domingo, 21 de agosto de 2016

AQUELLAS MUJERES, NUESTRAS MADRES





   Con motivo de la histórica reposición de Cinco horas con Mario vivida hace pocos meses (ya es histórico el montaje en sí mismo, lo que supuso, lo que provocó, el hito en que se convirtió, aún más lo ha sido que treinta y siete años después de su estreno Lola Herrera, aunque ya lo había hecho con anterioridad, se haya reencontrado con un texto y un personaje que nadie puede habitar, defender, lanzar al público como ella -pasarán los siglos, vendrán otras, a muchas ya no las veremos, tal vez en el siglo XXIII tengan su propia y magnífica Carmen Sotillo, por ahora resulta imposible imaginarla con otro rostro, otra voz, otra piel-), apareció una crítica en la que su autor decía que ahora por fin había comprendido lo que Delibes quería contar, que la primera vez que leyó la obra sacó la conclusión de que Carmen era una bruja que había hecho la vida imposible a Mario, que tantos años después había podido ser ecuánime y sentir lástima, compasión, simpatía por ambos, especialmente por ella (no he podido encontrar el artículo original, cito de memoria y reiventando, lo que sí es literal es lo que afirmaba sobre sus primeras impresiones). Ignoro cuándo tuvo este señor su primer encuentro con una novela (ese es el origen: por desgracia aún se oye en el teatro antes de la función a mucha gente que desconoce tal dato), pero el caso es que Cinco horas con Mario se publicó en 1966, tenía la urgencia de lo inmediato -la esquela que servía de introito a la narración da testimonio de que el óbito tuvo lugar el 24 de marzo de 1966-, era un testimonio en carne viva, un reflejo de lo que estaba sucediendo, de lo que se consideraba “normal”, de lo que era reflejo de “una moral intachable” y un respeto a “las buenas costumbres”, era un auténtico grito, tal vez tan estupendamente camuflado por el autor para sortear la censura, la reprobación, el rechazo, para conseguir sus objetivos antes de ser descubierto, tan sutil e inteligentemente armado y presentado que a muchos pudo/debió parecerles algo inocuo, incluso intrascendente (al fin y al cabo, se trataba de “asuntos de mujeres”), más de uno no supo captar lo revolucionario, lo transgresor, lo valiente, lo implacable de la novela (de hecho, el propio Delibes confesó que, cuando llevaba como cien páginas de una primera versión muy diferente en estructura, tono y estilo, tuvo que frenar “porque aquello no funcionaba con Mario vivo. Afortunadamente esta vez vi la luz, ayudado por la censura, porque lo que decía Mario no lo iba a permitir” y, por lo tanto, optó por “matar a Mario y verlo a través de su mujer, cuyos juicios eran oficialmente plausibles”). El caso es que pensé en regresar a la novela, que no he vuelto a leer desde que estaba incluida como uno de los textos sobre los que podían preguntar en Selectividad (en ese momento fue una relectura, porque desde que cayó en mis manos El camino -conocida gracias a la adaptación televisiva que dirigió Josefina Molina, directora asimismo del montaje teatral que nos ocupa-, precisamente el mismo año en que Los santos inocentes se convertía en un triunfo absoluto en los cines de medio mundo, había devorado cualquier título de Delibes al que hubiese tenido acceso), pero los tomos con las obras completas del autor vallisoletano se encontraban ocultos y con difícil acceso (había tenido que poner a mano otros, los volúmenes se acumulan en lugares insospechados) y, por así decirlo, se me fue pasando la fiebre (aunque, dicho queda, sé que terminaré por cumplir ese deseo).
