lunes, 15 de agosto de 2016

SABER APROVECHAR LAS SOBRAS






   
   Aunque me crie en casa de la tía Carmen y allí es dónde comía y pasaba la mayor parte del tiempo(incluso hubo una época en que también dormía), tengo muchos recuerdos olfativos asociados a la cocina de la abuela (vivía en la misma finca, en la que aún residen la tía, mi madre y mi hermano -cada uno en su casa, Eduardo en la que fue de los abuelos-), pasé muchas tardes jugando con ella al tute o escuchando Peticiones del oyente en Radio Intercontinental, apenas llegaba del colegio y dejaba la cartera donde la tía iba a saludarla, puede que la encontrase limpiando lentejas, a buen seguro enfrascada en alguna tarea en la cocina o a punto de meterse entre cazuelas como le gustaba decir (y como le gustaba estar por mucho que de vez en cuando protestase y dijese que cualquier día colgaba el delantal, algo que sólo hizo muy al final -murió con 91 años y a pesar de la merma física, que no fue especialmente notoria hasta los últimos meses, anduvo trasteando por la cocina mientras pudo-), aunque, como digo, hacía vida en casa de los tíos (y la tía, por cierto, cocina fenomenal, aunque desde siempre la he oído decir, y aun hoy lo sigue repitiendo, que ni de lejos llega a hacerlo con la perfección de la abuela), son muchas las evocaciones que llevan asociado un olor, el de alguno de los platos que preparaba la abuela, así, por ejemplo, el inevitable y deseado cosquilleo de los viernes por la tarde, la desbordante alegría ante la llegada de un nuevo fin de semana, la emoción porque esa noche veríamos el Un, dos, tres (o la serie que tocase) como feliz prólogo a las horas de asueto, ese momento en que todo parecía posible y el tiempo se detenía tiene para mí un olor característico y propio, en realidad el anticipo del mismo, porque en casa se comía cocido todos los sábados (excepto en los meses de calor, por supuesto) y la abuela empezaba a prepararlo el día anterior, como manda la tradición, por lo que era norma que cada viernes me enseñase la olla en la que estaban los garbanzos en remojo para que se ablandasen todo lo debido. Nunca he vuelto a encontrar el olor particular que tenían sus huevos fritos (con puntillita) con patatas, incluso el pan duro que iba atesorando para rallarlo desprendía (o al menos así lo percibía yo) un aroma propio y único, igual que el que ella y la tía preparaban a conciencia para hacer tropecientas torrijas en Semana Santa (tantas y tan ricas comí, que jamás he probado otras, son irrepetibles, es el sabor de mi infancia y de aquellos días en que aún se guardaba un silencio sólido, días lentos que me eran muy gratos más allá de las connotaciones religiosas). Y como he estado leyendo un libro en el que la comida, su elaboración, el ritual que cada receta precisa, los efectos que provoca en el que la prueba, la huele, la saborea, la ingiera, aunque los ingredientes sean muy diferentes, aunque los platos ofrecidos no tengan nada que ver con aquellos que evoco, como la cocina es escenario fundamental y lo que allí se elabora se describe pormenorizadamente, siempre que hay actividad en pucheros, fuegos, hornos u otros utensilios, recreo a la abuela haciendo de las suyas (y me relamo y emociono).
    En realidad, Como agua para chocolate fue más un triunfo cinematográfico que literario, al menos al principio, al menos así se vivió en España, al menos es como lo recuerdo, sé que la novela estaba editada en nuestro país pero confieso no saber nada de ella hasta que la adaptación dirigida por Alfonso Arau la propulsó a la mesa de libros más vendidos, hasta que la película empezó a ser recomendada entre los amigos, hasta que la taquilla y la crítica la respaldaron y eso hizo que muchos ojos se volvieran hacia el origen de una película que, dicho sea de paso, ha supuesto la cumbre en la trayectoria de Arau, nada de lo que ha filmado después ha despertado el mismo entusiasmo, por no hablar de su última cinta rodada -La trampa de la luz, ¡en 2010!