jueves, 11 de agosto de 2016

ROMPER CADENAS UNA POR UNA




  Hay quien nace para ser icono, para crear escuela, en realidad para convertirse en alguien único en su especie, un torbellino de pasiones difícil de igualar (no digamos de superar), una voz diciendo sin censura ni medias tintas lo que muchas veces hemos sentido brotar en el corazón, los escalofríos que han recorrido nuestro cuerpo, las hormonas que se nos han alborotado hasta perder el oremus, una mujer clara, plena y orgullosamente sexual, llamando a las cosas por su nombre, revolucionando un panorama que aún tenía mucha naftalina que quitarse de encima, rompiendo moldes, yendo más allá de donde algún osado se había atrevido a llegar, ganándose rápidamente la aquiescencia y complicidad de aquellas que se sintieron reivindicadas porque, más allá de los sueños húmedos, de las calenturas, de los éxtasis carnales, se trataba de no ocultar lo que no debe dar vergüenza, no era exhibicionismo como algunos acusaban para seguir ejerciendo su supuesto derecho a la condena, tan sólo quitarse de encima un pesado fardo, una mala conciencia que no correspondía, ser “libre, libre” como muy bien decía María Jiménez en esa canción que es, ya sólo en su título, una absoluta declaración de intenciones, una rebelión, una transgresión necesaria, un soltar amarras y lastre, un magnífico ejercicio de emancipación (y que también sirve para los hombres, para igualar, para desterrar pesados estereotipos, para no constreñir, para borrar jerarquías que muchos no deseaban), es decir, Háblame en la cama (¡Qué grande lo de “dime pequeñeces, dime que tú te creces cuando estás conmigo”!).
   María Jiménez triunfó por su desenfado, por su voz rota capaz de pasar de la sensualidad más pletórica, del goce sexual explícito, al desgarro más doloroso, por una garganta poderosa para las lágrimas como para el desprecio, por su condición indiscutible de emblema, de bandera que en algún momento cualquiera (sin distinción de sexo) querría enarbolar, por esas canciones que inevitablemente devienen en himnos, porque uno se las echa al coleto y se queda como nuevo, porque el despecho, el llanto y la rabia son el mejor alimento para que el coraje, el tronío, la raza encuentren cauce y se desborden en el escenario, porque las humillaciones recibidas no pueden quedar sin satisfacción, porque bastante silencio se ha impuesto, porque “aún yo soy mejor persona, pues no quiero hacerte daño. Sólo sé que no te quiero: mi amor se fue con los años”. María Jiménez es una artista capaz de transformar canciones escuchadas hasta la saciedad en una constante novedad (nunca deja de sorprender, siempre hay algún quejío que no recordábamos, alguna inflexión que cobra un nuevo significado), algo especialmente notorio cuando versiona (cuando hace suyos) temas de otros y les insufla nueva vida, les incorpora otro aliento (otro suspiro, otro gemido), piénsese en cómo atacó el Me muero, me muero que es oro puro en la voz de Olga Guillot (una que en eso de escupir la letra es maestra absoluta, referencia imprescindible, feminismo práctico, “te odio tanto que yo misma me espanto de mi forma de odiar” -¡Ay, ese “bravo” remarcando las labiales, sobre todo la fricativa, como si “b” y “v” tuvieran en castellano un sonido diferente!-), en cómo, nunca mejor dicho, puso toda la carne en el asador, cabalgó vientre con vientre y el sudor impregnó las palabras, pero más allá de lo obvio porque la composición de Lolita de la Colina se presta fácilmente al añadido de picante y se presenta como el mejor escenario para la Jiménez, María tiene, por ejemplo, una versión de El rey de José Alfredo Jiménez que deja en pañales a las demás, incluso a la canónica a cargo de Vicente Fernández: acompasada por unas palmas suavecitas, una guitarra que sabe cuándo callar, un jaleo que susurra (sí, aunque parezca un oxímoron es lo que sucede: se mantiene en un bendito y prodigioso segundo plano, acompañando y no invadiendo -o dificultando la escucha-) pero imprime carácter, la intérprete juega con su voz, musita, recoge, lanza, repliega, estira, añade una cierta melancolía, despega con ímpetu, pasea la canción, se adueña de ella, pone el corazón a mil (y, al igual que se escucha en la grabación, uno sólo puede decir “¡Me encanta, María, me encanta!”).