   Lo que no dejó de rondarme fue cierta comezón, cierto malestar porque alguien hubiese malinterpretado de ese modo el personaje de Carmen, esa lectura aún la hacía más víctima de una (mala) educación plagada de dogmas, prejuicios, imposiciones, obligaciones, servidumbres, incluso ella misma es implacable consigo por momentos (la connivencia con los verdugos es el peor lastre, el más difícil de erradicar, esa es su mayor victoria), un magnífico retrato (por veraz, por comprensivo, por altavoz) de una mujer que, lamentablemente, aún nos es (o debería serlo: no miremos hacia otro lado) muy próxima, muy reconocible, muy contemporánea. Y, al evocar esos años de instituto, me vino a la cabeza otro de los títulos obligatorios para Selectividad, Nada de Carmen Laforet, un libro sin duda importante más allá de ser el primer Nadal, toda una sorpresa y un triunfo que se alzase con el triunfo y fuese publicado (y adaptado al cine poco tiempo después), parece impensable que en 1945 se consintiera el acceso a una voz que se expresaba sin filtros ni manierismos ni reparos (la autora siempre marcó ciertas distancias y dijo en innumerables ocasiones que no era una autobiografía, pero sus hijas han declarado que lo hacía para que su familia no se ofendiese o afectase más de lo debido), una voz joven que denunciaba (desde lo aparentemente anodino, para algunos sería algo trivial, no fueron capaces -nunca lo eran más allá de las obviedades, eso que salimos ganando a pesar de todo-) el aburrimiento existencial a que se veían abocadas tantas mujeres con inquietudes, ese caldo espeso en que se anegaban y cercenaban anhelos, curiosidades, aptitudes, manifestaciones, intelectos, sensibilidades, incluso frivolidades y veleidades, potencialidades, realidades. Pero, aun captando y reconociendo sus virtudes, nunca me atrapó la prosa de Laforet, volví a leerla en la Universidad pero seguí sin pillarle el punto, puede que todo se debiese a que, casi al mismo tiempo que leía Nada por primera vez, descubrí a Carmen Martín Gaite, Entre visillos, otro premio Nadal, y con ella sí me sentí arrebatado, de hecho recuerdo que la leí compulsivamente, que debió durarme dos o tres días porque me absorbió completamente, que se convirtió desde ese temprano conocimiento en una de mis escritoras (y escritores) favoritas, que sin ella pretenderlo anuló al resto (a ella sí estoy regresando, precisamente en estos días, también incorporaré algún título que aún tengo pendiente, tiempo habrá para que el arpa suene bajo los auspicios de LA Martín Gaite -¡Ay, ese “la” admirativo, cómo me place!-).
   Y el caso es que Pablo me había regalado en nuestro último aniversario El volumen de la ausencia, novela con la que Mercedes Salisachs ganó el Ateneo de Sevilla en 1983, ella misma sirve como ejemplo de lo mal mirada que estaba una mujer con aspiraciones artísticas, más habiendo recibido lo que entonces se llamaba “una educación esmerada” y formando parte de una familia “con posibles” o “pudiente” o, directamente, “rica”, tuvo que enfrentarse a los suyos y pelear por lo que, en contra de lo que algunos afirman, no le regalaron ni pusieron fácil, siempre se enfrentó a los prejuicios de los que la veían como una diletante, una mojigata, una dogmática conservadora, una cosa es o puede ser lo que ella votase, defendiese, rezase o dejase de rezar en su vida privada, pero sus novelas cuestionan a la sociedad del momento, a la burguesía, a los que se erigen en autoridades morales, socava los cimientos de la doctrina dominante, da voz a mujeres (y hombres) que se sienten atrapados en los esquemas heredados o impuestos, tiene personajes que, por supuesto, mantienen y reproducen los clichés imperantes, no para defenderlos o difundirlos como algunos (los que no se molestan en leerla) creen, sino para escrutarlos, para desenmascararlos, para abatirlos. Como andaba con estas reflexiones, abrí el libro, lo antepuse a otras lecturas, y muy pronto encontré puntos en común con Carmen Sotillo, con lo que su irrupción en las páginas y después en escena supuso, puesto que la narradora de El volumen de la ausencia, Ida Sierra (siempre aparece así nombrada, por cierto, con el apellido del marido, al modo de otros países, dependiente del macho, nadie parece tener curiosidad por cómo se llama ella en realidad, es tan sólo “la señora de”), dice en pocas palabras lo que ha sido el pan de cada día para tantas (y tantos): “Callar; eso era lo que hacíamos todos. Cubrir con piel sana los furúnculos más purulentos”. Aunque, sin duda, los párrafos más reveladores y dolorosos (porque cuentan algo que ha sucedido, que aún sucede en muchos lugares) son los que Ida dedica a hablar sobre su madre, son un reflejo de la incomunicación, de la sumisión, de la resignación, del modo en que se ha anulado a varias generaciones (nos quedamos en las madres porque, tengamos la fortuna de que aún vivan o no, están todavía cerca, puede rectificarse, pero podríamos, claro, hablar de nuestras abuelas, bisabuelas, por supuesto tías, vecinas, incluso hermanas) y nadie ha movido un dedo por evitarlo (y quien sí ya sabemos cómo ha terminado): “Creo que fue en aquella ocasión cuando de verdad conocí yo a mi madre. Hasta entonces lo único que sabía de ella era que había pasado por la vida, como tantas mujeres de su época, sometida al destino ancestral de su sexo, volcada hacia su marido, cuidando de mí cuando yo era pequeña y dedicada luego a Jacobo porque era hijo mío y yo no podía ocuparme de él.
