viernes, 17 de abril de 2015

AUDIENCIA REAL



   




 Ya la habíamos disfrutado interpretando Fedra (junto a un estupendo Dominic Cooper, todo hay que decirlo) en una versión exquisitamente dirigida por Nicholas Hynter, con una escenografía esplendorosa concebida y manejada en favor del texto, de los intérpretes, del propio espectáculo (y no al revés, como por desgracia sucede más de lo debido), experiencia que vivimos en la misma sala del National Theatre en que habíamos gozado y nos habíamos rendido más allá de toda medida al magisterio permanente y constantemente rejuvenecido y revalorizado de la inmensa Vanessa Redgrave (con un texto asombroso, lacerante en su asepsia, terrorífica profecía que la actriz protagonizaría en la vida real no mucho después con la sorpresiva y trágica muerte de su hija Natasha, un prodigio de Joan Didion titulado El año del pensamiento mágico que dentro de muy poco podrá verse en el Teatro Español –por desgracia, en lugar de haber caído en las manos de Mercedes Sampietro o Vicky Peña lo ha hecho en las de Jeannine Mestre-); precisamente por eso nos habían quedado ganas de repetirla (también a la Redgrave, pero ahora recupero la frase principal y vuelvo a Fedra), nos preguntábamos si sería posible, si los hados nos serían propicios, cuando la noticia se hizo oficial y Pablo buscó entradas como regalo de Reyes: Helen Mirren regresaba a las tablas para transformarse de nuevo en Isabel II –la de allí, no me hagan chistes fáciles-, el rol que le hizo acumular casi todos los premios posibles que pueden ganarse en el ámbito cinematográfico, la interpretación que la encumbró en la manera que llevaba tanto tiempo demandando por su desbordante talento y su impagable personalidad plasmada en una trayectoria ecléctica, tal vez errática, muy variopinta, con la que había conquistado el corazón de muchos cinéfilos (y de amantes del teatro, pero este arte está más restringido a que, como en el caso que ahora reseño, se dé la oportunidad, los elementos se combinen y los sueños puedan cumplirse), un prestigio bien cimentado que necesitaba una cima de ese calibre para afianzarse con firmeza incontestable, un trabajo que la hizo inmensamente popular, un portento que todavía nos deja ojipláticos, una joya como La reina, un prodigio que no debe quedar eclipsado por su monumental actuación, un triunfo al que no son ajenos el abracadabrante guión de Peter Morgan, la elegancia de Stephen Frears a la hora de sortear todos los escollos posibles que se encaran de frente y sin miedo (sin rebajar ni un ápice la mordacidad ni la malicia) y el impecable y plausible trabajo desarrollado por el resto del reparto, en el que conviene destacar a los inigualables Michael Sheen y James Cromwell.
   Y, como digo, nos plantamos en Londres (en un día ciertamente desapacible con rachas de viento que espolvoreaban con furia las gotas de lluvia que caían sin parar) para acudir a la audiencia, The Audience, con texto de Peter Morgan (sólo él podía rizar el rizo y mejorar su anterior libreto) y dirección de Stephen Daldry (una de las pocas opciones posibles para recoger el testigo de Frears y, sin imitar ni trivializar ni dormirse en los laureles, conducir el espectáculo con mano maestra y como si no hubiese un precedente –al que, por otro lado, se hacen guiños admirativos y agradecidos-). El Gielgud Theatre, acogedor y confortable, con ese encanto de los recintos de siempre que en Londres conservan la esencia del teatro ante el que tantos fruncen el ceño y condenan con un gesto displicente de su mano –esos que se consideran amantes del arte de Talía y salvadores del mismo, esos que enferman de modernidad y se burlan de lo que denuestan como “arqueología”, esos que van salpicando (en realidad, anegando) Twitter y demás redes sociales con la ocurrencia del momento con la que dejan muy a las claras los auténticos agujeros negros que tienen con respecto a conocimiento, respeto y criterio, ese que cacarean para sentirse gozosos y en la pomada, minoritarios que insultan al resto del público, los que absurdamente reclaman una cuantiosa taquilla para lo que consideran para paladares exquisitos, se supone que algo es “bueno” (mira que recurren a este adjetivo que no expresa nada) porque sólo ellos acuden, pero al final ovacionan lo que vende todo el papel durante un porrón de funciones-, el Gielgud es, como digo, uno de esos locales en que se respira teatro ya en el vestíbulo, en las taquillas, en los pasillos, un espacio en el que el espectador se siente a gusto y a salvo de las inclemencias meteorológicas (y de los tuiteros desabridos), un lugar idóneo para ser testigo de un espectáculo que sólo necesita unos cuantos cambios de luces, los aditamentos precisos y una atmósfera muy bien creada para hacernos sentir que estamos en una estancia de Buckingham (excepto en el incio del segundo