martes, 2 de marzo de 2021

MATERIAL SENSIBLE

 





   Las palabras en sí mismas son, la mayoría de las veces, inocentes, una mera convención, sólo buscan designar/identificar algo, ni las cuestionamos ni las analizamos, podría decirse que recurrimos a ellas por hábito, así las aprendimos, así nos han llegado y así las utilizamos; más allá de las que tienen de partida un significado negativo de mayor o menor calado (son lo que son), el idioma nos ofrece infinitas posibilidades (cuando no existe un término idóneo o preciso lo inventa, se adecúa a las novedades, al transcurrir, a la evolución -y a la  involución-), pone a nuestro alcance todos los términos posibles (y alguno imposible) para describir, definir, calificar, descalificar, alabar, denostar. Como digo, las palabras son inocentes en cuanto herramientas de comunicación (al menos así es como las contemplo hablando en términos generales), pero el uso que se hace de ellas, el tono con que se emplean, el contexto que las rodea, el matiz, la intención que se imprime al pronunciarlas, el (ahora que se emplea tanto el término) escenario en que se utilizan (a veces el desconocimiento, otras un error, también una inspiración brillante), alguno de estos factores o varios de ellos combinados las manipula, las emponzoña, las altera, incluso les da completamente la vuelta llegando a significar lo opuesto que en su origen, aquello por/para lo que nacieron. Por lo tanto, la perversión de que tantas veces se les acusa está en quien se las apropia, las malea, contamina, mancilla, pisotea, les hace perder su neutralidad o su polisemia, empobreciendo aún más nuestra deteriorada lengua, ideologizando todo de un modo u otro, imposibilitando que la carretera tenga más de una dirección, no digamos nada de bifurcaciones o ramificaciones. Eso es algo que, por ejemplo, viene pasando con la palabra “revisar” y algunos de sus derivados, el revisionismo puede ser (y en muchas ocasiones lo es) necesario pero siempre que se haga bajo unos parámetros éticos, metódicos, estudiando nuevos documentos, analizando nuevas informaciones, escuchando/dejando hablar a quienes fueron actores o testigos de los hechos, no tergiversando, manipulando, mintiendo, volviendo a mentir, reinterpretando a gusto del consumidor; al fin y al cabo, la primera acepción de la palabra en el DLE dice que “revisar” es “ver con atención y cuidado”, y ese es el modo en que debería afrontarse una tarea que, hecha así, no precisaría tantas veces aplicar la segunda, o sea, “someter algo a nuevo examen para corregirlo, enmendarlo o repararlo” (porque, más allá de intencionalidades arteras, hay demasiadas historias/realidades que precisan de esa labor de poda/puesta en limpio).

 

   Puesto que tantos relatos (recurriendo de nuevo a uno de esos términos de los que tanto se abusa, pero que me parece muy apropiado si lo tomamos en toda su amplitud, en su variada gama de posibilidades) se han hecho incompletos, titubeantes, de modo precipitado, prisioneros del miedo y el dolor, en caliente, o, directamente, no se han hecho o se han silenciado, se ha optado por ignorarlos, por darlos por finiquitados, se impone una revisión que cuente y nos cuente (o así lo procure) la historia como sucedió, como quedó registrada, dando voz a los que en su momento no la tuvieron, contrastando, investigando, atendiendo a todas las caras del poliedro que inevitablemente es cualquier suceso de mayor o menor extensión en el tiempo (como aprendimos en las primeras clases en la facultad gracias al llorado e inolvidable maestro Bernardino M. Hernando). Y da igual si nos duele, en realidad se trata de eso, entiéndaseme lo que quiero decir: hay que reparar la tragedia todo lo posible y, aunque su recuerdo (el que ninguna víctima necesita que le aviven: está siempre ahí) incomode o algo peor, el único medio a nuestro alcance es interesarnos por ella, escuchar a quienes la vivieron/sobrevivieron, compartirla (a veces de nuevo), conocerla, no es reabrir heridas, todo lo contrario, es permitirlas que sangren y comprender que nunca van a dejar de hacerlo por más que nos acostumbremos a vivir con un flujo cuyo caudal (¡Ojalá!) ha de ir menguando de manera natural con el paso del tiempo (para eso hay que haberlo dejado derramarse primero). En esa tarea que aún tenemos a medias andamos inmersos en lo que se refiere al terrorismo de ETA, no es algo a lo que pueda ponerse fin de forma tan rápida e insensible como algunos pretenden, no se pueden diluir sus estragos, la sangre derramada, los cadáveres reventados, los años de plomo (que de un modo u otro fueron todos) en aras de una falsa concordia y mucho menos de “un buen final que es lo que importa” o frasecitas similares que, a la larga y a la corta, son tan letales como lo sufrido, hablan a las claras de la connivencia de tantos, es otro modo de ejercer terrorismo o, cuando menos, de (ahí sí) reavivar sus efectos destructivos, su violencia inmisericorde, su capacidad para generar dolor.

 

   La mejor baza de Los ausentes, novela de Juana Cortés Amunarriz publicada en enero por Espasa, es entrar de lleno en el tema integrándolo en una absorbente, frenética y espléndida trama de thriller, abordarlo desde el punto de vista social y humano, como lacra real con la que tantos se vieron obligados a convivir/malvivir mucho tiempo, poner el foco en aquellas víctimas que o bien se olvidan (se olvidaban ya en su momento) o se difuminan bajo la para mí muy perversa consideración (¡Qué poca ídem!) de “daños colaterales” a los que no se atiende ni mucho menos auxilia, que no se previenen, que se llegan a dar por necesarios (por todas las partes) en aras de una resolución, del anhelado punto final. Hace algo más de un mes tuve el inmenso placer (como lo es cualquier iniciativa encabezada por mi Pepa Muñoz) de participar en el encuentro que los del club de lectura mantuvimos con la autora (pueden visionarlo en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=nNFmXiCXAQk&t=11s), tal vez uno de los más encendidos (en el sentido positivo) que hemos celebrado porque, indudablemente, Los ausentes escarba en la llaga, te enfrenta a tus peores pesadillas, te lleva a cuestionar los principios más sólidos y arraigados que podías tener, te hace temblar en sus diferentes facetas, es una magnífica exploración del miedo y el dolor y de las reacciones que ambos pueden provocar. Como es patrimonio de las grandes novelas negras/de misterio, la obra de Juana Cortés Amunarriz plantea preguntas complejas/íntimas de difícil respuesta, horada en los sentimientos más puros y honestos, nos pone frente al espejo de nuestras entrañas, nos hace dudar de nosotros mismos, de hasta dónde seríamos capaces de llegar, de lo que nos atreveríamos a hacer por proteger a las gentes que queremos. Además, como valor añadido que la distingue y dota de músculo narrativo y social/personal propio, la novela transcurre en Irún y arranca el miércoles 7 de noviembre de 2007, unos meses después de que ETA anunciase oficialmente el final de la tregua decretada en marzo de 2006, lo que dota a la narración de una atmósfera, de unos personajes, de una realidad inmersa en el terror, sometida al mismo, abatida y al mismo tiempo muy cansada de sufrir, de llorar, de temer, de sumar víctimas.

 

   Al comenzar la charla, Juana nos contó que el origen de Los ausentes se remonta a un relato de 2009, La mujer partida, donde ya planteaba la idea central, el corazón (dicho sea en su sentido más amplio) de la novela, “cómo gente pacífica puede saltarse sus propios límites cuando se la lleva al límite”, algo que, de un modo u otro, han explorado otros thrillers, se trata de poner en primero término ese factor humano que dota al género de vida, esa vuelta de tuerca al imprescindible “¿quién lo hizo?”, un terreno en el que Patricia Highsmith sigue siendo la maestra, anegando e incluso abandonando a sus personajes (y a los lectores) en terrenos muy pantanosos, en ambigüedades morales de las que no nos creíamos capaces, en decisiones que se nos presentan como instintivas y dinamitan nuestra (tal vez sólo aparente) fortaleza ética. Como se señaló, el máximo acierto de Los ausentes es que la autora jamás olvida que está escribiendo un thriller, maneja con soltura, osadía y vigor los resortes del género, lo mantiene siempre en primer término, construye una maquinaria infernal (en todos los aspectos) en la que cada página descuenta tiempo, no concede descanso en el aspecto más básico (que, lamentablemente, tantas veces olvidan muchos de los considerados grandes nombres atendiendo tan sólo al número de ejemplares vendidos) y regocijante para el lector (a pesar del sudor frío en la espalda, de los temblores, de la boca seca, del corazón desbocado): el dicho de un modo coloquial rompecabezas a resolver. Pero donde la autora encuentra su personalidad, su propia voz, donde se nos clava hasta lo más profundo, donde nos hace estremecer y acongojar (y, si no soltar, al menos asomar alguna lágrima) es en el retrato y relato descarnado que hace de las zozobrantes, mutiladas y llevadas al límite emociones de aquellos que sufren la barbarie terrorista, porque consiente que sus personajes las expresen, porque las refleja con delicadeza y al mismo tiempo con contundencia, porque no las finge o imita, porque las toma de nosotros mismos, porque las ha hecho vivir un proceso que no les ha quitado ni un ápice de verdad (todo lo contrario): “Pasé del dolor a la contención y de la contención a la literatura”.

