miércoles, 17 de agosto de 2016

INTENTANDO ACALLAR EL RUNRÚN





   Creo recordar que la conversación que ahora evoco la mantuve con motivo del estreno en España de Nelly y el Sr. Arnaud, hace ya veinte años, el caso es que estaba hablando con el siempre querido (aunque demasiado poco frecuentado) Miguel Ángel Barroso sobre cine francés y, en un momento dado, reconocí mi pereza casi ancestral ante ciertos nombres considerados popes, lo poco que me motivaba tener que ver alguna película de ciertos cineastas con aureola intelectual y laureles de maestría (en algunos de los que citamos he cambiado poco con el paso del tiempo, he ido completando filmografías entre bostezos), y él me dijo que no era bueno ir cargado de prejuicios, que así no dejaba a la obra expresarse, que para qué me molestaba en ir a la proyección, a lo que le repliqué que, al margen de por ser parte de nuestro trabajo (y en eso, como en otras muchas cosas, estuvimos de acuerdo: hay tanto impostor suelto por aquí -y en este caso veinte años son muchos para cómo ha evolucionado (?) el asunto-), una buena razón era, precisamente, intentar abatirlos, que lo más negativo era no reconocerlos, es decir, vender un análisis pretendidamente objetivo (aunque ya se sabe que este adjetivo hay que utilizarlo con comilla y muchos matices porque, en realidad, no es posible serlo) sin reconocer filias o fobias, dar gato por liebre, disfrazar de juicio ecuánime, de reflexión propia, de sensaciones experimentadas, lo que es una opinión dictada, aquello que, en muchas ocasiones y sin ningún tipo de recato, se va pregonando antes de ver la película (y que no se altera ni en una coma, los hay bien aleccionados o abducidos -cuando no untados-, los hay que escriben o hablan -¡tantos!- sin haberse molestado en conocer lo que denuestan -este tipo de “críticas” suelen darse casi con exclusividad cuando son negativas, por no decir destructivas, sin argumentos ni consistencia más allá de la mofa, el insulto, fijándose en lo exógeno, nunca han faltado pero ahora se han multiplicado a mayor velocidad que un Gremlin si entra en contacto con el agua-), hacer pasar por observación meditada e imparcial lo que responde a intereses creados o por (querer) crear (y algunos consiguen su objetivo, saben medrar, aunque luego sigan siendo juez y parte y pregonándose como independientes). Lo más lastimoso de los prejuicios es cuando tienen su origen en aspectos que poco o nada tienen que ver con la actividad de aquel que nos los inspira (y aunque los llamemos así, en ocasiones son juicios asentados y con cimientos, que se saben y pueden explicar, con justificación para mantenerlos), cuando valoramos (o dejamos de hacerlo) la obra de alguien por cómo viste, cómo habla, cuántas veces se ha casado o a qué partido político presta su apoyo (o las simpatías y antipatías que reconoce); Clint Eastwood está recibiendo las peores críticas de su carrera por sus declaraciones en favor de Donald Trump (o por su silencio ante nuevas bravatas del candidato republicano a la presidencia de EEUU -porque eso es por mucho que nos espante-), y aunque uno no comparta en absoluto las simpatías del cineasta son palabras que en el fondo no sorprenden puesto que el ideario de Eastwood lleva mucho tiempo siendo claro y público, incluso en películas como Harry, el sucio y demás títulos de la serie (o en filmes tan escandalosamente aplaudidos como Gran Torino, por mucho que se ponga la piel de cordero), aunque más de una vez haya demostrado una amplitud de miras de la que no gozan muchos de los que se sitúan al otro lado del espectro político -ahí están Million Dollar Baby, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Cartas desde Iwo Jima-, el caso es que han surgido voces dispuestas a negarle el pan y la sal, que rebajan los elogios vertidos anteriormente, que analizan La gran pelea e incluso Por un puñado de dólares a partir del insultante “generación de nenazas” con que nos obsequió hace poco (exabrupto que poco o nada tiene que ver con el disfrute que se experimenta ante El intercambio o Sin perdón, lo que no es óbice para decirle al ex alcalde de Carmel que son él y otros de su cuerda los que tienen que superar muchas cosas de una puta vez -perdón por la expresión, me limito a reproducir lo que Eastwood declaró en Esquire-).