acto), mirando por el ojo de la cerradura para conocer lo que sucede en la audiencia privada que la reina concede semanalmente a la persona que ocupe el cargo de primer ministro, asunto sobre el que fabula Morgan puesto que es una charla informal y privada en la que no se toman notas ni tras la cual se ofrezcan informes, se hagan comparecencias o declaraciones. Al margen de poder admirar en vivo la manera en que Helen Mirren se transforma en Isabel II (la cadencia de la voz, el modo de pronunciar, las miradas, los movimientos) hasta casi hacerlas indistinguibles, no sabiendo muy bien si estamos ante la actriz o ante la soberana, tal es el ejercicio de mimetismo, la asunción de personaje, la perfección desplegada, la naturalidad con la que se imbuye de la personalidad que se le encarga, es francamente maravilloso cómo, sin abandonar escena, ayudada por un equipo que se mueve ligero y con sutileza, en apenas segundos, Mirren va reflejando diferentes épocas de la reina, siendo la joven, temblorosa y aún no coronada que se enfrenta a Churchill, la mujer madura que tiene enfrente a la poco gobernable Margaret Thatcher, rompiendo la cronología en aras de un texto inteligente, perspicaz, agudo, punzante, dando la época con un mero cambio de peinado y vestido, una de esas experiencias que hay que vivir para creerla (y que, gracias a Pablo, pudimos gozar y vibrar en la quinta fila).
   Y ahora, dos años después de su estreno, ha llegado a Broadway ese mismo montaje mientras que en Londres, en apenas una semana, podrá verse una reposición de The Audience en la que Kristin Scott Thomas asume el rol inmortalizado por la Mirren. Sería curioso poder establecer comparaciones (y más por ver en escena a una intérprete tan refinada y distinguida), teniendo aún tan fresco el recuerdo de lo sentido en el Gielgud, pero la economía no lo consiente y, por un lado, mejor esperar a otra ocasión en que Scott Thomas elija otro texto, teniendo en cuenta por otro que volveremos a Londres antes de lo esperado (nosotros nos quitamos de otras cosas que algunos considerarán más necesarias pero que nos llenan mucho menos para, así, ir ahorrando un poquillo y, de vez en cuando, poder darnos una alegría, una satisfacción, ese “es una vez en la vida” –como dijo Pablo antes de comprar entradas para, ¡sí, sí, sí!, ver a Bette Midler el próximo julio y ya de paso, ¡por fin!, contemplar a Imelda Staunton, ¡nada menos que haciendo Gypsy!-). Y pensar en la Mirren en Broadway es recordar su anécdota saliendo disparada a la calle durante el entreacto para amonestar a unos músicos que mediante el sonido de sus tambores, desfilando entre cánticos y percusión, anunciaban un festival de tendencia LGTB y perturbaban la paz, el medido silencio, el gusto por la palabra que exige The Audience. ¡Sólo una grande puede salir, ataviada como Isabel II, a exigir que cese la algarabía, dejando sorprendidos a los que tocaban y a los que miraban! Y no crean que evoco ese momento por el gusto de hacerlo, sino porque, como narra Garson Kanin en su impagable libro sobre Tracy y Hepburn (ese que tanto molestó a la actriz, celosa de su intimidad y muy especialmente de la de su amado, por mucho que sea uno de los homenajes más emocionantes que puedan existir, un testimonio directo, sensible y sincero de por qué ambos serán siempre nuestros favoritos), cuando Kate (como gustaba ser llamada) llegó al teatro en que iba a representar Coco se dio cuenta inmediatamente de que la elección de local era muy desafortunada porque justo enfrente estaban construyendo un rascacielos y, al margen de lo que eso iba a dificultar la llegada del público, los ruidos iban a imposibilitar el correcto desarrollo del espectáculo en la sesión de tarde de los miércoles; como el vaticinio se cumplió, la intrépida y atlética actriz no dudó en encaramarse al andamio para negociar con los operarios y consiguió que, durante el momento culminante de la función (el momento en que evoca a su padre y canta la conmovedora canción homónima del personaje al que encarnaba y del espectáculo), hiciesen una pausa (“la hora de Katie”) y todo pudiese fluir y disfrutarse. ¡Que tiemble Broadway si algo así sucede porque la furia real será incontenible! ¡Ay, qué lejos pilla Nueva York! ¡Qué caro es todo! (los hay que sólo van por capricho, por alardear, vacuos en cualquier sentido, siempre tiene pañuelo el que no moquea) Pero no importa, Londres no es un premio de consolación, es un trofeo en sí mismo y, además, lo fundamental para nosotros es experimentarlo, disfrutarlo, incorporarlo a nuestros latidos y, en ese sentido, nada es más o menos que nada por los kilómetros que haya que recorrer, lo hacemos porque lo queremos no por postureo, es imprescindible porque lo vivimos juntos (pero, claro, haber acudido a una audiencia con la majestad de Helen Mirren es un puntazo, indudablemente).