   Y lo mejor de Rosalinda Galán es que no pretende imitarla, aunque el espectáculo se subtitule “quiere ser María Jiménez”, ella lo que hace es ponerse bajo sus auspicios, reconocer su magisterio, devolverle el foco, recoger el testigo, tomar estas Canciones de carne (así se titula lo que aún puede verse en la sala Off del Teatro Lara este fin de semana -sólo anuncian funciones hasta el domingo 14, ¡dense prisa!, aunque es de imaginar/desear que reaparecerá en la cartelera, bien en el mismo recinto o en otro-) y desplegar sus talentos, alimentar su arte con unas vitaminas que no han perdido ni un ápice de su poder regenerador, gritos de libertad que no pueden ser acallados, testimonios que no deben reprimirse, inyecciones de ánimo que el público recibe con agrado, con implicación, letras que se convierten en propias y que Rosalinda Galán sabe transmitir con emoción, con verdad, con una garganta juguetona y exultante que sabe pellizcar cuando conviene “allí donde más duele”, magníficamente acompañada por dos músicos (Jesús Garrido y Raúl García) que demuestran conocerla a la perfección porque anticipan dónde va a tomar aire, dónde va a frenar, dónde vendrá el siguiente desgarro, dónde el guiño cómplice hacia la platea, al servicio de la arista, dejando clara su calidad en ese saber acoplarse a la voz y tejer el manto adecuado para su lucimiento. Aunque la dramaturgia puede resultar un tanto confusa para quien no conozca la biografía de María Jiménez, aunque en algún momento puede parecer un estorbo, un empeño a toda costa por dar una línea narrativa a lo que en realidad no lo precisa tanto (basta con lo que las propias canciones expresan, no hace falta subrayar el paralelismo entre una artista que busca su propia voz gracias al ejemplo musical y vital de otra), los colores y matices que Rosalinda imprime a cada tema, su despliegue de energía, su inagotable fuerza, su presencia contundente, su hondura cuando hace falta y su gracejo cuando hay que ir al otro extremo, todo sumado crea una atmósfera de la que es imposible escapar y en la que uno se siente a gusto y contento, bien por dejar manar las heridas que puedan quedar mal restañadas, bien por liquidar deudas y cobrar los intereses (o por descubrir que no se debe pagar por las deudas ajenas, por mucho que haya mamarrachos empeñados en echar las culpas a las víctimas, lavándose las manos con cinismo cruel -o simplemente con crueldad-, bien porque reconocer que “cada vez son más tristes las canciones de amor” hace que ya lo sean un poco menos, que no demos más importancia de la debida a algo mágico pero sin lo que se puede vivir perfectamente, y no por conformismo o incapacidad para encontrarlo/mantenerlo, sino por decisión propia, aprendiendo de los errores (propios y ajenos), detectando afectos ficticios, palabras que se lleva el viento, recuperándose del zarpazo y consiguiendo que el mundo sea otro. Hay que agradecer a Rosalinda Galán que haya recuperado este repertorio, que haga este sentido homenaje a María Jiménez, que la devuelva a la actualidad en la única faceta en que nos interesa (como artista), que busque las cosquillas a unas letras que aún tienen tanta pertinencia como la que dice “yo no sé matar, pero quiero aprender para disipar todo el mal que me has hecho” o ese esplendoroso grito, también debido al enorme José Alfredo Jiménez, que supone Vámomos, “donde nadie nos juzgue, donde nadie nos diga que hacemos mal”. ¡Brava(s)!

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