   >>Nunca supe en realidad cuáles fueron sus verdaderas luchas internas. Ni siquiera llegué a saber si las tenía. Ignoro si alguna vez sintió la necesidad de rebelarse, o si llegó a experimentar por un hombre que no fuera mi padre lo mismo que yo sentía por ti.
   >>Me chocaba, eso sí, su forma de comportarse con todo el mundo; aquella necesidad de entrega que casi nadie apreciaba, aquel volcarse con los que sufrían o enfermaban y, sobre todo, aquella paz que irradiaba incluso en los momentos de mayor apuro: “Dios proveerá, hija; hay que confiar en Él.”
  >>Para ella no había más ideología que la de auxiliar al prójimo; jamás se definió políticamente ni le importaba la gente que aspiraba al poder. Al contrario; la compadecía: “Situarse en las alturas es perder el derecho a la tierra. Y eso es grave, Ida. Mientras vivimos, es nuestro verdadero feudo.”
   >>Su máxima ambición consistía en no ser ambiciosa; en tener lo suficiente pero no lo demasiado. (…)
   >>Sus alusiones a la fe eran siempre veladas; no quería abrumar a nadie con sus creencias: “Lo importante no son los sermones, sino el ejemplo.” Por eso nunca se preocupaba en averiguar si tal o cual fulano era de derechas o de izquierdas, si era creyente o no lo era. Lo único que le impulsaba hacia él era saberlo en desgracia (con o sin culpa) y procurar, como fuera, sacarlo a flote. Luego lo olvidaba. Decía que tan malo era recordar los agravios que nos habían hecho, como evocar los favores que hacíamos a los demás: “Ambas situaciones conducen a la soberbia.” (…)
   >>Eso era lo que solía practicar ella, Juan: cegueras voluntarias; sorderas sistemáticas para todo lo que la hería.
   >>Decididamente antiextremista, procuraba evitar entusiasmos vanos, precipitaciones torpes e inquietudes meramente materiales. Todo lo que, en definitiva, podía hundir al entusiasta en lo ridículo”.
   Todo esto viene a resumirse en una frase que Ida escribe poco después: “Así era mi madre, Juan. Un camino de renuncias sembrado de querencias que pocas veces manifestaba”. Ese silencio ancestral fue el que vino a romper Delibes (como ya habían hecho antes otras autoras, ya lo hemos visto), por eso resulta desolador que alguien pudiese ver a Carmen Sotillo como una arpía, como una indeseable, cuando sólo le preocupaba guardar las formas, cuando se arrepiente de aquello que tan sólo ha imaginado o magnificado en su recuerdo, cuando ha sido obediente hasta en la cama, cuando ha sido fiel guardiana de las esencias de “lo correcto”, eso que se transmite en las páginas de la revista La Dona Catalana, revista semanal publicada entre 1925 y 1938, de la que Montserrat Roig recoge algunos avisos en su vibrante Adiós, Ramona: “Toda mujer que cuida de su higiene tiene siempre a mano una pastilla de jabón de almendra”, “Leyendo La Dona Catalana se protegen los intereses del hogar”, “Sabéis que la mujer catalana ha sido siempre la más fiel guardiana de nuestra fe y de nuestras tradiciones ancestrales, sabéis que son vuestras virtudes raciales”, “La sensatez que no excluye la alegría, la discreción en el mando, la docilidad en la obediencia, la honestidad en las costumbres”. Y también aparece una escuela, academia o similar que se llama La Cultura de la Dona en la que sólo se imparten clases de taquigrafía, bordado, ortografía y costura (lo que me lleva al estupor de ser consciente de que, en este tiempo en que descubría a Laforet, Martín Gaite y otras -también en ese tiempo empecé a leer a Ana María Matute-, es decir, en los años que van de 1984 a 1988, aún se impartía una asignatura optativa que se llamaba Hogar, según decían algunos profesores evolución de lo que antes eran nociones de “economía doméstica” y en aquel momento se centraba en manualidades varias, todo muy fútil y ñoño, recubierto de una ranciedad vomitiva -pero curricular y, si se suspendía, cosa que llegaba a suceder, había que hacer un septiembre de examen sobre nutrición-). Montserrat Roig, con la brillantez que la caracterizaba, retrata sin aspavientos y con contundencia a tres mujeres de la misma familia, estableciendo la cronología y genealogía de los esquemas mentales, de la cortedad de miras, de los dogmas de fe (religiosa y social), porque