miércoles, 15 de abril de 2015

"¿Y TÚ ME LO PREGUNTAS?"





   Puesto que es la institución que (se supone) limpia, fija y da esplendor a nuestro idioma, tengo una tendencia muy acusada a consultar el diccionario de la Real Academia Española, el DRAE, para intentar resolver las muchas dudas que me surgen a la hora de escribir, para despejar incógnitas, para usar las palabras con la mayor propiedad posible, para conocer significados, para asegurarme, para no abundar en el error, para ser preciso; pero, en ocasiones, en demasiadas, la calle, las gentes, la comunicación, la efectividad, el habla es más rápida, porque si sabemos a qué nos referimos, si nos comprendemos, si nadie pregunta acerca de un término, perdónenme la osadía, incluso el sacrilegio, no hacen falta libros para sancionar lo que el pueblo dice –es como lo de las coplas que apuntó con buen criterio Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta / las coplas, coplas no son”-, porque la lengua está viva y en constante evolución y no podemos coartarla y/o negarla –y, sí, también sufre una permanente involución en los últimos tiempos, pero es que, por un lado, no se enseña como forma de expresión sino como corsé represivo y ajeno a la realidad, no sabemos inculcar el cariño, respeto e interés debidos, por otro no hablemos ahora de ciertos hábitos y/o prácticas tolerables cuando expresan urgencia o hay un tope de caracteres, vicios que algunos han llegado a publicar como “literatura” (hay editores que deberían asumir sus responsabilidades sobre estos crímenes –si no penales, al menos civiles-)-, porque los académicos se toman su tiempo, tienden al inmovilismo, no son muy amigos de novedades (parece mentira que tantos de ellos creen universos con un lenguaje propio), en cierta manera es inevitable que vayan con retraso, terminan por aceptar vocablos cuando ya han dejado de ser utilizados o cuando ha pasado su momento de gloria y expansión, cuando han perdido vigencia o ha quedado claro su uso coyuntural, envejeciendo con la velocidad pasmosa con que lo hacen las modas. No negaré que a veces voy al DRAE sólo por el morbo de encontrar una definición obsoleta, inexacta, carpetovetónica, a espaldas de lo cotidiano, inmovilista, y que hay oportunidades en que lo hago buscando una brújula que me oriente, comprendiendo la dificultad y casi imposibilidad de resumir en pocas palabras el verdadero significado de un término, la polisemia humana, creativa, profunda de realidades intangibles (sí, ya sé que es un oxímoron, pero sólo en parte, a ver si soy capaz de explicarme), de conceptos inmensos a los que, por más vueltas que les demos, nunca lograremos aprehender en una breve exposición (y hasta en una muy larga), nunca llegaremos a una síntesis, a una convención, a un consenso que satisfaga a todo el mundo porque identificamos a qué nos referimos, pero cada uno lo siente, lo aprecia, lo vive, lo escribe de una manera; ahí está, por ejemplo (bueno, es la palabra que hoy consulté), “poesía”, que en su primera acepción se dice es la “manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa” y que, tras otras más o menos técnicas, en la sexta se añade que es también la “idealidad, lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza, manifiesta o no por medio del lenguaje”.

   Si nos atenemos a esa glorificación de lo bello, parece que estamos dejando fuera a la práctica totalidad de los poetas que podamos evocar, sino a producciones completas al menos buena parte de su obra; ¿dónde queda Hijos de la ira? Hay partes de Poeta en Nueva York que no responden (ni buscan ni pretenden ajustarse) a ese canon podríamos decir bucólico, tampoco Cernuda puede ser leído sólo bajo ese prisma, ni Benedetti, ni un libro que acabo de terminar y que comienza diciendo “Ante todo el grito. Cierta rabia y cierto llanto que se arrojan. Ante todo la náusea, el alma abismándose, ciega”. No hay duda de que provoca, impacta, turba, asombra, inquieta, que lo que se entiende por “belleza” (como tantas otras cosas) es algo que depende de cada uno, pero, así en román paladino, hablando en los términos más convencionales, no parece que sea glorificar, ponderar, cantar la belleza (no al menos en todas sus páginas) lo que pretende Juan Manuel Uría con su libro Las huellas del límite publicado por Baile del Sol, sino, tal y como cierra el volumen tras un viaje por muchos recovecos, dobleces, silencios que no necesitan palabras pero las convocan, las sugieren (sé que puede sonar muy raro, pero para saber de lo que hablo hay que recorrer estas páginas y detenerse en los puntos y aparte, en el interlineado, en esos poemas de apenas dos o tres frases), lo que el poeta de Rentería parece querer es, tan sólo (¡Como si fuese poco!), dejar constancia del “relleno de alma en que consisto; las veintisiete letras que aún me sirven; la razón funámbula que salta, dominando el vértigo, entre mis sienes; y los tiernos huesos, el millón de huesos que brotan de mi lápiz en un desesperado intento de encarnar”. Y si se trata de límites, enlazando con lo un tanto torpemente expuesto en el preámbulo por un servidor, Uría los rompe, los cruza, los aleja para hacer nuevo camino (ya sabemos que no existe: sólo se hace si estamos en él, si nos movemos, si seguimos), comprende que todo suena a tópico, a copia, a manierismo, porque “todo lo que se podía escribir sobre una estación de tren ya se ha escrito. A los poetas sólo nos quedan palabras gastadas”; pero él se desdice de esta afirmación, demuestras que aún hay mucho por escribir al seguir destilando imágenes desoladoras, afirmaciones rotundas, metáforas sutiles, vómitos incontenibles, una amplísima gama de recursos y tonalidades que conforman un poemario que conmueve en su aparente sencillez, que nos atrapa en la viscosidad de la extrañeza de ser humano o, mejor aún, de no saber serlo, de no comprender por qué se es, ya que “a veces me pasa que todo está en pausa”.