- no fue estrenada comercialmente en España a pesar de ser presentada en el Festival de Málaga y de estar protagonizada por Miguel Ángel Silvestre y Geraldine Chaplin. Aunque el filme es un tanto ingenuo y no se despega de cánones clásicos y si se quiere tópicos (muy bien asumidos y defendidos, las cosas como son), aunque puede resultar un tanto elemental y vista tantos años después (se estrenó en 1992) ha perdido cierta capacidad de sorpresa (tampoco era tan novedosa ni lo pretendía, era muy humilde en sus planteamientos), Como agua para chocolate conserva intactas sus mejores bazas, conquistar a través de las emociones, de las evocaciones, de lo sensorial y ser la mejor plasmación fílmica del realismo mágico que nos ha llegado desde la otra orilla del Atlántico, esa energía, ese color y calor, esa atmósfera que cada lector amasa a su manera, que da alas a la imaginación, que consiente e incluso necesita de la participación del que lee para completarse, para expandirse, para cobrar su auténtico sentido, totalmente polifónico y polisémico, por mucho que el autor lo convoque y provoque con una intencionalidad clara, es la propia magia que las palabras destilan, torrente siempre vivo e inagotable, renovándose con cada nueva mirada que se posa, activándose con cada nuevo corazón, latiendo al compás que éste marque (qué magníficamente demostró esta riqueza, este poder, estas infinitas posibilidades la tantas veces llorada Mercedes Gómez del Manzano, maestra imprescindible, cuando un día se puso a lanzar impulsos, adjetivos, interrogantes, meros esbozos, para que fuésemos nosotros los que explicásemos qué es Macondo -y yo no pude hablar, por más que mi Mairena me insistía, porque era muy bello comprobar cómo un texto puede apoderarse de ti y alterar tu manera de mirar el mundo, porque me bastaba con regocijarme con las experiencias de los otros, con compartir sus sensaciones, porque no había palabras que me pareciesen dignas de García Márquez, preferí agradecer a la docente en silencio tanto amor por el objeto de estudio, el que inspiraba y demostraba en cada clase, inyectaba entusiasmo por la lectura al transmitir bienestar y placer a manos y corazón llenos-). Y Arau, tal vez por tenerlo muy cercano, tal vez porque Laura Esquivel, la autora de la novela, era en aquel momento su esposa, tal vez porque fue a la esencia y no se anduvo por las ramas, tal vez por jugar en casa, supo hacer primar lo sensorial, impregnó de olores y sabores cada fotograma, se mantuvo firme donde Mike Newell, Billie August y algunos otros han fracasado estrepitosamente (hablamos de realismo mágico en sentido estricto, por eso las adaptaciones de, por ejemplo, El coronel no tiene quien le escriba o La ciudad y los perros quedan fuera de este comentario).
   El diario de Tita que recientemente ha publicado en España Suma de Letras es una vuelta de tuerca a la historia que la hizo enormemente popular y a la que debe su prestigio, puesto que su producción posterior no ha gozado de las mismas recepción y repercusión que su ópera prima, Laura Esquivel rescata del fuego el libro en que su protagonista atesora las recetas que heredó, las propias, fotos de su familia, recuerdos diversos, cartas de otros personajes, su intimidad más preciada, el dietario que Tita va escribiendo según sucede Como agua para chocolate, el complemento perfecto a aquella lectura, su ampliación, una estupenda oportunidad para conocer de primera mano, en primera persona, las emociones de esa mujer condenada a renunciar a su amor para quedar sometida al yugo de su madre. La edición es primorosa, ¿para qué buscar otro adjetivo?, lo que tenemos en las manos es un auténtico diario, escrito a mano, dejando alguna página en blanco, con flores dejadas secar aquí y allá, con los pintarrajos que deja una niña queriendo imitar a su tía, con los estragos causados por el fuego, como ya se señaló antes y conoce todo aquel iniciado, ese es tal vez el mayor lastre de El diario de Tita, uno diría que sólo es totalmente comprensible para alguien que, por lo menos, haya visto la película, a veces Tita utiliza un código restringido, hay elipsis un tanto bruscas, el texto es excesivamente tributario del precedente, en ese sentido Laura Esquivel no se ha esforzado demasiado, puede decirse que a ratos se ha limitado a poner en primera persona lo que ya contó, queriendo reverdecer laureles pero aportando poco. Es cierto que la lectura es muy grata y que la voz narradora está muy conseguida, por momentos parece ciertamente un diario íntimo de una joven de principios del siglo XX en México, es fresca y espontánea, tiene el habla muy influenciada por las pasionales historias de amor que tanto han gustado siempre por allá (y por acá), pero hay pasajes ante los que, si uno no tiene muy reciente Como agua para chocolate, hay que parar y hacer memoria, rellenar los huecos, ponerse en situación, Esquivel tiene claro que busca a los lectores que perdió en el camino, a los que propiciaron su temprano éxito, pero a ratos pudiera parecer que no se preocupa por los que pueda ganar. Salvado ese escollo, El diario de Tita es, de nuevo, sin tapujos ni complejos, una historia clásica bien armada, contada con la intensidad adecuada y todo un regalo para los sentidos.

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