   Cuando Mario Vargas Llosa fue galardonado con el Nobel, un colaborador del programa de radio que siempre tenía que hacer patente (a veces sin venir a cuento) su pulsión libertaria, su inquebrantable compromiso con la izquierda, su talante democrático (aunque ríanse ustedes de cómo era cuando no había micrófonos de por medio), sin duda alguien muy formado y culto pero tan dogmático como aquellos a los que zahería o desenmascaraba, opinó que el galardón no era muy merecido porque no tenía una obra que fuese a perdurar (la directora del espacio asentía, porque ella jamás discrepaba en antena -ni en la vida si pensaba que eso le iba a reportar beneficios- de aquellos de los que quería sentirse camarada -¡Pues ya vio cómo se lo agradeció el susodicho!-), cuando me dieron paso para que valorase el tema, dije que cada vez me sentía más lejos de la ideología que Vargas Llosa defendía personalmente (o en muchos de sus, por otro lado, espléndidos artículos y reportajes -todo un ejemplo de cómo construirlos y saber captar el interés del lector-), pero no así de las tesis que sustentaban su labor puramente literaria, que eran muchos los que hacían palpable su desconocimiento cuando afirmaban cosas o aseguraban otras que novelas como La ciudad y los perros o La fiesta del chivo desmontaban en pocas páginas (pero, claro, hay que leerlas primero, para tener claro por qué no nos gusta), que un señor cuyas tres primeras novelas se estudiaban en universidades de medio mundo había hecho méritos suficientes para obtener el Nobel, en mi humilde opinión. Cuando se hizo público el romance entre Vargas Llosa e Isabel Preysler, hubo quien dijo (alguien, por cierto, que me merece mucho crédito y con quien comparto muchos puntos de vista) que jamás podría volver a leer Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor o cualquier otra porque le parecería falsa, irreal, porque no podría dejar de pensar qué hay en la cabeza de alguien que, tenido por intelectual, elije como compañera a alguien que no puede evitar resultar frívola, que habla balbuceando, que ni siquiera para hablar de levedades o sobre sí misma mantiene un discurso incoherente; piense uno lo que piense sobre el asunto en sí y sobre esta mujer en particular, ya me dirán qué influencia puede tener en lo que Vargas escribió hace más de cincuenta años e incluso en lo que publicó hace cuatro, es como afirmar que La colmena es pura filfa porque Marina Castaño se fue a bailar a Estocolmo (lo vergonzoso de ciertas actitudes, de ciertas personas -me refiero a Cela, claro, ella no tiene obra que defender o que se defienda por sí sola, ella es tan sólo su personaje, su altivez, su caja registradora, sus ínfulas-, no quita grandeza a lo que la tiene en su origen). Pero como había demasiado runrún, como uno de los asuntos centrales de Cinco esquinas (su por el momento última novela publicada por Alfaguara el pasado mes de marzo) es el periodismo amarillo, como se mezclaban demasiadas cosas, opté por tomar cierta distancia y retrasar la lectura para intentar que nada perturbase ni alterase mis percepciones; y el caso es que, al final, me pongo a escribir el mismo día en que Vargas Llosa (junto a Isabel Preysler, por supuesto) ocupa la portada de la revista ¡Hola! -que, por cierto, acaba de lanzar su primer número en papel de su versión para EEUU-, minando un poco más su aureola de intelectual, especialmente teniendo en cuenta algunas cosas que ha escrito en otros momentos sobre este tipo de “periodismo” (las comillas son mías), recordando su (aparente, visto lo visto) denuncia de que “en la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de la moda y se vuelve un bufón” (siempre queda la opción de seguir con el trabajo y si las cámaras no van, si los medios se entretienen y llenan espacio con vacuidades, si todo el mundo parece mirar hacia otro lado, resistir, permanecer, ser ese referente que algunos buscan, ese faro que indicará el camino a quien lo desee, mantener la coherencia.