   “Se marchitan las flores, inevitablemente, a pesar de todos mis cuidados. Y en los jardines de la memoria parece que no hay espacio para antiguas rosas”, pero tal vez lo haya para otras o para remedos de aquellas, para imitaciones, para la sublimación de esos aromas, para la constatación de que “algunos días el silencio es más evidente que otros” o para la inapelable conclusión de “algunos días las cosas pierden su nombre, el lenguaje se nos aja, y todos los pájaros callan. Sí, tú sabes de lo que hablo. También te pasa a veces”. Claro, es que el que lo probó lo sabe, y tal vez haya que concluir, siguiendo los parámetros del DRAE, que al final todo poeta busca la belleza, añora la perdida, la imagina, la convoca, la tira por tierra, la menosprecia si no le sacia, si le harta, si la desdeña por inalcanzable, pero todo es un ir y venir entre, por, para ella, aceptando que es pasajera (“Y que el instante dure lo que dure la vela”), procurándola y necesitándola aunque sólo sea para posicionarse en su contra (“Y la frente ha dejado de ser frente como el labio ha dejado de ser labio. Qué cosa sea ahora, tampoco sé. Acaso nada más que vejez y ruina, sencillamente”). Y es un placer recrearse en este breviario (en el sentido de la cuarta acepción del DRAE: “Libro de memoria o de apuntamiento”) en que se dice lo justo (“Porque las palabras innecesarias sólo enturbian”) porque lo importante, lo necesario, lo que se consigue es que el lector añada las que considere necesarias (“La palabra que no cabe. La simiente fecundando”), recorra su propio “pabellón de las flores que se cultivan para los muertos, imaginando sin venir a cuento un pan seco en las manos de un viejo o una niña triste que juega sola en un parque”, no le importe “herirse queriendo coger la luz al vuelo, sin saber que quema. Pero alcanzarla, sin embargo, y reír luego”, agradezca a Juan Manuel Uría que le haya servido de cicerone para replantearse sus huellas, dejar otras bien marcadas, sentirse identificado con “estas palabras [que se dicen] como una oración sin fe, sin dios y sin tierra, con el tono de quien guardado bien su silencio; con el derecho antiguo que aún se otorga a los andantes de estrecha vía, de andada larga, de huella límite”. ¿Quién dijo miedo? La poesía no es para los cobardes, los pusilánimes, tanto huero que se piensa vate porque plagia (y para colmo mal) a voces que, desde lo íntimo, desde lo profundo, desde sí mismos, se olvidan de quienes son para dirigirse a los demás, y Juan Manuel Uría lo hace sin concesiones ni contención, poeta en estado puro (porque, y eso sí lo reconoce el DRAE, también en prosa puede escribirse mucha poesía).

martes, 14 de abril de 2015

"NO NOS VIMOS NUNCA, / PERO NO IMPORTABA"





   Me gusta poder titular este texto con unos versos del poema que Julio Cortázar (referente, maestro, autor al que llevo demasiado tiempo postergando cuando merece extraer del arpa los sonidos más armoniosos, entusiastas y admirativos) dedicó al Che Guevara, a quien nunca vio, lo que no fue óbice para establecer un hermanamiento de alma, de lucha, de pasión, un reconocimiento que pasa por quererle a su modo y por asumir que su voz (esa voz a la que debemos tanto antes, durante y después de Rayuela, esa obra que sólo se puede experimentar, sentir, dejar latir, esa permanente inspiración), que algunos versos, que muchas palabras, que su pluma se ha impregnado de las esencias del guerrillero intelectual (“le tomé su voz,/ libre como el agua”). Más allá de, aunque sea en un suspiro, poder detenerme en la figura del gran escritor argentino, he elegido este pórtico porque conocí ese poema en la voz de su autor (con una cadencia que le imprimía un carácter misterioso, casi de delirio, diríase que el adulto evocaba sus fabulaciones de niño –“Yo tuve un hermano / que iba por los montes / mientras yo dormía”-, sin conocer a quién va dirigido –e incluso sabiéndolo-, las palabras de Cortázar adquieren al ser dichas por él un aura de ensoñación que provoca un ligero y agradable temblor –pueden encontrar la grabación en la red, anímense-), puesto que esos versos inspiraron a Pablo Milanés su canción Si el poeta eres tú (“Si el poeta eres tú, / como dijo el poeta, / y el que ha tumbado estrellas en mil moches / de lluvias coloridas eres tú, / ¿qué puedo yo cantarte, / Comandante?”) y el trovero cubano quiso que el propio Cortázar introdujese de ese modo la canción, dejando clara la genealogía de la misma, en el disco Querido Pablo, donde un buen puñado de amigos le agasajaban, acompañaban, coreaban, rendían tributo (Mercedes Sosa, Ana Belén, Silvio Rodríguez, Miguel Ríos o Joan Manuel Serrat eran algunos de los convocados). Y como las casualidades no existen y hay ciertas interconexiones inevitables (e incluso deseadas en lo que al mundo del arte se refiere, puesto que así vamos encadenando libros, canciones, cuadros, películas, obras de teatro, unas creaciones llevan a otras casi instintivamente, complementándose o rechazándose, dialogando entre ellas y con el receptor), no es difícil llegar a Chico Buarque, en primer lugar porque él también participaba en la convocatoria (interpretando una sobrecogedora La vida no vale nada), pero muy especialmente porque, más allá de sentir el susurro de sus versos y trovas durante la lectura, no he podido ni querido evitar rememorar continuamente el latiguillo “yo tuve un hermano” pronunciado con el acento de Cortázar al navegar por las páginas de la nueva novela del brasileño que ha editado recientemente Literatura Random House.