la abuela, en 1894, escribe en su diario: “No sé por qué me caso. Pienso que es muy difícil prever qué nos tiene reservado el destino. Una mujer necesita a un hombre a su lado, por miedo a encontrarse sola, de ser el hazmerreír de la gente. Sobre todo, por miedo a llegar a vieja sin salud y con el alma reseca”. ¡Qué escalofrío pensar que tantas lo han rubricado con sus hechos, creyendo ciegamente que era lo justo, sin plantearse que existen otras opciones, sin el valor o la posibilidad de oponerse, siendo cruelmente castigadas si se atrevían a discrepar! Por lo tanto, no es extraño que, ya en 1960, esa misma mujer le diga a su nieta cuando va a ir por primera vez al Liceo al haber cumplido dieciocho años: “Tienes que sentarte con las piernas cerradas y las puntas de los zapatos hacia adentro. Sobre todo no pongas esa cara de juez. Saluda a los conocidos con elegancia, les sonríes si se acercan pero no hables demasiado, no te rías si no viene a cuento, has de mantenerte distante. No debes exagerar: una señorita ha de hacerse valer sin que nadie sospeche cuáles son sus intenciones. Te has de mostrar reservada. (…) has de comportarte, cuando estés dentro del palco, como si la música te interesara de verdad. Nada de llevar gemelos, no los necesitas, nada de mirar con indiscreción a los lados: una chica ha de estar bien educada por fuera y por dentro”. Uno se atrevería a decir “bien amaestrada”, “bien domada”, “bien abducida”, “bien domesticada” (dicho con mucha ironía, por aquello de que en las aulas se aprendía “economía doméstica” -hablarían del precio de los garbanzos o de las telas más prácticas para hacer cortinas, de cómo llegar a fin de mes, ¡mira, que se apunte Esperanza Aguirre si aún imparten lecciones de este tipo en algún sitio!-).
   Tengo pensado escribir dentro de no mucho (ya saben los fieles que igual pasan meses antes de ello) sobre los prejuicios y, por lo tanto, apenas esbozaré ahora cómo, por culpa de una espantosa profesora de Literatura que sufrimos durante la carrera, una mujer incapaz de transmitir el más mínimo amor por los libros, alguien que les convertía en obstáculos, en cargas pesadas, una tal Milagros Arizmendi por la que, en parte, nunca me entusiasmó Carmen Laforet (tal vez si ella nos la hubiese hecho vivir, explorar, tal vez si ella hubiese hecho volar nuestra imaginación, si hubiese animado a nuestros corazones, si hubiese creado lectores y no papagayos, si le hubiesen preocupado nuestras sensaciones, nuestros análisis, nuestros puntos de vista, si hubiese transmitido alguna emoción, tal vez así mi relectura de Nada hubiera sido más placentera -o la de Tiempo de silencio de Martín-Santos, otro de esos títulos nimbados de prestigio que nunca se han ganado mi devoción y que también leí primero para la Selectividad-), como esta señora nos arrojó unos veinte libros que había que leer para un examen que iba a tener lugar un mes después, así, sin avisar, sin que le temblase el pulso, haciendo que muchos se desanimasen y considerasen la lectura como algo prescindible porque ya vienen otros a imponerla, cogí mucha prevención a Rosa Chacel, porque las más de 700 páginas de La sinrazón se sumaban a otras muchas que era imposible leer a tiempo (había otras cinco asignaturas, la mayoría con mucho que memorizar y estudiar). Pero en esta época por la que transito me decidí a abrir Memorias de Leticia Valle y la experiencia ha sido gratificante, gloriosa, refrescante, una novela en apariencia ingenua pero con unas cargas de profundidad que aún hoy son muy pertinentes, por debajo de su voz de niña (si bien es cierto que muy leída, tendente a la reflexión, en absoluto simple, muy despierta y observadora) asoma la madurez de una escritora -la publicó con más de 45 años- poseedora de una mirada certera y penetrante, otra de esas que no consintieron mordazas ni grisuras, sacando a la luz la miseria moral de una sociedad (y aunque las circunstancias no cambiasen demasiado o lo hiciesen muy lentamente, dejar testimonio de ello es imprescindible, para que no se olvide, para procurar que quede en el pasado, para que Carmen Sotillo no sea quemada por bruja).

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