sábado, 6 de agosto de 2016

LA TELEVISIÓN ES NUTRITIVA



  

 Los fieles conocen de sobra mi afición por lo audiovisual, lo que dicho así hasta suena más o menos bien, pero me refiero en concreto a ese gusto e incluso en algunos momentos obsesión por ver lo que se emitía por televisión cuando era chaval, esa atracción que muy pronto sentí por lo que aparecía a través de esa ventana (sí, es una metáfora muy manida, pero ¿acaso pensábamos que era otra cosa cuando teníamos tres o cuatro años?), la algarabía con que recibía los anuncios (¡Ay, cómo hemos cambiado!) a los que, me cuentan, consideraba “mi aca” (la etimología de semejante “palabro” se me escapa), lo pronto que me aficioné a consumir las mil y unas historias que se contaban a través de ese medio, ese hábito que algunos miraban mal llegando a reprochar a mis padres y, sobre todo, a los tíos (al fin y al cabo, era con ellos con los que más horas pasaba) la permisividad con la que asistían a aquella actividad que parecía poco menos un descenso a los infiernos, les censuraban que propiciasen lo que, según ellos, sería dañino para mi cerebro, para mi alma, para mi educación, para no sé cuántas cosas más (vamos, que eran de esos que resumían Don Quijote de la Mancha diciendo “es un señor que se vuelve loco por leer mucho” -o sea, al final nada era bueno para estos garantes de la moral y las buenas costumbres, las que ellos consideraban de ese modo-). Pero el caso es que mi expediente académico desde aquella lejana y hoy mitificada EGB jamás reflejó los estragos que pronosticaban esos apocalípticos de salón (nada que ver con aquello sobre lo que teorizó Eco, por cierto: hago referencia al libro de la Biblia que no se les caía de la boca porque siempre fueron religiosos por temor y sermoneaban con amenazas), que nunca fui remolón para levantarme al día siguiente aunque no me hubiese acostado antes del final de la película, serie o programa correspondiente (¡Quién me ha visto y quién me ve! -aunque sigo levantándome más o menos presto cuando suena la alarma, en lo que sí he cambiado es el número de horas de sueño que preciso para no andar luego cabeceando aquí y allá-), que aprendí, como tantos de aquella generación, a distinguir rápidamente la realidad de la ficción, que me enamoré de la capacidad de contar y vivir historias que les sucedían a otros pero que convertía en propias, que entré en contacto con un universo inagotable, que leí desde muy pequeño con naturalidad, como hábito necesario, sin esfuerzo, porque quería saber, experimentar, conocer, soñar, continuar en contacto con tantos personajes que aparecían en televisión, porque allí me tropecé por primera vez con Heidi, Marco, Tom Sawyer, el Cid, los tres mosqueteros (aunque fuera en formato perruno), algunos de los héroes de Julio Verne, el propio don Quijote, la mayoría de los dibujos animados se basaban en novelas, en leyendas, en epopeyas que aunque aún no se comprendiesen o valorasen como lo harían en la edad adulta ya despertaban interés (recuérdese Ulises 31, algún purista se revolverá, pero gracias a aquella serie conocimos La Odisea y nos divertimos mucho).