   Y no es sólo que el título ponga en bandeja el hecho (El hermano alemán), sino que el protagonista de la historia, Ciccio, un trasunto del propio autor, pasa gran parte de su vida queriendo saber si ese hijo que su padre tuvo antes de casarse con su madre existe y si es así qué pasó con él, por qué no le han buscado, por qué se ha convertido en un fantasma familiar, en una leyenda, en alguien a quien se nombra entre susurros, mascullando, recurriendo a metáforas, perífrasis o elipsis, esa ausencia que, según va cobrando consistencia y realidad, activa la curiosidad y la imaginación de Buarque, quien ha hablado en numerosas ocasiones de este misterioso y desconocido hermano al que trató de localizar y cuya peripecia vital intenta reconstruir mientras juega a mezclar lo auténtico con la ficción, a ratos fabulando y en otros desmenuzando su propio proceso mental y emocional según avanza en la investigación con la que quiere poner rostro al primogénito familiar, repasando y repesando lo vivido, lo dado por sabido, lo ocultado, rellenando los huecos con su desbordante capacidad para imaginar, su apabullante cultura, el conocimiento que ha ido adquiriendo en la monumental y envidiable biblioteca paterna, esos volúmenes que invaden y anegan el hogar, esos estantes repletos de obras en multitud de idiomas, con variedad de tonos, estilos y épocas, un laberinto de letra impresa en que se apiñan y conviven poetas, novelistas, enciclopedias, diccionarios, nada escapa al síndrome de Diógenes bibliófilo que alienta al padre de Chico Buarque. Benditamente envenenado de palabras, la prosa del aquí novelista (también, al margen de músico –la actividad que más fama le ha dado-, podríamos nombrarle como poeta o autor teatral) es torrencial, imparable, con pocos puntos y aparte, engarzando frases con gran fortuna, con un ritmo muy medido que pudiera pensarse acompasado por rasgueos de guitarra, muy literario pero imbuido de la musicalidad que nos arrebata en composiciones como Construcción, A pesar de usted, Valsecito y el archiconocido Oh, qué será, casi reproduciendo en tiempo real el modo en que el narrador intenta ir encajando las piezas, poniendo palabras sobre los puntos suspensivos, subiendo el volumen de las conversaciones susurradas por sus padres, iluminando los reproches callados, comprendiendo y descubriendo cómo son sus progenitores, enfrentándose a lo que se le presenta como verídico, dando verosimilitud a lo que intuye o ansía demostrar sucedió de ese modo, manipulando lo cotidiano para que reproduzca lo que tan sólo es una posibilidad, una suposición, una quimera, una historia que necesita cerrar, impelido por su talante y talento narrativo.

   Buarque logra conjugar lo popular, el habla de los personajes, lo más mundano y reconocible, con la erudición adquirida en los libros que ha tenido a su alcance desde edad muy temprana, narra en diferentes estratos, se permite breves digresiones que apuntalan la principal, esa fiebre que le mueve y le hace relacionar el detalle más absurdo y estrambótico –en la plena acepción del vocablo: un añadido, algo en realidad prescindible puesto que “catorce versos dicen que es soneto” y el resto no aporta nada-, la anécdota más intrascendente con el objeto de su pesquisa, ese delirio que le hace hallar pistas donde no las hay (porque no son tales), pero es precisamente en ese frenesí donde el novelista sale más airoso, donde mejor demuestra su capacidad narradora, porque todo se va aunando con suma facilidad, cada elemento encuentra su lugar y el conjunto resultante es una aventura emocionante, con tiempo para la emoción detectivesca, el costumbrismo, la ironía, la parodia, la evocación, sabiendo lanzar impulsos que el lector recibe con gozo, aportando su propia perspectiva y conocimiento, dejándose arrastrar por el poder fabulador que Buarque recoge de Carpentier, García Márquez, Rulfo, Amado, esa larga tradición que, por supuesto, incluye a Valle-Inclán, Pérez Galdós, Gómez de la Serna, autores que juegan con las palabras, las innovan, les insuflan nueva vida, acuñan nuevos significados, escritores dueños de un discurso poderoso, irresistible, inagotable, que aglutina estilos y tonos, que aúna lo más fabuloso con lo más terrenal sin establecer fronteras, armando la narración con gran coherencia y sin abusar de la paciencia del lector, todo lo contrario, transformándole en cómplice activo. Al llegar al final, cada uno sacará una conclusión (y se preguntará qué hubiese hecho, qué haría si de repente tuviese la sospecha de que tiene algún familiar desconocido, alguien desgajado del tronco, una rama suelta que no sabe a qué rincón fue a parar), pero sin duda la literatura sale triunfante del envite porque explora cada hogar, qué nos resulta armonioso y qué no, con qué nos sentimos plenos, porque todos hemos sido conscientes de que los mayores intentaban ocultar algo y en su torpe disimulo desvelaban más de lo que querían, porque en cualquier momento podemos sentir la presencia de un hermano desconocido e invisible que nos muestre “detrás de la noche / su estrella elegida”.   

martes, 7 de abril de 2015

(RE)INVENTANDO LA HISTORIA



   