 

   En estos tiempos en que tanto se ha abusado del término “equidistante”, en que tanto se ha utilizado como sinónimo de “cobardía” cuando no de “complicidad”, ahora que las redes sociales (sus usuarios) parecen imposibilitar la mesura, el sincretismo, la ecuanimidad, el diálogo, cuando se ignora la amplia gama de grises, cuando se polariza hasta lo más trivial, cuando no se buscan matices, una novela como Los ausentes es muy de agradecer y celebrar porque no pretende imponer respuestas, no sentencia ni proclama, porque toma partido sin decirlo (sé que habrá quien no lo vea así, pero son los mismos -o parecidos- que aquellos miraron el dedo en lugar de la luna cuando se estrenó Días contados -lo de leer la novela de Juan Madrid en que se inspiraba como que no, igual que ahora, que siempre, se conforman con un titular, con una frase, con un esquema, con una reinterpretación torticera y a sabiendas mendaz-), porque da al lector margen de maniobra, porque saca a la luz a muchas víctimas a las que se niega semejante condición, en parte porque ni nos fijamos en ellas, porque en mi ánimo resonó durante la lectura aquella frase de La mamma de Mario Puzo que llevo grabada desde mi adolescencia: “Los hijos pagan los pecados de los padres”. Y, por supuesto, no me siento concernido ni mínimamente conmovido por el dolor de quien lo siembra, de quien asesina, de quien ejecuta, ¿eso incluye a quien busca resarcirse, a quien actúa de manera claramente inhumana pero lo que pretende es recuperar a la persona amada? ¿Hay fines que justifican medios? ¿Alguien se ha parado a pensar en las familias, en los hijos de los criminales o de los cómplices de estos, en aquellos que no saben, no han escogido, pero sufren las consecuencias de los actos de sus mayores? Ojalá estos y otros estremecedores interrogantes fuesen sólo el argumento de novelas (es decir, naciesen dentro de una ficción) tan poderosas y explosivas (dicho en el mejor sentido literario) como Los ausentes.

jueves, 18 de febrero de 2021

GUARDAR EN SECRETO LO MUCHO QUE QUIERES

 



   Confieso que desde hace mucho quería titular un texto robando alguno de los versos de una de las canciones que más me emocionan/apasionan: Somos de Mario Clavell. Y aunque una de las versiones más famosas/poderosas es la de mi idolatrado Raphael, tengo debilidad por la debida a Los Sabandeños, elegante, arrulladora (a pesar del dolor que la letra destila) e hipnótica como lo es ya en el pentagrama la melodía original (además, se da la circunstancia de que la conocí gracias a un doble CD de boleros que la tía Carmen me regaló cuando aún estaba en la universidad, un obsequio que ella escogió, que buscó para mí, que conservo como un tesoro), versión que respeta la primera estrofa, la que tantos suelen eliminar (cuando se lo reproché cariñosamente a Soledad Giménez durante una entrevista, ella me dijo entre risas que lo había hecho porque no le gustaba, le parecía que sobraba, percepciones de cada uno, oye). Y, sin embargo, servidor se siente transportado por esas voces suaves, perfectamente empastadas, creadoras de armonías con la facilidad que caracteriza al grupo canario, sin que se note, cuando atacan el tema y dejan brotar lo de “Después que nos besamos con el alma y con la vida, / te fuiste por la noche de aquella despedida. / Y yo sentí que, al irte, mi pecho sollozaba / la confidencia triste de nuestro amor así: / somos un sueño imposible que busca la noche / para olvidarse del tiempo, del mundo y de todo”. Prácticamente todas las frases de la canción son susceptibles de transformarse en encabezamientos atractivos, inspiradores, poseedores de su propia narrativa (confieso que en mis arrebatos literarios, en fogonazos que no llegan a más, anduvo pujando una narración a la que llamé Confidencia triste de amor, ahí lo dejo por si a alguien le sirve -ya saben los leales que asumí hace bastante que la ficción no es mi territorio creativo y, la verdad, tampoco no me apetece rememorar episodios personales que podrían encajar en/con ese título-), lo un tanto paradójico es que, cuando por fin escojo una para hacerlo, la he variado un poco para ajustarla a mis intereses (en la canción lo que se dice es: “Somos dos seres en uno que amando se mueren / para guardar en secreto lo mucho que quieren”), para personalizarla, para entrar directamente en lo que más me ha atrapado de la novela que hoy vengo a comentar: Un banco y la casa de Helena con hache, publicada por Caligrama, que supone el debut en estas lides de Luis Zorzano, con quien las gentes del Club de Lectura LL tuvimos el placer de compartir a finales de enero uno de esos estimulantes encuentros que organiza y coordina mi Pepa Muñoz (y que pueden ver íntegro en el link https://www.youtube.com/watch?v=npU4gdTx-qE).

 

   Lo primero que conviene aclarar (y es algo que se percibe, que se paladea, que queda patente en una prosa que posee hondura, mesura, una indudable y variada experiencia emocional y vital, mucha reflexión sobre ambas) es que Luis Zorzano es un escritor novel bastante inusual, nació en 1946, cumplirá el próximo octubre setenta y cinco años (el dato aparece en la solapa, no es indiscreción), debuta con un poso que sólo confiere la madurez, se ha preparado para ello, lo suyo no es fruto de un arrebato ni de un capricho, hay un gran bagaje detrás, ese que alimenta los sueños, ese que otorga sabiduría, mesura, capacidad de observación/penetración, ha cuidado con empeño y sosiego su vocación (“He escrito siempre, pero me dediqué a mi profesión y he esperado a poder dedicarle todo mi tiempo”), la ha dejado reposar sin prisa por recoger los frutos. Su caso, de algún modo, es semejante al del magistral José Saramago quien, aunque escribió un par de novelas (y publicó una) antes de los treinta años, esperó hasta los cincuenta y cinco para entregarse plenamente a la literatura (“Sencillamente no tenía algo que decir y entonces lo mejor es callar”), le recuerdo cuando ya era Premio Nobel contándonos a un grupo de periodistas que no se arrepentía de aquella decisión, que gracias a esos años fue encontrando su voz, su ritmo, su modo de narrar, nutrió su imaginario y su almario (esto último lo añado yo, resumen un tanto tosco y escueto de lo que, como siempre, expresó de forma insuperable). Y eso es lo que queda claro desde las primeras páginas de esta en tantos aspectos sorprendente novela: Luis Zorzano dibuja a sus personajes con firmeza y verdad porque hace un minucioso retrato íntimo, porque pone el foco en el interior, porque las acciones se explican/analizan/exponen a partir de lo que aquellos se preguntan, dudan, no comprenden, sienten, hay una gran profundidad psicológica que no supone un lastre sino que imprime un aire de adagio confidencial (se lo tomo prestado a mi venerada Mercedes Salisachs) que actúa por un lado como muro de contención y por otro como catalizador del giro que la novela va a dar en un momento, mezclando géneros con la audacia del recién llegado (que, podría decirse, quiere probarlo todo). Pero el edificio no se derrumba, todo lo contrario, puesto que no abandona lo reflexivo, lo interiorizado, lo que no se cuenta/exhibe, continúa siendo el eje del relato, demuestra tener las ideas bastante claras como narrador, ser un veterano que, aun sin publicar, ha trabajado su prosa día a día, aunque sólo haya sido (¡Y no es poco!) a base de latidos, de esbozos, de inspiraciones (dicho con toda su polisemia), de viajar a sus propias profundidades, de inspeccionar sus recovecos, de tomar nota, es decir, de vivir (como verán, es mucho: esas son las herramientas del escritor y Luis demuestra tenerlas bien afiladas y preparadas).

 

   “Escribo sobre la sombra humana, lo que hemos dejado atrás, lo que no nos gustó, lo que queremos olvidar y la casa es el aglutinante de las sombras de los personajes”, explica Luis durante el encuentro y reconozco que siento un punto de conexión especial porque es por ese lado por donde he abordado la lectura desde las primeras páginas, porque siento especial debilidad por los fragmentos de interior (el hurto lo cometo ahora, y no por azar -tampoco el resto- con una de mis favoritas: Carmen Martín Gaite) a los que tenemos acceso a través de lo que otros escriben, porque me gusta (cuando, como en este caso, está bien jugado y mejor desarrollado) que la acción en el sentido más puro del término no parezca tal, es decir, que lo que se mueve, remueve y conmueve (lo esencial, por robarle ahora algo a Saint-Exupéry) permanezca invisible, sea una corriente subterránea, que tanto puede ser tenue como muy caudalosa, pero (pido perdón en este momento a mi amado Federico) discurre y hasta se desborda sólo por el interior de los pechos. En esta novela, además, eso contribuye a crear misterio, intriga en apariencia mínima que va creciendo como el pequeño copo de nieve hasta conformar por sí solo una avalancha incontenible, así es como estalla y hace su aparición el thriller y no resulta brusco ni estrambótico (utilizando el término en su origen poético) sino consecuencia lógica de lo que se venía contando, del punto de partida y llegada, de lo que el autor deja claro desde el título, desde esa Helena incógnita que tantos interrogantes provoca: “La novela se va construyendo sobre un personaje que, a su vez, se está construyendo”.

 

   Por supuesto, también tenemos la casa (y el banco, sí, pero queda claro su papel desde las primeras páginas: propiciar y acoger encuentros), un escenario tratado como un personaje, siguiendo la estela de grandes novelistas de, sobre todo, el XIX, un lugar/hogar con alma, un sitio donde algunos pueden sentirse rechazados, un espacio con sus propias reglas, que influye, afecta e interfiere en los sentimientos de los personajes y que, al contrario que la protagonista (“Helena es mía por completo, no es nadie en concreto”), Luis Zorzano ha tomado de la realidad: “La casa existía, era de unos amigos, estaba en San Sebastián, tenía hasta pasadizos secretos y un salón de más de 200 metros cuadrados que pintó Zuloaga”. Esa atmósfera, esa aura, las sensaciones que provoca, la verdad que destila, el modo en que el autor la describe y nos la hace vivir tiene en algunas páginas rasgos naturalistas, se percibe que la está recreando/convocando, hay algo que emana de esos fragmentos en concreto, sus presencia e influencia son notorias incluso cuando varía el escenario, imprime, aporta y sazona el misterio que de modo natural nos azota desde el principio, puede que agazapado, puede que como mera amenaza o producto de las suspicacias de cada uno (es decir, de servidor), pero se lo siente latir casi en cada frase, en párrafos en los que detenerse, en reflexiones personales que uno hace al leer, por ejemplo, “Los que eligen la noche, los que viven y mueren por la noche, los que no duermen, son seres clandestinos que no han sabido esperar al día siguiente. Caminan por un sendero escondido y sienten el frío, todo el frío de la oscuridad y el desamparo”. Es una novela vivida y vívida, un estupendo estudio de personalidades, de sensibilidades, de emociones, el descubrimiento de un autor.

jueves, 21 de enero de 2021

DE REINA EN REINA VA...


