasaría si los intercambiase o si las narraciones se mezclasen, así, por ejemplo, la que podríamos señalar como piedra angular de lo que el autor plantea no se encuentra en la que da título al conjunto sino en la última (Dibújame un avión): “Daphne tenía razón: no perdonamos algo, perdonamos a alguien. El acto sigue siendo malo, pero la persona no se vuelve así. No puede ser reducida a su gesto dañino. Perdonar equivale a considerar a la persona completa, devolverle el respeto y el crédito que merece”.

   Es asombrosa y digna de encomio (y de admiración) la manera en que Schmitt nos lleva de un relato a otro como si se tratase del mismo, el modo en que, con infinita sutileza y economía de recursos, con una prosa diáfana, con una exposición nada alambicada, marcando notorias diferencias y sin complicar la existencia al lector pero consiguiendo una unidad formal (y si me apuran emocional) sin fisuras ni esfuerzo notorio, sin apelotonar, sin que se note el truco (precisamente porque no lo tiene), poseedor de una coherencia estilística, temática y personal (en lo que a él se refiere, en lo que del autor hay en el texto, pero muy especialmente en lo que a la construcción y el alma -de nuevo- de los personajes se refiere), decía que es muy loable cómo Schmitt logra que sus cuatro piezas encajen como una sola sin perder entidad ni particularidad (en la mayoría de volúmenes de cuentos -dejemos ahora a un lado los matices y la extensión- suele haber al menos un momento en que algo chirría y el conjunto se resiente), así pasamos de una narración que hubiese podido ser base de otra de las grandes películas de Claude Chabrol (Las hermanas Barbarin) a una intriga emocional que sirve para diseccionar la ambición y la impunidad de los poderosos (Mademoiselle Butterfly) para recalar después en una historia (la homónima del volumen) que, si llega a conocerla, hará las delicias de Stephen King y concluir el viaje con el mejor homenaje posible a El Principito que se nos pueda ocurrir, saliendo indemne de todos los clichés posibles (Dibújame un avión). Y como sucede con los grandes escritores, como es seña de identidad en Schmitt, hay mucho más debajo de lo fácilmente detectable, de lo que se indica en esas dos palabras que se imponen desde la portada, en esa (aparente) paradoja que supone fraguar con cuidado, con mimo, sin precipitación, esperando el punto justo para servir un plato que hay que dejar enfriar (así, Moïsette, una de las hermanas Barbarian, “llamaba cariño a esa larga costumbre que tenía de su hermana, su contigüidad física, su proximidad animal; llamaba cariño al hecho de referirse a ella constantemente; llamaba cariño a su bienestar al lado del ser que nunca la rechazaba; llamaba cariño a su envidia, a su lujuria, a su rencor, a sus deseos de venganza, a sus ramalazos de agresividad; llamaba cariño al odio enconado hacia su hermana mayor”), ese perdón que bien administrado supone, sin duda, la más gratificante de las venganzas porque da la vuelta a la tortilla, confiere el poder a quien fue víctima (da igual el grado concreto en que lo fuese, si se reclama/espera -ese es otro tema al que volveremos cuando nos ocupemos de la novela de Emilio Calderón- de alguien es que sufrió en su día un agravio, ya especificaremos cuando sea pertinente), no es patrimonio de todos, tal vez fuese preferible no tener en un momento dado la capacidad para otorgarlo por lo que esa posibilidad implica (aunque hay quien, como se señala en Mademoiselle Butterfly, se sitúa “más allá del perdón”), por lo sucedido para llegar a ese punto en que nos lo demanden (por más que en el mismo relato se recuerda -y ahí radica otra de las cuestiones capitales- que “el hombre está hecho de tal forma que la culpabilidad pertenece a las emociones fugitivas, el sentimiento permanente sigue siendo la autoestima”). Dicotomías que Éric-Emmanuel Schmitt plantea con agudeza y, sobre todo, sensibilidad, queriendo movernos y conmovernos, buscando nuestra complicidad en el sentido de hacernos caer en la cuestión, reflexionar sobre ella, abordarla, clarificar nuestras actitudes y sensaciones, ayudarnos a caminar sin dar recetas ni hacer proselitismo, tan sólo (de)mostrando que no somos de una pieza, que eso no es posible/factible, que no hay manual de instrucciones que tenga todo previsto, que la experiencia sirve en parte (faltaría más) pero llega un punto en que cada cual actúa como puede, quiere, le nace en ese momento, sin tiempo para pensar por más que llevase tiempo cocinando su reacción. Leer a Érica-Emmanuel Schmitt reconcilia con la vida, nos hace mirarla a los ojos, separar la paja del trigo, equilibrar antagonismos que, se quiera o no, hay que conocer/experimentar, sólo así podremos darles nombre y llenarlos de contenido.