 La grafía del título provoca que no quede claro de qué estamos hablando aunque en realidad no sea necesaria ninguna matización, ya que da lo mismo que pensemos en la Historia, con mayúscula, con todo su peso, con toda la intención del mundo, como en una historia con minúscula, la de cada quien, la particular, la que se narra o escucha, la que se vive, porque ambas se entremezclan con acierto, vigor, un punto de provocación (en el sentido de espolear, de activar, de hacer pensar, de interrogar al lector), un mucho de ironía, sus buenas dosis de sorna y enorme talento literario en la última novela de Jordi Soler, Ese príncipe que fui, publicada por Alfaguara a finales de 2014. El escritor mexicano de origen español (su familia abandonó Barcelona, la ciudad en la que él reside actualmente, tras la Guerra Civil) nos ofrece una vibrante crónica, un a modo de reportaje novelado que se impregna y empapa de ficción para narrar como si fuese verdad la peripecia vital del último descendiente de Moctezuma, un texto tan espléndidamente armado, tan veloz, poseedor de una prosa que literalmente avasalla, un verbo que se impone, que cautiva, que deja tan sin aliento que uno no puede sino tomárselo al pie de la letra, creerse hasta el interlineado, entrar en la broma, en el juego planteado, olvidar a ratos que estamos ante una novela para tomar el texto como un apunte biográfico, una experiencia en primera persona, el fruto de una investigación que el narrador va desgranando casi en tiempo real, como si sucediese ante nuestros ojos (que es, por otro lado, lo que consiguen los escritores de raza: las palabras cobran vida cada vez que son leídas, pero sólo si la poseen de antemano son capaces de involucrar al lector, haciéndole partícipe y protagonista de las emociones que convocan, pareciendo que están pensadas en exclusiva para nosotros).
   “Mi historia con el príncipe empezó a partir de un artículo de periódico que hablaba de la princesa Xipaguazin, de su penosa vida en Toloríu, en el Pirineo catalán, y de esa estrambótica cadena de descendientes que terminaba, según decía el artículo, en Su Alteza Imperial Príncipe Federico de Grau Moctezuma”, explica el narrador muy al principio, destacando a continuación el hecho de que lo que más le llamó la atención fue conocer la leyenda que aseguraba que el tesoro del emperador azteca, todo lo que entregó a su hija antes de que se la trajesen para España como máximo botín de lo que conocemos como Conquista de México, llevaba enterrado casi quinientos años a unas tres horas en coche, casi al alcance de su mano. A partir de ahí, llevado por la codicia o al menos por la curiosidad de que nadie se haya preocupado de buscarlo, de desenterrarlo, de que nadie lo haya encontrado, tras intentos infructuosos con detector de metales de por medio, tras olfatear el lugar como todo un sabueso, no aparecen ni monedas ni piezas doradas ni nada por el estilo, pero sí recuerdos, testimonios, documentos, nombres, una genealogía que le lleva hasta ese personaje que, arruinado, arrumbado y olvidado de todos e incluso de sí mismo, aún sigue presentándose como príncipe de una corte con un solo cortesano, su fiel Crispín, desahuciado en un retiro lejano, precisamente en México, triste recuerdo de una pompa y gloria pasadas que se sustentaron en quimeras, en engaños, en picardías, en los intereses de los próceres del franquismo por emparentar con la nobleza. Jordi Soler retrata con brochazos gruesos a los que medraban y merodeaban alrededor del dictador (e incluso al mismísimo Franco en una delirante y surrealista, como no podía ser de otro modo, visita a Dalí en la que se fragua el destino del supuesto descendiente de Moctezuma, al que se inviste de la púrpura necesaria para que pueda conceder a su vez títulos nobiliarios –previo pago, por supuesto-, algunas de las páginas más gloriosas de Ese príncipe que fui, desopilantes por certeras, carcajeantes por verosímiles, vitriólicas y empapadas de la rebaba quevediana, se encuentran en este tramo del relato), dando los trazos precisos para dibujar el panorama rancio, espeso, insustancial y pedestre de una España que, querámoslo o no, no es tan lejana ni ha sido realmente superada (y lo mismo podría decirse de otros muchos países).
   Pero, por encima de todo, lo que alienta la novela, lo que le da un carácter podría decirse épico, lo que la eleva por encima de otras con las que comparte espacio en las librerías, lo que convierte su lectura en un disfrute, al margen de lo ya indicado sobre una prosa que es como un torrente imparable, un constante fluir de palabras magníficamente armonizadas, casi con un ritmo musical, con una cadencia irresistible, es la creación de ese personaje que recoge, sintetiza, resume una tradición y la enriquece, un primo hermano de Rinconete y Cortadillo, un pariente cercano de Lázaro de Tormes, del Buscón, hasta de Carpanta, pícaros que sólo querían calmar el hambre, alimentarse, saciar el apetito, aunque en el caso que nos ocupa, el tal Kiko Grau no se conforma con eso porque se cree, siente, reivindica como heredero de una estirpe de emperadores y al mismo tiempo es un tipo muy vivo, un aprovechado que, por otro lado, no sabe actuar en su propio provecho, un personaje con muchas aristas, una personalidad poliédrica que Soler describe con precisión, ocultándola cuando le da voz, camuflándose en la mentira o en el relato interesado para causar la mejor impresión posible a su interlocutor, recurriendo a elementos historiográficos que aunque falsos resultan reveladores y apuntalan a la perfección el juego literario, la invención del propio príncipe que se mezcla con lo que otros intuyen, suponen, imaginan, una figura que, a fuerza de resultar paródica, falsaria, exagerada, mitificada, adquiere esa verdad que sólo anida en la buena literatura, en la que permanece en el ánimo, el regocijo y el recuerdo del lector mucho tiempo después de haber cerrado el libro, una absoluta creación que se inscribe en la nómina de personajes inolvidables.     