 



   Tengo especial predisposición, por mi gusto por la literatura, por mi placer por las historias, por mi tendencia a soñar despierto, por mi emoción mitómana siempre a flor de piel, por mi sensibilidad extrema y mi imaginación desbordada e imparable en esas lides, no es que piense que tengo capacidad de médium, pero sí me las pinto solo (y desde muy pequeño) para captar las energías del pasado, para mantener vivas las de las personas que de un modo u otro han ensanchado mi corazón, para convivir con esas fuerzas intangibles que nos rodean; sigo siendo aquel niño cautivado tanto por la Historia como por la ficción (sin olvidar mi temprana afición al cine) que no puede ni quiere evitar preguntarse qué dirían las paredes de un lugar si pudiesen dar testimonio de lo que se vivió entre ellas, ese curioso impenitente (y puede que a veces impertinente) que husmea, presiente, imagina y/o convoca a las gentes que lo habitaron o pasaron por allí, que cierra los ojos durante unos segundos para que las sensaciones le lleguen sin interferencias, para que nada perturbe las vibraciones que, por ejemplo, percibe en algunas estancias de Versalles, en un periplo turístico por Hampton Court, en aquel inolvidable viaje de fin de curso (y de EGB) en que paseó con la boca permanentemente abierta por la Alhambra, admirando sin límites y emocionado con cada detalle, absorbiendo y aprehendiendo los ecos de épocas pretéritas que aún resuenan en cada rincón. Sin pretenderlo, el texto de hoy entronca directamente con lo comentado al principio del que le precedió en este ángulo oscuro del salón (y que pueden encontrar justo debajo de este), podría repetir parte de lo escrito, así son los vínculos espontáneos que surgen entre lecturas, entre lo que estas provocan y/o despiertan; se da el caso de que, al referirme a la última novela de Vanessa Monfort, recordé la ocasión previa en que le había dedicado espacio en el blog y ahí precisamente conté en detalle la que sin duda ha sido mi experiencia más vívida con lo que no dudo en calificar (y no lo digo con miedo sino como resultado de lo que sentí) como “presencia”, “espíritu”, la energía que cada uno somos y que, lo aprendimos en el colegio, nunca se crea ni se destruye, sino que se transforma, por eso estoy convencido (y Pablo, que percibió mi estremecimiento según se producía, así lo atestigua) de que la cuñada de Charles Dickens me atravesó, me envolvió antes de que entrásemos en la habitación en que había fallecido (y a la que no sabíamos que nos dirigíamos), se me pegó al corazón donde llevo grabada desde la Universidad la muerte que ella inspiró, la de Nell en Almacén de antigüedades (ese es el título que lleva la edición que leí y estudié).

 

   Bien es cierto que, como casi siempre, podría haberme ahorrado el larguísimo prólogo y entrar en materia, pero así lo he querido porque, en primer lugar, sé que cuento con la generosidad de la autora a que me voy a referir, que le divierten los paralelismos que establezco (incluso aunque sean, nunca mejor dicho, de lo más peregrino), que a veces me pregunta por esos cabos que encuentro en sus novelas y de los que me apasiona tirar; además, no lo voy a negar, porque es alguien a/con quien me siento muy vinculado, no sólo en una mágica relación escritora/lector sino, tal y como ella tuvo a bien señalar en la cariñosa dedicatoria que plasmó en La maestra de títeres (su anterior y espléndida novela), porque existe una complicidad personal, porque vemos el mundo de forma muy parecida en diferentes aspectos y sentí una vibración muy grata y honda cuando conocí el asunto central de su nueva obra, porque tuve la confirmación definitiva de algo que no era difícil colegir por muchos de sus títulos: Carmen Posadas también busca y recibe la energía que queda en los lugares o, como en este caso, en los objetos personales de alguien. No se puede mirar con inocencia el bombín de Charles Chaplin en el Museo del Cine de Londres, lo que más me interesa de La Gioconda si es que se la puede mirar de frente en algún momento en el Louvre es saber que Napoleón Bonaparte la colgó en su retrete, ¿cómo no pegar el oído para no perderse ninguno de los susurros, de las voces, de los hechos que han ido impregnando, enriqueciendo, revalorizando (y no sólo en lo meramente crematístico), confiriendo un aura única, extrayendo destellos estelares de la considerada, con toda justicia, la perla más famosa de todos los tiempos? La leyenda de la Peregrina recorre la peripecia de la así conocida (y no por lo que ha cambiado de manos como pudiera pensarse/se ha contado a veces erróneamente) a lo largo de los siglos (seis en concreto), también se nos habla de la impostora, de su hermana bastarda, de la Pelegrina, de la que ha sido mal nombrada o confundida con aquella; de un modo u otro, puede que en ausencia, con una mera mención, en segundo plano u ocupando el foco, la Peregrina se impone como la verdadera protagonista de las trece historias que conforman esta entretenidísima y cautivadora novela que Carmen Posadas nos ha regalado y Espasa ha publicado y que, gracias a los buenos oficios de mi Pepa Muñoz, convocó a los componentes del Club de Lectura LL en un inolvidable encuentro vía Zoom que, además, al tener lugar en la semana previa a Navidad, se transformó (como lo es el propio libro) en el mejor regalo posible (encuentro que pueden visionar completo en el link https://www.youtube.com/watch?v=i3E-7gvInGM&t=20s).

 

   Carmen Posadas es una de las escritoras que con mayores sentido del humor, desinhibición e imaginación juega con la Historia, rebusca en ella, se inspira en lo sucedido para fabular sobre lo probable, sobre lo incógnito, para cimentar su creación en un minucioso trabajo de documentación que le permita, como afirmó Vargas Llosa al presentar La fiesta del Chivo, mentir con conocimiento de causa, es decir, hacer literatura. Aquí se entremezclan datos y hechos sancionados en investigaciones y tratados, en enciclopedias y manuales, con la rumorología de cada momento, con lo que ha llegado a nuestros días en forma de leyenda, no en vano la palabra aparece en el título, es lo que abunda cuando se trata de la Peregrina, a ello invita, además, la fascinación que provoca, lo que ha ido dejando a su paso, las manos, cuellos y bustos en los que ha descansado, las influencias no siempre positivas que se le han atribuido; es mérito y talento de la escritora lograr la combinación perfecta para que el conjunto resulte verosímil y equilibrado, para crear desde las primeras páginas la atmósfera precisa entre ensoñación y realidad, para dejar que de la perla emanen esencias mágicas que se enseñorean del lector, rendido una vez más a la prosa envolvente, cálida y jocosa que lleva muchos años siendo marca de la casa y que servidor admira y disfruta como pocas.

 

   Hay en La leyenda de la Peregrina un a modo de mejores momentos de Carmen Posadas, aparecen guiños (a veces muy claros) a parte de su producción anterior, no en vano escribió La cinta roja o La hija de Cayetana, por ejemplo, pero no es por repetición sino porque, al enhebrar trece historias, al conformar este mosaico de novelas (cada parte lo es en sí misma -de hecho sería maravilloso que se animase a retomar alguna, que más adelante ampliase lo que aquí se cuenta-), la propia autora se despliega, varía de tono, incluso de género, utiliza múltiples recursos, huye de la monotonía, cada capítulo tiene personalidad, autonomía, carácter particular. En su predilección por aquellos personajes un tanto olvidados, cuando no desconocidos, no son las ilustres poseedoras de la Peregrina (salvo alguna excepción) las que toman la palabra sino aquellos que andaban cerca, algunos salidos de la imaginación de la escritora, otros recuperados de la nota a pie de página o de la esquina derecha de Las Meninas como es el caso de Nicolasito Pertusato, todo un personaje (y que, aun con serios problemas para la elección, tiene a su cargo mi capítulo preferido -pero destacando poco sobre el resto, compartiendo honores con al menos dos más-). Pero no enumeraré a más componentes del magnífico reparto conseguido, la plétora de nombres de relumbrón (y otros que merecen serlo), por no desvelar/anticipar lo que merece ser descubierto durante la lectura (muchos de ellos, por otro lado, los imaginarán ustedes), tan sólo, puesto que se trata de otro personaje histórico que debe aparecer, señalaré que la parte en que se ocupa de Napoleón III es de absoluto impacto, aún más para quien estudió alguna asignatura relacionada con la comunicación y la propaganda política en la Universidad (ahí lo dejo en todos los sentidos, que tome nota quien deba hacerlo). Sin embargo, porque se lo debo a ella, diré que, como siempre me sucede con las novelas de Carmen (y ella así lo procura, además, no lo oculta), he encontrado las huellas de nuestra querida tía Agatha, al menos yo he creído verlas en la estructura, en el modo en que los personajes se presentan ante nosotros y dan testimonio, parece una de las varias obras que nuestra pariente literaria común basaba prácticamente en los interrogatorios llevados a cabo por Poirot, como es el caso de Asesinato en el Orient Express o en esa joyita muy valorada pero no excesivamente popular que es Cinco cerditos (sobre todo en su primera parte). Si no he acertado con el rastro, ella me lo dirá, pero el triunfo en este juego particular es lo de menos, lo importante es que, una vez más, ha conseguido divertirme, descubrirme cosas, interesarme, sentirme acogido por sus palabras, hacerme habitar en sus páginas, gozar hasta el deleite con una novela que, no soy nada original, es una auténtica perla.

domingo, 10 de enero de 2021

COSTUMBRE DE SUMISIÓN

 