   Sea como sea, y lo diremos desde el principio, Cinco esquinas es una novela muy dinámica, fresca, jovial (puede que, en ese sentido, la ilusión amorosa haya inyectado nuevos bríos), reflejo del Vargas Llosa que escribe sin aparente esfuerzo, sin mayor pretensión que la de entretener, enhebrando diálogos plenos de viveza con dibujos precisos e implacables de tipos muy reconocibles (da igual cuál sea su nacionalidad, nos los creemos aunque nos sean ajenos), desarrollando personalidades arrolladoras que pasan a engrosar la nómina de creaciones como Lituma, la Chunga, Pantaleón, don Rigoberto, la niña mala o la propia tía Julia (la Retaquita ya está junto a ellos, también, aunque en menor medida, Rolando Garro y Juan Peineta, este último por el patetismo que destila y la conmoción que a ratos provoca), manteniendo intacta su capacidad para describir épocas, momentos o ambientes en unas cuantas frases, derivando con facilidad hacia esa polifonía que maneja como pocos, hacia la ruptura de la cronología en la que siempre se ha movido como pez en el agua (utilizada la frase hecha con toda la intención). La conversión (o no tanto, tal vez es un mero apunte del natural) de Vladimiro Montesinos, el Doctor, en personaje grotesco, con trazos esperpénticos y caricaturescos, es todo un acierto (y por más que les pese a tantos, aunque no se compartan las ideas ni el programa que defendía, los hechos, el tiempo, la realidad dio la razón a Vargas en muchas cosas que acusó/escribió durante la campaña electoral en que se enfrentó a Fujimori -El pez en el agua, ya se insinuó, magnífica y reveladora lectura), se integra a la perfección en el tono general, desinhibido y ratos procaz (los momentos más prescindibles o poco logrados), con una crítica un tanto velada e incluso inane, tal vez poco elaborada, hacia ese periodismo del que ahora se siente víctima el escritor (por mucho que él, y en eso ha seguido sus propias palabras, haya entrado en el juego, haya consentido y potenciado). No es por corporativismo, creo que ejerzo una casi constante autocrítica que algunos califican de feroz y otros me censuran (sobre todo porque, dicen, así no me va a contratar nadie, debería cohibirme -y, por tanto, faltar a la ética profesional, esa en la que quiero seguir creyendo y manteniendo-, poner en almoneda el oficio a cambio de un plato de lentejas), pero Vargas Llosa mezcla un tanto lo que es un llamado periodismo que se basa en el escándalo más burdo, en sacar a la luz las intimidades de gentes populares por otras razones, en convertir en personajes a aquellos que como mérito o currículum sólo tienen sus amoríos con famosos, que se labran una fama más o menos efímera a salto de cama (o de cualquier lugar al que puedan tener acceso los objetivos de las cámaras), en vender como “interés general” aquello que no tendríamos que conocer porque es vida privada (e íntima -caso aparte están, faltaría más, aquellos que se ocupan de pregonarla para darse a conocer y forjarse una “profesión”-), como digo, Vargas mezcla esto con un periodismo digno de tal nombre, que salta obstáculos, se la juega, investiga, se mancha las manos en el sentido de no ponerse límites con tal de destapar la corrupción, las regalías, las prebendas, las conductas poco o nada ejemplares, los delitos, los crímenes que se cometen desde y en el poder, ese periodismo al que no le importa perecer, que se inmola en aras de la libertad de expresión y, sobre todo, de la necesidad de información, que pone el interés general por encima del particular, que airea los trapos sucios y demuestra que no todo va bien. Por lo demás, aunque precipita un poco el final (más bien es como si quisiera liquidarla en pocas páginas, quitársela de encima a las bravas, la remata a la carrera -aunque sin dejar cabos sueltos ni perder verosimilitud-), Cinco esquinas deja claro que el novelista aún tiene mucho recorrido que, esperemos, no quede interrumpido por ese “vivir lo nuestro” que le tiene día sí y día también en las páginas de lo que él mismo calificó como (hablando de ¡Hola! y sus congéneres) “productos periodísticos más genuinos de la civilización del espectáculo” (y entonces, en lo que venga o deje de venir, en las futuras novelas -si las hay- sí podrán rastrearse las huellas de Isabel Preysler -si es que son perceptibles-).    

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