miércoles, 1 de abril de 2015

UN ASUNTO QUE TAL VEZ SE LLAME ALMA



  


 En las cuestiones culturales hay muchas palabras que se utilizan con sorna, entre comillas, con tono peyorativo, con condescendencia, rebajando la calidad de una obra, tildándola de menor; el uso de las mismas en el sentido que se indica está restringido a aquellos que se consideran voces autorizadas, que han sido aupados vaya usted a saber por quién a tribunas desde las que verter su supuesto conocimiento e imponer su aún más supuesto criterio (en ocasiones se trata tan sólo de estar en el lugar adecuado en el momento preciso -o de otras circunstancias que uno prefiere no enumerar, al menos hoy- y lo demás rueda por sí mismo), esos pretendidos intelectuales, pretenciosos jueces que añaden escalones a su peana glorificando aquello que les ayuda a aumentar su propia consideración y no al revés, es decir, alabando el hecho de que ellos presten atención a algo: son esos que, por ejemplo, afirman que no leen jamás novelas, por mucho que dirijan un programa de radio centrado en la literatura –que la poesía sea el centro y motor del mismo no les exime de conocer otros géneros, sobre todo porque también hablan de ellos: no es ninguna obligación leerlo todo pero, entonces, lo mejor es guardar silencio-, pero fíjense si ésta que tengo que presentar es magnífica que me la he leído entera (ya, claro, un poco por vergüenza torera, porque no te quedaba otra, por compromiso, pero como no puedes establecer comparaciones con el resto de novedades que se publican esa misma semana, en muy poco ayudas al lector a seleccionar); o aquellos que se jactan de no ver cine español (o de otra nacionalidad, de tal género, con cual protagonista, dirigida por aquel) pero un buen día se caen del caballo en el camino hacia Damasco porque hay un título en concreto que se sale de la norma que ellos mismos han escrito y le hacen la ola (¿Cómo saben que esa es la que merece la pena? ¿Cuál es el rasero empleado para medir? ¿Ocho apellidos vascos sí es la gran comedia española del siglo y bate por goleada a todas esas que, vuelves a repetir en el texto, no has visto durante no sé cuántos años? Ya me lo explicarás, Alfonso Ussía o, mira, mejor no, allá tú y los que te sigan ciegamente); o esos que sólo se sienten bien aplaudiendo lo minoritario, en el sentido de que las salas de proyección estén vacías o los volúmenes cojan polvo en las estanterías y posteriormente en los almacenes, en ocasiones como previo paso a la guillotina (¡Horror!), esos que se ponen la venda antes de la herida, antes de que el público opte por una cosa u otra, deseando que haya un rechazo casi generalizado para poder afirmar “es que es para pocos, no todo el mundo está dispuesto a una obra así o puede entenderla”, elitismo vacío y endogámico (hasta Buñuel preguntaba si las salas estaban llenas, ¿qué os parece?); son gentes que en realidad no aman aquello que les ocupa, que gustan de sentirse superiores a costa de menospreciar a los que pagan (porque, obviamente, ellos sólo van a lo que les resulta gratis, “porque ese es mi trabajo”, el que desempeñan sin ninguna ética, diciendo lo que algunos quieren escuchar, palmeando espaldas, vilipendiando al que no es de su agrado –o al que un día les dejó con el trasero bien al aire-), esos que siguen pregonando que el arte que merece tal nombre es el que no se comprende, el que está al margen de los grandes circuitos, el que no interesa al público, el que sólo ellos alaban y promocionan, los peores embajadores posibles de un placer, un gozo, un entusiasmo, un arrebato, una pasión, un divertimento que cada cual encuentra a su modo, sin poder explicarlo, precisamente por eso conquista y se hace imprescindible.
   Y mientras ellos siguen recurriendo a términos tan vagos y que no definen nada como “bueno”, “malo”, “mayor”, “menor”, estableciendo jerarquías aristocráticas (en el sentido etimológico del término: “el poder de los mejores” –que es como ellos se ven-), arrugando el hocico ante lo que les resulta trivial, fútil, inane, entretenido (sólo oírles pronunciar esta palabra es para salir corriendo), mientras se toman tan en serio que arrinconan todo lo que les parezca una mera evasión (y lo condenan sin paliativos: sólo les sirve aquello que no puede ser tildado como tal, es decir, están dando a entender que sólo quieren aburrirse), la novela policiaca continúa en plena forma, proporcionando diversión a raudales, haciendo la crónica del momento en que se escribe o de la época en que sitúa su acción, radiografiando emociones, enredándose en disquisiciones filosóficas que enriquecen la trama, afrontando las investigaciones de los crímenes como excusas para escudriñar las facetas oscuras de cada quien, siguiendo la senda de nombres imprescindibles como Georges Simenon, Raymond Chandler o Patricia Highsmith, haciendo literatura sin complejos ni esquemas ni prejuicios ni queriendo contentar a nadie (¡Ay, aquellos críticos que se lamentaban de que el creador de Philip Marlowe no utilizase el talento que no podían negarle para escribir otros