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   El lector va construyendo su biografía a través de lo que vive en los libros, de lo que aprende, de lo que descubre, de lo que convocan y le convocan, de lo que disiente, de lo que dialoga con ellos; al mismo tiempo, los libros que van cayendo en sus manos y dejando huella en su corazón también dialogan entre sí, establecen debates, encuentros y desencuentros inesperados, conversaciones apasionantes a través de lo que uno reflexiona, compara, rememora durante la lectura. El que suscribe anda en la tarea de recopilar algunas de esas piezas, las que considera fundamentales, las que le definen, las que le forjaron, estoy tomando apuntes, voy dando forma a mi bagaje emocional/personal a través de lo que he leído, voy armando un rompecabezas que en realidad nunca se completa porque cada nuevo libro en que te sumerges (o con el que te aburres) modifica el conjunto. En este eterno (y amado) discurrir con la lectura, en esta tarea/afición/necesidad cotidiana, poseen un brillo especial, provocan conmociones muy gratificantes los azares del destino que hacen coincidir lecturas que se complementan, conexiones que surgen sin buscarlas, sin pretenderlas, sin conocerlas, encajes perfectos tanto en el ánimo como en el objetivo/las intenciones del lector y, precisamente, recuerdo que algo parecido me comentó Vanessa Monfort la última vez que habíamos conversado, allá por 2014: “Se dan casualidades mágicas: hay algo que conspira para que todo termine por encajar”. Inmerso me tienen en una de esas conspiraciones cósmicas/letraheridas (palabra, me refiero a “conspiración”, que comparto mucho más que “casualidad”, aunque comprendo en qué sentido la utilizaba Vanessa): como ya he anticipado aquí y allá, me encuentro en pleno regreso a las letras de los primeros años, tanto a las escogidas libremente como a las impuestas en el colegio, poniendo al día a quienes alimentaron mi imaginario más prístino, he vuelto a la novela picaresca, a los poemas que debíamos declamar frente al resto de la clase, a Platero y yo, al tantas veces menospreciado/incomprendido Juan Ramón Jiménez, al demasiadas veces reducido a la categoría pronunciada con tono peyorativo (como si fuera fácil, como si fuera menos, como si no importase) de “autor infantil”, al Premio Nobel que continúa siendo un gran desconocido incluso para lectores de largo recorrido más allá (en parte por su culpa) de lo de “Platero es pequeño, peludo, suave”. Por eso, entre otras muchas razones, por el modo en que recupera/retrata, da vida literaria (en todos los sentidos) al poeta de Moguer, por la manera en que nos lo presenta como escritor y como persona, por la justicia que le hace en ambas facetas he vibrado con La mujer sin nombre, la novela de Vanessa Monfort que Plaza y Janés publicó el pasado mes de octubre del infausto y por fortuna concluido 2020 (aunque 2021 ha comenzado de un modo que hace temer que, al final, valga más lo malo conocido, crucemos los dedos).

 

   Pero se da la circunstancia (seguimos con la conspiración y este aspecto me motiva especialmente) de que, aunque no necesitaba hacerlo porque es algo que tengo muy presente, al poner en primer plano aquellos años han cobrado bríos e ímpetu los muchos referentes femeninos que tuvimos los de mi generación, los pasos atrás que hemos dado por más que afirmemos/creamos lo contrario, lo poco que aprendimos, lo mucho que hemos olvidado/ignorado. No voy a hacer una enumeración exhaustiva (en parte porque ya la he hecho en otras ocasiones, en gran medida porque estoy abundando en ella en el lugar preciso -o sea, en los recuerdos que estoy transformando en relato escrito-), pero, sin ningún tipo de complejo, sin planteárnoslo, aceptándolo desde el minuto uno y sin atender al sonsonete estúpido, maniqueísta y estereotipado de algunos, aplaudíamos (y queríamos imitar) las hazañas de Pippi, de la abeja Maya (que se fugaba de la colmena para no ir a la escuela, que rehuía una existencia reglamentada), de Heidi, de las tres muchachitas que fueron a la Academia de Policía, Valentina (esa maravillosa Mari Carmen Goñi) era la más inteligente de Los Chiripitifláuticos, Leocricia (mi adorada María Fernanda D´Ocón) alimentaba nuestra pasión lectora, no en vano era la bibliotecaria de La mansión de los Plaff, María Luisa Seco (a la que perdimos demasiado pronto) era la magnífica embajadora de la programación destinada a los pequeños de la casa, Mayra Gómez Kemp (tras su paso por lo que se llamó primero De 12 a 2, después De 11 a 1 para transformarse en Sabadabada y después en Dabadabada) se erigió en la mejor maestra de ceremonias posible, sublime presentadora de Un, dos, tres, nuestro programa favorito. Y, en medio de todo eso (y de lo que no he citado), leíamos a Gloria Fuertes (la imprescindible), a Montserrat del Amo, a Enid Blyton, a Maria Gripe, a Carmen Kurtz (y llegarían la tía Agtaha, las Brontë, Margaret Mitchell, Carmen Martín Gaite, incluso Santa Teresa), tantas mujeres que nos aficionaron/adentraron en la lectura autoras a las que no tributamos jamás el homenaje que merecen, no somos lo suficientemente agradecidos con su dedicación, su arte, su talento. Y al menos a ellas y a otras las conocemos por su nombre, las hay que aparecían en los manuales escolares (aunque todo se redujese en muchos casos a una mera mención), porque las hubo que hubieron de camuflarse tras un seudónimo masculino para poder publicar, las hubo silenciadas, utilizadas, otros (bien pronunciada la segunda “o”, por favor) se atribuyeron/apropiaron de sus obras, uno de los casos más sangrantes (si no el máximo, al menos de los que han terminado por hacerse públicos) es el de María Lejárraga, la esposa de Gregorio Martínez Sierra, el reconocido, el laureado, el aplaudido, el que firmó todo lo que ella escribió, ese es el epicentro, el asunto principal, el objetivo y objeto de la impresionante y espléndida novela de Vanessa Monfort.

 

   A pesar de mi a veces precisa memoria, si he podido reproducir la cita de la autora de un modo literal (y he tenido claro cuándo se produjo) es porque ya la empleé en su día tras una de las siempre apasionantes y gratificantes conversaciones que he podido mantener con ella desde que tuve la fortuna de abrir uno de sus libros (en concreto, Mitología de Nueva York que le valió el Ateneo de Sevilla hace algo más de 10 años), charla en torno a su maravillosa La leyenda de la isla sin voz, novela sobre Dickens que hizo sonar este arpa con honda emoción como pueden comprobar en el link https://elarpadebecquer.blogspot.com/2014/07/la-cunada-de-charles-dickens-paso-por.html. Poco antes de Navidad, gracias como tantas veces a los buenísimos oficios de mi Pepa Muñoz los del Club de Lectura LL mantuvimos un encuentro vía Zoom donde Vanessa, con sus habituales simpatía y entusiasmo, nos contó el proceso de investigación y vital seguido hasta concluir La mujer sin nombre, novela llamada a convertirse en libro de referencia (en realidad ha nacido así), una investigación audaz y deslumbrante (tanto en resultados como en la manera de hacerlos llegar al público) sobre quien debe figurar en todos los lugares donde deba como una magnífica escritora, autora de algunos de los éxitos más memorables (y aún representados/adaptados) del teatro español del primer tercio del siglo XX, una intelectual de variado recorrido, un cerebro privilegiado: María Lejárraga. “Hay personajes que van en busca del autor, tal y como escribió Pirandello, eso es lo que me ocurrió: el CDN me llamó para que escribiese una obra centrada en María y ahí empezó todo”. El texto que nació de esta propuesta, Firmado Lejárraga, se convirtió en un montaje dirigido por Miguel Ángel Lamata que fue un triunfo absoluto, agotó el papel de la taquilla (como se dice en el argot teatral), mereció una reposición (algo inusual en la programación del Dramático Nacional) en una sala con mayor aforo, consiguió una merecidísima nominación al Max para Vanessa, fue el punto de partida para seguir indagando, despejando incógnitas, buscando información de primera mano, rastreando la figura oculta, diluida, camuflada de quien, sin duda pensando en sí misma, mas aceptando e incluso fomentando esta manera de actuar, escribió (para que firmase su marido, por ello considerado escritor comprometido con el feminismo) cosas como esta que La mujer sin nombre recupera: “Las mujeres callan por costumbre de sumisión; callan por miedo a la violencia de un hombre; las mujeres callan, en una palabra, porque a fuerza de siglos de esclavitud, han llegado a tener alma de esclavas”.

 

   “Es un misterio dentro de un acertijo”, así define Vanessa Monfort a María Lejárraga puesto que, a pesar de los documentos personales a que ha tenido acceso, su biografía continúa planteando variados interrogantes, deja algunos cabos sueltos, no termina de comprenderse por qué actuó del modo en que lo hizo, por qué no reclamó con más fuerza y publicidad su lugar/obra, por qué sus amigos callaron lo que a todas luces conocían, por qué no se rebeló, por qué no la revelaron. La escritora de hoy, que tanto se ha acercado a ella en lo literario y en lo íntimo, aventura una respuesta en la que su novela profundiza: “Protegió la dignidad de ambos, la firma común, el “Gregorio Martínez Sierra” que era lo que se demandaba. En gran parte, él fue también instrumento de ella, puede decirse que es su mejor invención”. Puesto que es parte de la trama de la novela, no anticiparemos aquí cómo ha llegado Vanessa a tener en sus manos, a poder trabajar/utilizar cartas y diarios de María y otros personajes capitales en su vida, baste decir que ese material dota a la narración de profunda verdad, de hondura emocional, la autora fabula/rellena huecos a partir de lo que los auténticos protagonistas confesaron al papel: “Se trata de construir la ficción a través de los sentimientos, aparece una nueva realidad sugerida por los datos”. La mujer sin nombre está sólidamente armada, investigada, vivida y sentida, de modo que incluso lo claramente ficticio parece real y, aunque se sepa que no lo es, se recibe como autobiográfico: “La parte en la que se cuenta la preparación de un montaje teatral no reproduce lo que nosotros vivimos, no tiene nada que ver, pero digamos que presté algunas experiencias a mis personajes”. Y es uno de los homenajes más bellos al hecho teatral, a las artes escénicas, por vívido, por honesto, por plausible, que servidor haya leído jamás, una aventura de gentes que, por encima de todo, aman y respetan las palabras y a sus creadores y creadoras (permítanme por una vez hacer esta distinción, pocas veces va a tener tanto sentido). Algo que, además, encaja a la perfección con la manera en que, de niña, Lejárraga descubre el teatro y recibe “un salvoconducto para soñar”: “Desapareció lo imposible. Lo paradójico era que a los padres les divertía la inocencia con la que sus niños se creían la función y, sin embargo, cuando abandonaban el teatro y soñaban despiertos, de pronto ya no lo llamaban imaginación, lo llamaban mentira”.