   Recuerdo, por ejemplo, a la madre de mi amigo Joaquín, una señora que siempre quiso aparentar más cultura de la que en realidad tenía, pacata y rancia como tantas herederas de la tía Tula (ésta sí se casó –“No nos casamos, Tulita”, nunca una frase ha dicho tanto sin parecerlo, ha denunciado tanto sin que los acusados se den cuenta, sólo una actriz como Julia Gutiérrez Caba podía insuflar tanta alma a un lamento tan concreto-, pero por lo demás reproducía a la perfección los vicios que se pregonaban como virtudes que tanto daño han hecho y tanto atraso han provocado -y aún pueden sufrirse los efectos, aún continúan activos en demasiados lugares-), ella quería que su hijo fuese brillante en los estudios, pero el muchacho no pasaba del aprobado, no le interesaban los libros más allá de la colección de Los Tres Investigadores, sin embargo le prohibía todo lo que oliese a subversivo, irreverente, sexual, peligroso, inmoral, todo lo que a ella le pareciera susceptible de ser condenado a la hoguera (es el capítulo del Quijote en el que muchos se han quedado y sin profundizar en lo que se cuenta, sin contextualizarlo), no le daba demasiadas opciones para interesarle por el saber, sólo lo que a ella le parecía correcto, y así puso muy mala cara cuando le llevé algunas novelas policiacas que Joaquín me pidió prestadas para el verano y la edición que tenía de El cartero siempre llama dos veces traía en la cubierta un fotograma de la versión protagonizada por Jessica Lange y Jack Nicholson (no era la escena de la cocina, pero sí era un momento de abrazo y pasión -el rostro de Jessica y la nuca de Nicholson-), saltaron las alarmas, la señora demostró que no sabía qué demonios era aquel librito por mucho que Lana Turner hubiese convertido en legendaria una cinta más ajustada a sus cánones de tolerancia y que adaptaba también el texto de James M. Cain. Los que teníamos la fortuna de poder ver Vacaciones en el mar (hubo una época en que se emitía por las noches) o Starsky y Hutch contábamos al día siguiente en el colegio lo que había pasado en el capítulo y, así, la buena señora nos sorprendió en una ocasión en que Joaquín me pedía que le contase qué había pasado en Hombre rico, hombre pobre (la segunda parte) y entró en pánico mientras decía “Óscar, no debes ver esa serie porque habla de una América corrupta”, lo que me llevó a pensar que ella la veía (igual lo consideraba tanto una obligación -vigilar por el bienestar de los demás, advertir del peligro- como una penitencia), y en todo caso nunca supe por qué era malo que uno supiera de los manejos de los prohombres, que fuese descubriendo que el mundo no es de color rosa, al margen de que aquello era un folletín entretenido, no se tomaba al pie de la letra, en el que uno, aunque ya fuese espectador avanzado, se quedaba con lo básico y ciertos matices los comprendió con el tiempo (hay, por cierto, muchas sorpresas cuando se revisan series que tuvieron gran éxito en los 70-80, que las señoras seguían con enorme interés y que no provocaron comentarios escandalizados, productos considerados de calidad exquisita, hablamos de Yo, Claudio, Retorno a Brideshead o La joya de la corona, o de la poca sorpresa, más allá del primer impacto, que supuso que Dinastía tuviese un personaje abiertamente homosexual, personaje con que todo el mundo empatizaba y al que se defendía de la violenta incomprensión de su padre).
   Unos de los más críticos con mi pasión televisiva eran los Cela, aquellos amigos de los tíos que durante muchísimo tiempo venían de visita todos los domingos, con los que había que confraternizar sí o sí (no es ahora momento para saldar viejas deudas: me callaré el modo en que devolvieron la amistad sincera de los tíos -especialmente ella, Luci, que quedó viuda en 1992-, aunque sé que terminaré por explicar detalladamente lo que tanto me duele porque se lo hicieron a personas que me importan), que vivían en permanente competición porque sus hijos (cuatro) fuesen los más amorosos, los más ideales, los más guapos, los más perfectos, con una hija mayor (Lucita, siempre con ese diminutivo castrador y reduccionista a modo de burbuja que la mantuviera incólume, pura, resguardada, alejada de la perversión que aguardaba emboscada en cada esquina) que se llevó prestado El amante de Lady Chatterley por consejo del tío Miguel y lo devolvió espantada sin haberlo terminado, sorprendida de que alguien pudiese disfrutar con “tamaña pornografía” (creo que esto pasó no más de un año antes de que la muchacha se casara, pero aún era doncella mental -y lo siguió siendo-), después venía Javi (de quien, honestamente, siempre he pensado que era homosexual, un tipo bastante sanote y un tanto al margen del influjo familiar, buen hijo y hermano pero muy independiente), luego venía Emilio, que era de mi edad, y después José Mari, también llamado Josito (lo de empequeñecer a la gente se les daba fenomenal), el pequeño, al que más había que cuidar, el que no podía ver la escena de cama de Oficial y caballero pero sí Rambo u otras películas de acción en las que la gente saltaba por los aires o sucedían matanzas muy sangrientas y explícitas (antes de seguir, permítaseme otro paréntesis para de algún modo cerrar uno de los muchos círculos iniciados en el presente texto: en uno de los muchos veranos que compartimos en una casa que los Cela tenían en Morata de Tajuña, repusieron la primera parte de Hombre rico, hombre pobre, aquella que hizo popular al malvado Falconetti, y no hubo ningún problema para que los chicos la viésemos -en mi caso por segunda vez- y luego Emilio y yo jugamos mucho tiempo a reproducir la famosa secuencia de la pelea entre Nick Nolte y William Smith, se ve que lo de la América corrupta les quedaba muy lejano o que no tenían los mismos parámetros que la madre de Joaquín en lo que a detección de peligros se refería). Y el caso es que Emilio era más alto, más fuerte, más varonil, más hábil, pero un nefasto estudiante, y eso es algo que nunca me ha importado a la hora de hacer amigos o sentirme cercano a compañeros de clase, de hecho mi supervivencia en aquel mundillo en que tantos hacen burla de tu amaneramiento (y de ahí para arriba), que nunca sufriese el acoso y extorsión que tantos han vivido, que el colegio no fuese un lugar hostil más allá de lo poco que apetecía ir lo propició en gran parte mi camaradería con los considerados machitos, con algún que otro repetidor, con los que el profesorado tildaba de gamberros, con los menos modélicos (Salas, Quintín, Manolo, ¡qué buena gente!); volviendo a Emilio, nunca olvidaré el modo en que Luci, su madre, jactanciosa y soberbia como sólo ella podía ser, altiva y enfática, olvidando lo mucho que me amonestaba por ver tanta televisión “con el daño que hace” (como si hubiera dejado de leer, de estudiar, de sacar las mejores notas del colegio -perdón si parezco presuntuoso, quien me conoce sabe que sólo lo expongo como dato-), fingía un orgullo desmedido, aunque no podía evitar la hiel que se escurría entre sus dientes, cuando anunciaba que Emilio iba a cursar estudios de FP en lugar del Bachillerato, “cada cual tiene que hacer aquello para lo que vale o lo que le gusta”, repetía una y otra vez convenciéndose, pensando que los demás le señalaríamos con el dedo como ella sí hubiese hecho en caso contrario, y el caso es que nadie lo veía mal (aunque luego sí hiciésemos algunas risas con el tema -las máscaras iban cayendo, de aquella un servidor ya tenía catorce años, fue el tiempo en que leí, por ejemplo, El Padrino, Lo que el viento se llevó y, ¡oh, maravilla!, Madame Bovary, ya no me las daban con queso tan fácilmente ni me callaba tanto, también los tíos se fueron desengañando aunque los quisieron siempre, sobre todo a Paco, pilar fundamental para que la relación se mantuviera fluida-).
   El caso es que, como tantas veces, me he dejado llevar en lo que preví como prólogo, como exordio al asunto sobre el que realmente quería escribir: la programación infantil (y la otra) que se emitía en televisión cuando los cuarentañeros de ahora teníamos cinco, seis, doce o quince años, centrándome especialmente en Las aventuras del hada Rebeca, como tardío homenaje a quien siempre adoraré como Conchita Goyanes, también de paso como recuerdo a su realizador, Miguel Picazo, serie que he vuelto a ver tanto tiempo después gracias a la web de RTVE y que me ha hecho evocar (aunque las tengo muy presentes) tantas tardes dichosas después del colegio, con los deberes ya hechos o interrumpidos para merendar, esas jornadas en las que empecé a soñar, algo que no he dejado de hacer, pero creo que por hoy ya he abusado bastante de la paciencia y confianza de los lectores, por lo que volveremos sobre este tema en concreto en una próxima melodía que el arpa ya tiene trenzada entre sus cuerdas.

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