géneros que le mereciesen más!). Y, así, por ejemplo, nos topamos con Maurizio de Giovanni, autor napolitano especializado en el género, al que dota de un aura existencialista que desasosiega, impregnando sus páginas con un tinte sombrío, desesperanzado, trágico, especialmente en la serie que protagoniza el comisario Ricciardi, un peculiar investigador al que podríamos emparentar con el propio don Quijote en el sentido de ser la encarnación perfecta de un caballero de triste figura, alguien que arrastra una condena que le hace aislarse y querer alejar a cualquiera que se interese por él, alguien que mantiene a buen recaudo su corazón para no contaminar a los demás, alguien que ha cercenado sus emociones porque convive con los que han sufrido una muerte violenta, porque es testigo de sus últimas palabras, porque los ve ante sus ojos con la misma corporeidad que a sus semejantes, repitiendo su letanía, permaneciendo en el mismo lugar mucho tiempo después de que haya sido levantado su cadáver hasta que poco a poco se van desvaneciendo, cediendo su sitio a otros que reviven por mor de lo que Ricciardi denomina “el Asunto”, esa terrible herencia que le dejó su madre, ese vacío que le perfora una y mil veces, ese peso que le hunde en lo que para algunos es melancolía, para otros carácter huraño, para los más cercanos coraza inexpugnable, tal vez fobia social, miedo a los demás, para el lector suplicio, flagelo, llaga siempre abierta, dolor persistente que se traduce en una escritura muy lacónica, a ratos poética, a veces delirante, pero siempre muy cuidada, muy efectiva y nada afectada, con un ritmo muy medido y acorde con una narración que, sin descuidar lo meramente policiaco, incide en lo que es su verdadera columna vertebral, su razón de ser, su particularidad: los recovecos del alma, qué puede llevar a alguien a cometer un crimen.
   La editorial Lumen ha lanzado recientemente en España el sexto título de la serie (también están en su catálogo los cinco anteriores), Y todo a media luz (aunque tiene sentido y sea descriptivo, se pierde la fuerza del original –Vipera, es decir, Víbora-), una nueva muestra de la buena salud de que goza Ricciardi en lo que a inventiva de su creador se refiere, una entrega que abunda en los hallazgos y aciertos de las anteriores (aunque en cada una se resuelva un misterio, conviene leerlas en orden para asistir a la evolución/involución del personaje central –y de los varios recurrentes que le acompañan-, para ir asumiendo el código en que las historias se narran, para ir empapándose de la prosa de de Giovanni que, según va mostrando lo que carcome el ánimo de su protagonista, va mezclando nuevos colores en su paleta para mostrar la realidad del Nápoles de 1931 –año en que situó la primera novela, en la sexta ya nos encontramos en 1932- y va ensombreciendo tonos, aumentando la polifonía de lamentos que hablan de hambre, de carencias afectivas, de amores contrariados, de venganzas enquistadas en los genes, de opresiones políticas, de persecuciones, de la miseria que lo inunda todo sin ningún tipo de misericordia), una novela que a ratos conmueve, en otros perturba, en la que los personajes se juzgan con crueldad (en más de una ocasión es el propio asesino –sin desvelar nada, dicho en general, a veces puede que haya más de uno, en otras el crimen lo ha cometido una mujer-, es la voz del homicida la que nos interpela, nos sacude, escupe su rabia, su furia, su frustración, ofrece su lado más humano, más tierno, más amoroso, nos lleva de lo más sublime a lo más bajo, de lo vivificante a lo terrible en cuestión de segundos), una lectura que nos obliga a continuar en ella compulsivamente, por mucho que sintamos ciertos latigazos porque nos preocupa el destino de esas almas que ahí están reunidas, que han sido atrapadas por una pluma vigorosa que transmite nervio y hondura sin que eso suponga ninguna merma en lo puramente entretenido (aunque cada uno considera como tal eso que le hace pasar el tiempo sin sentir, llámese Gustave Flaubert o Agatha Christie, y es que cada momento requiere un autor y no otro), en el problema a resolver, en el interrogante que esperan y desean los que tan sólo buscan un buen rato que nos les complique la existencia más allá del momento concreto de la lectura, anhelo que merece tanta recompensa como la del que pide un algo más, un añadido, en este caso un complemento que se impone como ingrediente principal, aunque se percibe que de Giovanni trenza el misterio con habilidad, con mimo, con respeto por el lector, y sabe sedimentarlo con ese algo que caracteriza su estilo, su prosa, sus logros (hace unos meses, la colección Roja y Negra de Reservoir Books lanzaba El método del cocodrilo, primera entrega de una saga situada en el Nápoles actual –no en vano es la ciudad natal del autor-, que dejaba muy claro que a de Giovanni le preocupa tanto lo uno como lo otro, logrando una combinación tan perfecta que nadie podría decir si lo policiaco le llevó a lo existencial o fue al revés, el caso es que todo fluye con tan facilidad que resulta irresistible).