 

   “Mamá, ¿tú sabes lo agradable que es para mí que ni en la calle, en los teatros, en los cafés los hombres ni te miren a no ser que sea para algo en concreto? Acostumbrada a la insistencia con que en España los varones de toda clase, edad y condición siguen con la mirada toda hembra como si le estuviesen tomando la medida, esta suprema indiferencia de los franceses me es gratísima. Siento de pronto una gran libertad”. Así escribe María desde el París de principios del XX y, más allá del componente sexual de lo que cuenta, se la nota feliz con el anonimato, con el pasar desapercibida, con poder moverse sin sentirse observada, tal y como la sitúa Vanessa en algunas de las páginas más logradas de su novela, las que dan cuenta del estreno de El abuelo de Galdós en el Teatro Español el 14 de febrero de 1904: ella observa desde un palco, se mantiene en segundo plano (por no decir que se oculta, se quita de en medio), mientras Gregorio hace vida social y confraterniza nada menos que con tres Premios Nobel (uno recién concedido -José Echegaray-, dos que lo serán con el tiempo -Jacinto Benavente en 1922 y Juan Ramón Jiménez en 1956-), por allí aparece lo más granado de la entonces riquísima vida intelectual y creativa española, los nombres congregados en aquel momento y por ende en las páginas de La mujer sin nombre son para quitar el hipo y para sentirse orgullosos, igual que sucede con la amplia nómina de mujeres (“no cupieron en la obra”, explica Vanessa) a las que revindicar, glosar y disfrutar, la novela también supone la recuperación de, por ejemplo, María Guerrero (la sede del CDN no se llama así por azar como tantos parecen pensar), Clara Campoamor, Zenobia Camprubí, Carmen de Burgos (conocida como Colombine, su firma en prensa) o Elena Fortún, por escoger sólo a algunas. Es, queda dicho, un estupendo y lo más exhaustivo posible recorrido por unos años en que el talento abundaba y se celebraba en parte (la masculina, claro) y donde cobra aún más osadía (y prueba de reconocimiento) la frase que Juan Ramón dedica a María en una carta: “Aunque en el futuro me olvide, recuerde siempre el consejo de un amigo que la admira: si no escribe usted un libro es una española inofensiva”.

 

   No puedo negar que soy un gran admirador de Vanessa Monfort, especialmente cuando la literatura, la creación, es el centro de su escritura, cuando imagina cómo fue soñando Dickens Canción de Navidad, cuando la realidad parece estar imitando a/reproduciendo la ficción, cuando rompe las fronteras, cuando nos lleva al momento en que una partitura va tomando forma, cobra vida, qué regalo es la escena en que recrea/inventa cómo nació El amor brujo: “La música me sugestiona para escribir y, en concreto, en teatro me proporciona el ritmo”, el que aquí también demuestra tener muy bien medido, entrando y saliendo del alma de su personaje central, interpelándole en algunos momentos, escribiendo con gran libertad, con esa voz particular que tantos lectores siguen, la misma que es capaz de difuminarse para que hable quien le corresponde, María Lejárraga, “un símbolo, un clásico perdido”, la narradora omnisciente se aparta para que sea ella, la que recupera su nombre, la que diga cosas tan vigentes y pertinentes como esta: “El espectáculo, o lo que ustedes los norteamericanos llaman show, es una de las necesidades fundamentales del ser humano. Sin espectáculo no podemos vivir espiritualmente, como no podemos subsistir materialmente sin alimento. La vida es, por lo menos en las dos terceras partes de su duración, triste, amarga o difícil para todos nosotros, y tediosa para la mayoría de los que no tienen la imaginación suficiente para crearse una diversión interior. En cuanto el niño empieza a tener leve conciencia de que está viviendo, comienza a representar comedias. Cuando juega es actor y espectador al mismo tiempo. Todos somos niños, de la cuna al sepulcro, porque si no podemos vivir sin la diversión que el espectáculo nos proporciona, también nos sería difícil la felicidad si no creyéramos que alguien está mirándonos, adentro de nuestro juego, ya que la vida comedia es”. Por fortuna para ella, aunque sea con tanto retraso, ha encontrado la escritora idónea para contar su historia, su obra, su verdad, alguien con la misma fiebre literaria, alguien tan enamorada de las palabras y del oficio de escribir como lo fuese María Lejárraga, sólo Vanessa Monfort podía hacerle justicia vital y literaria.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

LA POSIBILIDAD DE LA FILOSOFÍA

 




   Si bien es cierto que, en general, uno hace continuamente memoria, que no quiere dejar en el olvido personas, hechos, lecturas, películas, canciones, sensaciones; si bien es cierto que gusta de detenerse y volver a pisar las huellas dejadas en la senda que va quedando atrás (contradiciendo de ese modo a uno de mis poetas de cabecera); si bien es cierto que en este ángulo oscuro del salón, al igual que hice anteriormente en tantos estados de Facebook, he ido y voy desgranando emociones, ausencias, nostalgias, experiencias, sentires de ayer (dicho sea en un sentido amplio, no en vano cumpliré 51 años en un par de meses); si bien es cierto que tengo muy a flor de piel, a latido del corazón, a temblor del alma vivencias/gentes que no preciso convocar porque van/están conmigo, llevo un par de meses recopilándolas, propiciándolas, recuperando algunas adormecidas y otras casi borradas (tanto consciente como inconscientemente), me gusta decir que estoy armando mi propio rompecabezas partiendo de los libros (como siempre), en realidad lo estoy reconstruyendo y, en parte, descolocándolo aún más o, al menos, encontrando el lugar que me parece más adecuado para cada pieza. Es un proyecto que aún está muy en pañales (al menos en lo escrito, en mi ánimo y en mi cabeza se va desarrollando casi sin sentir), pero que crece día a día de mil formas posibles, a veces de las más insospechadas, como ha sucedido con la novela de la que hoy quiero ocuparme: El asesinato de Platón, el espléndido nuevo título de Marcos Chicot que Planeta lanzó en octubre, su primera obra cuatro años después de ser finalista del premio que concede la editorial con El asesinato de Sócrates, ha reavivado con fuerza y hasta diría furia el año en que cursé COU, un periodo realmente significativo de mi vida, el tiempo en que cambiaron muchas cosas y, sin saberlo/pretenderlo, nacía de algún modo este tañedor de arpa, fue un año en que tomé algunas decisiones correctas y muchas erróneas (o a deshora), precipité otras aunque eso me obligó a, ahí sí, dejar a mi espalda un camino que no me apetecía volver a recorrer y seguir mi instinto, a no concederme tiempo para arrepentirme de lo que no lo merecía (aunque así lo sintiese al principio), también cometí equivocaciones estrepitosas y no es disculpa decir que no supe hacerlo de otro modo, consentí que algunos quemasen naves por mí, me escondí detrás de una máscara construida con frustración, miedo e impotencia y cuando quise zafarme de ella era demasiado tarde para frenar/evitar las consecuencias (al menos me sirvió para detectar a algunos que sólo entienden la amistad, lo que ellos llaman así, cuando vienen bien dadas o, siendo más lapidario y honesto, cuando los afectados/tristes son otros). Bueno, abandono la inmersión, no voy a desbordarme ahora, no es el lugar ni el momento, valga sólo para transmitir el contexto, el modo en que no he podido evitar vibrar con una de las lecturas más apasionantes, enriquecedoras y pletóricas de los últimos meses.

 

   Nací entre letras, leo desde antes de ser consciente de ello, amo la literatura de manera orgánica y natural, nunca se me ocurrió estudiar otra cosa que una carrera de esa rama por más que (herencia paterna) tuviese buena disposición y mejor cabeza para los números, cierta facilidad que no motivó que me atrajesen las matemáticas, la física o la química más allá de momentos concretos en que me resultaba divertido resolver problemas, despejar incógnitas, todo lo que podía compararse con un trabajo detectivesco (siempre apunté maneras, la sangre de la tía Agatha es muy poderosa). Como era una decisión que tenía muy tomada, tuve que aceptar las burlas a veces crueles de mi grupo de amigos, igualmente convencidos estudiantes de Ciencias desde el primer curso de Bachillerato, menosprecio que fue a más cuando en el tercero tomamos vías diferentes, sobre todo de quien exhibía un expediente tan brillante como el mío (perdón por la presunción, es por explicar la historia del mejor modo) pero aborrecía la literatura en bloque, renegaba de la ficción, de lo que tildaba como “fantasioso”, “inconcreto”, “especulativo” y otras palabras que ahora no recuerdo, siempre ponía el acento en que lo suyo era, como se decía entonces, algo exacto. Y tuve que aguantar su permanente enfado porque Filosofía (así como Lengua Española, pero esta le molestaba menos) fuese una asignatura troncal y común a las dos ramas, afirmaba no necesitarla para nada (a lo que yo alegaba que la regla de tres venía muy bien en la vida diaria, pero, por ejemplo, a lo de saber hallar una raíz cuadrada aún no le había pillado el chiste fuera de las aulas), estoy convencido de que habrá aplaudido (y lo seguirá haciendo) su paulatina desaparición en los planes de estudio, su ostracismo, su en el fondo eterna condición de prescindible. No es que le disculpe, pero actitudes/sinrazones de ese tipo obedecen a la manía por atomizarlo todo, por cegar los vasos comunicantes, por segregar saberes, por especializar desde la base, por desunir antes de tiempo, por no ofrecer una visión global para, después, centrar el foco en lo que cada uno necesite/disfrute/estudie; vivíamos (igual que ahora, si bien es cierto que menos radicalizados) polarizados, o se era de una cosa o de otra, no supimos aprovechar a docentes como María Ángeles Ortiz o Natividad Gutiérrez (que nunca me dio clase, pero fui mentora y amiga en la lectura) que impartían asignaturas de Ciencias pero amaban los libros, a maestras de vida como Margarita Giménez que decía que había que saber un mínimo de todo, que nada debía sernos ajeno, que explicaba de modo transversal antes de que se pusiera de moda la palabra, atravesando asignaturas y programas para que aprendiésemos y aprehendiésemos (odiaba la memorización). Y, así, regresamos a El asesinato de Platón.

 

   Precisamente era él, su obra, el protagonista de la primera unidad del programa de Filosofía que, como tanto repetíamos aquel año, “entra para Selectividad”, don Antonio Pinillos nos lo transmitió con pasión, le dedicó bastante tiempo, leímos los textos indicados con suma atención, los debatimos, nos pusimos en su piel, he recordado con honda emoción sus clases casi desde la primera página de la novela de Marcos Chicot, novela que pone el saber, la doctrina, el pensamiento platónico en su eje, es la columna que vertebra una narración prodigiosa, una recreación/reconstrucción de la época impecable, detallada, verosímil, completa, educativa y entretenida a partes iguales (en realidad, hace primar lo segundo, es uno de sus máximos aciertos, por eso consigue que aprendamos tanto, que resurjan de las brumas algunos conocimientos olvidados pero no borrados). Porque, aunque recurriendo muy poco a la dialéctica, ni tan siquiera a la retórica, siendo bastante elementales en nuestra argumentación, la frase que podía leerse en el frontispicio de la Academia platónica nos dio bastante juego (aunque no el que hubiese debido) puesto que los de Ciencias la consideraban un triunfo, un claro ejemplo de superioridad, mientras que los de Letras la desdeñábamos al quedarnos en su literalidad, al no aplicarla, al no analizarla, al no hacer filosofía: “No entre el que no sepa geometría”. Y es que se trata de eso, algo en realidad sencillo, sobre todo porque es el modo en que brota el pensamiento, en que le damos curso, y esa digamos actividad es común a cualquiera de los saberes, está en su germen, sólo así podemos dar forma a lo abstracto, qué lástima que no supiéramos verlo (que, en parte, no nos lo hicieran comprender) del modo tan fácil como lo narra Marcos Chicot: “[Platón] Cerró los ojos y se concentró en la noción tosca e imperfecta de un pentáculo que se podía adquirir a través de la representación de uno, o de miles de ellos. Después elevó su mente hacia la Idea matemática, única y perfecta del Pentáculo. Experimentó una gran serenidad con esa transición y el aire escapó lentamente por sus labios entreabiertos. No estaba imaginando algo con características físicas, estaba percibiendo el Pentáculo a través del intelecto, el órgano de percepción del alma”. Así es cómo nos transmite/inocula el autor la filosofía en su más pura esencia, con facilidad, con un afán didáctico que es el mejor sostén para una narración vibrante, apasionante, cautivadora, despertando las ganas de desempolvar los libros de aquel tiempo, de recuperar el interés, el entusiasmo por la filosofía, de darle la posibilidad de ser, de llevarla a cabo, de ponerla en práctica.

 

   Porque esa era/es otra, incluso los convencidos (o, al menos, los que sentimos cierta querencia, los que la estudiamos) utilizamos lo de “hacer filosofía” o “filosofar” con tono peyorativo, quitándole importancia, como sinónimo de desbarrar o echar balones fuera, cayendo en el estereotipo, negándole su verdad, su pertinencia, su necesidad, su posibilidad, volvemos de nuevo a algo que está muy presente en la novela, no en vano era uno de los fundamentos del pensamiento platónico, que la filosofía se aplicase en la vida diaria, en el gobierno, en la convivencia, que no se entendiese como algo utópico, que lo ideal (que no idealizado) tomase forma en reyes filósofos que fuesen justos y propiciasen la paz. Y su creencia en que eso podría llevarse a cabo en Siracusa proporciona una de las fascinantes tramas que conforman esta novela que se bebe como tal, a lo que no le sobra ni una sola de sus más de 900 páginas, pero que es al mismo tiempo un sublime libro de Historia, un impagable tratado de filosofía, algo que ya nos tiene acostumbrados Marcos Chicot con sus dos anteriores “asesinatos”, el ya mencionado de Sócrates y el de Pitágoras que inauguró esta peculiar serie hace casi ocho años. Es lógico colegir que estos títulos están relacionados entre sí, especialmente este que ahora nos ocupa con el que quedó finalista del Planeta (Sócrates fue el maestro de Platón), comparten personajes, pero pueden leerse, comprenderse y vibrarse de manera independiente, El asesinato de Platón se explica por sí misma, no precisa de su antecesora (aunque quien los lea en orden tendrá algún que otro regocijo extra). Y, de nuevo, la palabra “asesinato” se usa como metáfora (aunque, por desgracia, haya sido/sea más real de lo deseable, de lo que nos deberíamos permitir) porque de lo que se trata es, volvemos a ello, de negar la posibilidad a, en este caso, la doctrina platónica de desarrollarse, de coartarla, de impedirla, de, como sucede ahora, dejar de explicarla, de transmitirla, de leerla, de acudir a sus enseñanzas, de borrarla de un plumazo de los planes de estudio. Por eso, entre otras muchas cosas, es tan loable el empeño de Marcos Chicot para recuperarla, el talento para contarla de un modo ameno, absorbente, magnífico, devolviéndole su valor, su lugar, lo que nunca debió dejar de ser: “La filosofía no debería ser peligrosa… (…) No, es todo lo contrario: si eludiera los peligros no sería una verdadera filosofía. Y entonces no tendría la capacidad de cambiar el mundo”.

 

   Eso es algo que piensa el filósofo en la novela, pero se percibe que también lo sostiene el autor, es fácil captar su entusiasmo (y contagiarse del mismo) cuando se comparte un encuentro que ya le hubiese gustado a uno en aquel tiempo evocado/revivido al calor de El asesinato de Platón. Comandados por mi Pepa Muñoz, los del club de lectura asistimos a lo que fue una charla apasionada y apasionante sobre filosofía (es decir, sobre el amor por la sabiduría, etimológicamente hablando), encuentro que pueden encontrar íntegro en el canal de YouTube de Locura de Libros en el siguiente link https://www.youtube.com/watch?v=I2kwtLRYSV4 y en el que, una vez más, el autor nos dejó con la boca abierta. Entre otras cosas porque, sin despegarnos del método platónico, nos hace mirar a la realidad y no a las imágenes parciales o incompletas, por no decir a los mitos, porque habla de los muchos pros de una civilización que posibilitó la proliferación de mentes como la de Platón sin olvidar sus muchas sombras, las mismas que el propio pensador trata de despejar y disolver cuando afirmaba que “en lugar de la retórica y la persuasión, deberían gobernar la razón y la sabiduría”, aunque era consciente de que “aquel ideal era un sueño del que la democracia ateniense estaba demasiado lejos”. Porque aquella democracia de la que tanto queda todavía por aprender y aplicar era imperfecta, era para unos pocos, y aquí no se trata del masculino genérico sino de que las mujeres no contaban, salvo para Platón: “Platón dice en “La República” que a las mujeres debe ofrecérseles la enseñanza de la música, la gimnasia y las artes que conciernen a la guerra, y también que debe tratárselas del mismo modo que a los hombres. Sin embargo, Atenas dista mucho de la ciudad ideal en la que eso podría ocurrir”, así se lo recuerda, vestida con una túnica masculina, Axiotea a Altea, la gran protagonista femenina de la novela, una mujer a la que el maestro pone a dar clase en la Academia con el consiguiente revuelo (por no decir algo peor) de quienes se sienten amenazados/menospreciados por este gesto revolucionario, por esta posibilidad hecha realidad que algunos reciben como una afrenta, como un peligro, como un ataque, porque, como le dice a Platón su sobrino Espeusipo, “una idea escrita en un papiro resulta menos amenazante que una mujer subida en una tarima para darte lecciones. (…) Además, muchos admiran tus obras a pesar de lo que dices sobre las mujeres, no gracias a ello”.

 

   Las vicisitudes familiares de Altea se entremezclan de manera asombrosa con los conflictos políticos, con la guerra, con la doctrina platónica, anudando saberes con hechos, tomando aliento tanto de la epopeya como del teatro (los apartes de los personajes, lo que piensan, lo que ocultan, lo que sólo dicen para el lector son muy significativos, definitorios y en ocasiones definitivos). Deja sin aliento (y sin adjetivos) la tarea titánica asumida por Marcos Chicot y, sobre todo, los resultados alcanzados, la calidad de la prosa, la ingente documentación manejada que no es una losa (como tantas veces sucede) sino un trampolín para que la emoción se dispare, inyectando tensión en los momentos en que la acción parece/podría detenerse, construyendo, en definitiva, una de esas novelas que, por diversas razones, se convierte en libro de consulta, en fuente a la que acudir, en justicia debida a lo que uno no supo apreciar cuando era joven y, sobre todo, inmaduro (si es que ahora ha alcanzado alguna madurez), en pedorreta literaria y honda a quien le quiso hacer sentir inferior, en imbricación imprescindible de los diferentes saberes que, a la postre, son uno con muchas ramas; demos la palabra a Altea, quien expone con claridad las enseñanzas platónicas: “(…) quien pretenda ser filósofo debe consagrarse a la ciencia de los números y el cálculo. Y no hacerlo de forma superficial, sino hasta que por medio de la pura inteligencia llegue a conocer la esencia de los números. Su objetivo no es servirse de esta ciencia en las compras y en las ventas, como hacen mercaderes y negociantes, sino facilitar al alma el camino que debe conducirla desde la esfera de las cosas perecederas hasta la contemplación de lo inmortal e inalterable”.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

SANGRE EN LAS CALLES (Y EN LAS PÁGINAS)

 




   La oferta de las diferentes plataformas que ofrecen contenido audiovisual abunda en documentales de muy variados tonos, estilos, asuntos, pelajes, pero entre las casi infinitas posibilidades se han convertido en estelares (y exitosos) los dedicados a crímenes reales, bien a aquellos que siguen sin resolverse, bien a los que provocaron un enorme revuelo mediático (antes incluso de la aparición y/o colonización sufrida por las redes sociales), bien a los especialmente truculentos, a los de tintes (y resultados) políticos, a los cometidos por una digamos personalidad inquietante y en muchos casos también fascinante, hay, como suele decirse y no resulta exagerado, una opción para cada espectador. A quien fue lector precoz de novela policíaca, de intriga, con asesinatos de por medio, género negro y demás derivados (evolución lógica al estar familiarizado desde pronto, por más que adaptados al público infantil/juvenil, con estos asuntos -y tanto podríamos recordar a Los Cinco y Los Tres Investigadores como las aventuras de Scooby Doo-), le atrajeron pronto aquellas historias que parecían sacadas de los libros y, sin embargo, eran reales, de ahí el pavor que me causaba la creo que llamada Galería del Terror del Museo de Cera, toda una impresión para mis seis o siete años, no más tenía la primera vez que fui (y ahí no valía aquello de “no pasa nada, es sólo una película”, mantra de nula efectividad porque seguía temblando con la serie Tensión -pero no me perdía ni un capítulo- o títulos como Psicosis en Sábado Cine), pasándolo mal pero irresistiblemente atraído por el misterio; así fue cómo conocí a Landru, El Lute o lo sucedido en el expreso de Andalucía en 1924, en forma de estatuas de cera que, con el tiempo, daban más miedo o mal rollo (y mucha risa) por sí mismas que por lo que o a quien se supone representaban (en la mayoría de las ocasiones, encontrar cualquier parecido con las personas reales requiere un gran ejercicio de imaginación). Piensen que, además, tenía diez años y un mes de agosto por delante cuando fueron asesinados los marqueses de Urquijo, leí todo lo que caía en mis manos queriendo vivir de primera mano algo similar a los peligros que afrontaban mis héroes ya citados y otros similares, creo que aquellos reportajes repletos de detalles a veces escabrosos por no decir impúdicos atendiendo a lo que aprendería con el tiempo en la asignatura Ética y Deontología Profesional me condujeron sin remisión ni oposición a las novelas de la tía Agatha y todo lo que ha venido después. Como pretendía decir antes de dejar manar la verborragia habitual, mi interés por los crímenes reales (si bien es cierto que como documental/serie o como lectura, no sigo programas especializados en sucesos, esos con el amarillismo por bandera, esos en los que tantas veces pisotean los fundamentos del que siempre consideraré mi oficio, esos en los que abundan vocingleros dizque expertos que abochornan a los grandes nombres que dignificaron estas informaciones), retomo antes de volver a irme por las ramas para concluir que mi predilección por estos programas es anterior a que proliferasen del modo en que ahora lo hacen y la máxima responsable es aquella magnífica serie que TVE emitió los viernes por la noche (hablo de su primera temporada, la de 1985), la grandísima producción de Pedro Costa conocida como La huella del crimen (por cierto, en la segunda, en 1991, hubo un episodio dedicado al crimen del expreso de Andalucía antes citado).

 

   Con estos antecedentes y presente como espectador y lector (y más aún para los leales a este ángulo oscuro del salón) no les extrañará nada que me haya lanzado casi como un poseso a la lectura de una novela de la que, además, tenía excelentes referencias puesto que obtuvo en 2008 el Premi Crims de Tinta y ya había sido publicada, un título que Alianza Editorial recuperó hace unos meses: La mala mujer de Marc Pastor con traducción de Juan Carlos Gentile Vitale. El personaje al que se hace referencia con ese epíteto es Enriqueta Martí, la tristemente conocida como “La Vampira del Raval”, proxeneta de menores (incluidos niños de muy corta edad), secuestradora y considerada asesina en serie, un personaje sobre el que pocas cosas han podido confirmarse/demostrarse a ciencia cierta, un personaje con penumbras y contornos difusos que permiten que, apoyándose en lo publicado en la época, la ficción complete el retrato que puede hacerse de quien sembró el terror en la Barcelona de principios del siglo XX. Y esa atmósfera de leyenda que se presiente/teme como real, de rumor preñado de miedo, ese susurro de advertencia que no osa aumentar su volumen para no llamar la atención, esa sospecha perenne que no da tregua y que asola las calles, ese ambiente enrarecido y ominoso que se adueña de los corazones es el que Marc Pastor convoca desde las primeras líneas, arrojando al lector literalmente (nunca mejor dicho) al cráter de un volcán en plena erupción, dando a un narrador (o narradora) inquietante, poseedor (o poseedora) de una prosa directa, hechizante, inflamada, viscosa, supurante, un alarde que el autor mantiene a lo largo de toda la novela sin perder pulso ni efectividad, prosa hemoglobínica, humorosa, visceral, envolvente, irresistible, poderosa: “Ahora soy una voz en tu cabeza. O la plegaria de alguien a quien amas al borde de la cama, o un compañero de estudios que no sabe leer en silencio, o un recuerdo desenterrado por un olor. Soy hombre, soy mujer, soy viento y papel; un viajante, un cazador y una niñera (el rey de la ironía); quien te sirve la comida y quien te da placer, quien te apalea y quien te escucha; la bebida que quema la garganta, la lluvia que te cala los huesos, el reflejo de la noche en una ventana y el llanto de un recién nació antes de ser amamantado”. Narrador (o narradora), como es fácil comprender, más omnisciente imposible, pero también podríamos decir omnipresente porque, aunque no sepamos con qué rasgos físicos, aunque tan pronto intervenga en el diálogo como se limite a observar, aunque parezca haberse esfumado a ratos, impregna cada página, cada palabra, cada acción de los personajes porque, como anuncia a continuación de lo reproducido en la cita anterior, “Yo lo soy todo y puedo estar en todas partes”.

 

   Este narrador (o narradora) tan versátil, tan maleable, tan incontenible, permite a Marc Pastor romper la cronología, variar de punto de vista, trocear la narración, hacerla caleidoscópica sin que eso suponga confusión a no ser que ese sea el efecto pretendido para, en un momento dado, sorprender al lector, despistarlo tanto como lo están algunos personajes. El modo en que el autor nos presenta el rompecabezas es asombroso porque, aunque se vaya completando, aunque las piezas encajen, nunca lo vemos ordenado, siempre hay un nuevo quiebro, un nuevo giro, el terreno es resbaladizo, pantanoso, nunca estamos seguros/a salvo, Pastor nos traslada a una época rebosante de ambigüedades, insegura, terrorífica en muchos aspectos, la reconstruye con enorme viveza, con palabras cinceladas y de múltiples aristas, acorde con lo que describe, con lo que nos hace vivir: “Hay quien vive a gusto en tiempos convulsos, con sangre en las calles, porque les permite escabullirse entre la violencia y beber de ella a placer. En La Rosa de Fuego todo el mundo va a la suya: unos procuran tener manduca que llevarse a la boca, otros se llenan los bolsillos y hacen ostentación de ello; mendigos que duermen en una taberna porque no tienen una mala cama donde caerse muertos, ricos que viajan a San Sebastián para darse un baño medicinal en la playa; hay quien no habla con nadie por miedo de que se descubra su secreto, hay quien lo cuenta todo buscando compañía”. Y ese narrador (o narradora), personaje inevitable, que se piensa más en masculino aunque sabe que la mayoría de la gente se refiere a él en femenino (“que si la Dama, que si la Gran M., que si la Inexorable”), se siente como pez en el agua, se adueña de todo y todos, también de la novela: “Son tiempos en que paseo, visible, por las calles de una ciudad entregada a mí, y entro en mil cuerpos ansiosos por gustarme. Recojo almas a montones, sin fijarme en nombres ni en caras. Judíos pasados a hierro o monasterios en llamas. La sangre y el fuego crearán el hollín con que Barcelona se maquillará de nuevo para volver a ser vieja. La renovación como último paso, el aquí no ha pasado nada pero ahora todo es diferente hacen de la ciudad una mujer más sabia y, no obstante, más dolida”. Es Barcelona la gran protagonista, escenario y corazón, la conocemos físicamente y (a)moralmente, en sus sonidos, en su frío, en sus olores, en sus tufos, en su sordidez: “Barcelona es una vieja dama de alma desgarrada que ha sido abandonada por mil amantes, pero no quiere reconocerlo. Cada vez que crece se mira en el espejo, se ve cambiada y renueva la sangre hasta llevarla al punto de ebullición. Como el capullo de la mariposa, por fin, estalla”.

 

   Hay alguien empeñado en resolver el escabroso asunto de las desapariciones de niños, de su uso y abuso, de sus muertes, ese caso que algunos niegan sea tal, esos crímenes que a tantos no interesan porque o bien se benefician de ellos o porque las víctimas son criaturas condenadas desde la cuna, porque la crueldad se ceba con los considerados miserables, los que sobran, los que no importan, los que ni se consideran ciudadanos; hay alguien que presta atención a los llantos de las madres, un policía que no quiere regresar a su casa, que se implica personalmente, que no entiende otra manera de afrontar su trabajo, que se entrega más allá de cualquier consideración: “Moisés Corvo es un perro: nadie mea en su territorio. Y si esto comporta empalagar de olor a orina todo el barrio, no tiene ningún inconveniente. Ya hace tiempo que Moisés Corvo dejó de ser un porra, un policía de calle, de carne de cañón, de venda en los ojos y un sí, señor en los labios, para convertirse en el sabueso que es ahora”. Es un policía que no se conforma con el silencio, con la negativa, que va más allá de la fabulación que tantas veces supone el mejor camuflaje para el crimen, que destruye los velos de la leyenda, de lo diabólico, de lo inexplicable, que sabe con quien se juega las cartas, que le tiene bien tomado el pulso, por eso el narrador (o narradora) le tiene en alta consideración: “Supongo que es por eso que me agrada Corvo: nos conocemos tan bien que, cuando me mira a los ojos, sé que me entiende. Me respeta, pero no me toma demasiado en serio, y eso me hace sentir a gusto, porque no siempre soy bienvenido en todas partes, y no suelo intimar con nadie”. Con una ironía punzante, con sumo verismo, pero manteniendo un equilibrio digno de encomio, sin recursos facilones ni truculencias innecesarias, Marc Pastor da voz a este narrador (o narradora) que se camufla pero no se esconde, que maneja los hilos sin pudor ni piedad, que hace un retrato hiperrealista de la maldad, que nos deja temblando, espantados, que nos ofrece una ficción tan cargada de verdad que nos sobrecoge incluso días después de haber concluido la lectura: “En Barcelona se han seguido produciendo muertes violentas, prácticamente a diario. (…) Pero tanto para los policías como para mí, no nos engañemos, es rutinario, una serie de trámites colocados en fila india que hay que ir cumpliendo: el levantamiento del cadáver, la identificación, el informe de la autopsia y el archivo del caso. Papeleo, yo ni los miro, pobre gente, tanta prisa por acabar como si del otro lado hubiera algo mejor. O hubiera algo, simplemente”. Novela furiosa y arrebatadora, estremecedora y magnífica, un auténtico descenso a los infiernos (tangibles e intangibles).

sábado, 5 de diciembre de 2020

SABER VER LO QUE AÚN NO EXISTE


 



   Estoy convencido de que el propio Javier Moro me permitirá que empiece este texto hablando de su tío Dominique Lapierre, así se lo prometí durante el encuentro que mantuvimos vía Zoom hace unas semanas, una de esas oportunidades deliciosas que auspicia mi Pepa Muñoz para que los del club de lectura diseccionemos junto algún autor o autora su última criatura y que ustedes pueden encontrar íntegro en el canal de YouTube de Locura de Libros (https://www.youtube.com/watch?v=tey3cMGsXtA&t=20s). Cualquiera que conozca un poco la trayectoria, la obra, la persona, estará al tanto del cariño, el respeto, la admiración que Javier nunca ha ocultado por quien, más allá del vínculo familiar, es su máximo referente, su maestro, su espejo profesional tal y como lo demuestra en cada aventura literaria, no en vano la recién llegada a las librerías (fue publicada por Espasa en los últimos días de octubre), A prueba de fuego, arranca con una dedicatoria que lo dice todo: “A mi tío Dominique, que sabe la alegría de trabajar en equipo”. Los leales a este ángulo oscuro del salón están enterados de que llevo un par de meses recopilando recuerdos, acometiendo relecturas, empezando a armar el puzle de mi vida a través de los títulos que me han marcado el camino, que me han construido, también, por supuesto, de esos autores que han sido providenciales, imprescindibles, sin los que no sería quien soy, no escribiría este blog del modo en que lo hago, no leería como leo, es decir, poniendo alma, corazón, pasión y entrega, devoción y vocación desde niño, por encima de todo llámenme lector, lo demás importa poco; antes de dejarme llevar por la verborragia (como es habitual), quería decir que estoy convencido de que en ese recorrido que apenas ha dado sus primeros pasos llegaré a Dominique Lapierre, pero me apetece anticiparme y dejar aquí huella de la muy profunda que él ha horadado en mi ánimo, en mi talante, en mi personalidad lectora y vital, de lo mucho que le debo y así, de algún modo, empezar a glosar y celebrar la (como no podía ser de otro modo) magnífica, apasionada y concienzuda investigación que Javier Moro ha llevado a cabo para alumbrar una apasionante novela que recupera/da a conocer la figura y la obra del arquitecto valenciano Rafael Guastavino, aquel del que se llegó a decir que inventó Nueva York en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX.

 

   Conocí a Dominique Lapierre antes de leerle, me llamó la atención un libro en que andaba enfrascado mi hermano, grandes letras en negro y en minúscula (todas) anunciaban que se trataba de El quinto jinete, la ilustración de portada era muy llamativa (se trataba de Los cuatro jinetes del Apocalipsis debidos a Peter Cornelius), la contraportada repetía el título con la misma grafía pero a un cuerpo menor y en rojo, con el mismo color se destacaban obras anteriores de los autores (¿Arde París?, Oh, Jerusalén, Esta noche, la libertad, …O llevarás luto por mí) y se anunciaba que se trataba de “un prodigioso suspense de treinta y seis horas, en que se decide la suerte de la mayor ciudad del mundo” (antes de que alguien vuelva a atribuir la precisión de los datos a mi dizque prodigiosa memoria -no lo es tanto como parece, si bien es cierto que siempre ha sido muy generosa y pródiga-, les comunico que tengo el libro aquí, al lado del teclado y del de Javier, por la actividad de esos círculos que tienden a cerrarse cuando menos lo esperamos he recuperado el otro día un ejemplar similar al que perdí por un préstamo hace mucho tiempo). Acompañaba a estas y otras palabras que no reproduzco por hacer el cuento un poco más corto un retrato de quienes firmaban la obra, es decir, Dominique Lapierre y Larry Collins, y no exagero si afirmo que sufrí un flechazo con ambos, aún era pronto para poder asumir/comprender lo que escribían, pero se estableció una corriente de simpatía y una necesidad que fue creciendo hasta que, unos años después, alguien que no me apetece nombrar ahora me regaló El quinto jinete y justo al año siguiente La ciudad de la alegría, el primer título que publicó Dapierre tras poner punto final a su exitosa colaboración con Collins (se reencontrarían tiempo después en ¿Arde Nueva York?, pero eso ya es otra historia que no viene al caso). Sería la edad (llegó al tiempo que mis 16 años), el momento efervescente, la humanidad que desborda en cada página, la vida que late en cada palabra, indudablemente fue su grandeza, su emoción, la entrega del autor, el caso es que, aunque disfruté como un loco con El quinto jinete (que, por cierto, quiero releer en breve ahora que ha regresado a mí), La ciudad de la alegría me traspasó, me noqueó, me entusiasmó, me atrapó, me rendí incondicionalmente a Lapierre, fue él el responsable (y empezar a estudiar Periodismo) de que buscase algunos de sus trabajos anteriores (y le admirase más -también a su compañero en lo que a sus obras en común se refiere-), desde entonces fui reuniendo su producción, atento a cualquier novedad. Y todo eso no hizo sino aumentar hasta alcanzar proporciones astronómicas cuando tuve el inmenso placer de conocerle, de asistir a una conferencia que impartió en la Facultad, de aplaudirle, celebrarle, saludarle (tuvo tiempo para todo el mundo), darle las gracias, estrechar un vínculo que se mantiene muy vivo y he ido reafirmando con lecturas y relecturas (y las que me quedan). Lo que más admiro (como lector y como periodista) de Dominique Lapierre es su minuciosidad, la ingente documentación que maneja para que todo lo narrado sea lo más cercano posible a lo sucedido, documentación que no pesa porque la procesa, la transforma, la sirve a través de datos fundamentales sobre los que erigir su obra, son cimientos sólidos que le permiten recrear/reconstruir momentos/épocas con infinita verosimilitud, con talante y talento de reportero, con meticulosidad de historiador, con aliento de novelista. Y estas bondades, estas cualidades, estas facultades también las posee su sobrino Javier, junto a él aprendió a desarrollarlas, con él investigó durante muchos años, juntos firmaron la a ratos escalofriante Era medianoche en Bhopal; con estos mimbres y sobre esta base, con ese ejemplo/magisterio por bandera, Javier Moro ha desarrollado una carrera propia que, aunque tiene muchos puntos en común/de conexión con la de su tío, no debe verse como una prolongación, un reflejo, mucho menos una copia, sino como una nueva demostración de las veces en que un discípulo alcanza a su maestro.

 

   A prueba de fuego resuelve un misterio, en realidad va más allá porque para muchísima gente (empezando por un servidor) el nombre de Rafael Guastavino no dice nada, incluso aunque se conozca parte de su obra (en demasiadas ocasiones, por no decir en la inmensa mayoría, no nos preocupamos lo más mínimo por saber quién fue el autor de un edificio que admiramos, no digamos de aquellos ingenios que nos hemos acostumbrado a ver como parte del paisaje). Puesto en la pista por la espléndida editora Ana Rosa Semprún (quien en su momento le animó a escribir la historia de Anita Delgado), Javier Moro se lanzó a investigar, a empaparse todo lo posible (y lo imposible porque había muchos paréntesis sin rellenar, muchos puntos suspensivos sin continuar), a rastrear los pasos de un arquitecto prácticamente desconocido cuando su huella es aún notoria, no sólo en Nueva York, en España también hay testimonio de su ingenio, su osadía, su talento natural, su intuición, su poner en práctica lo que sencillamente sabía que era posible, sin fórmulas ni tecnicismos, el empirismo era su firma, demostraba que se podía hacer haciéndolo, como en un momento dado le hace decir Javier Moro en la novela, “la arquitectura es un esfuerzo de la imaginación, ver lo que aún no existe con mayor claridad que lo que se tiene delante”. El mayor hallazgo hecho durante la labor de documentación se convierte en el mejor hallazgo para levantar la novela: las cartas de algunos de los personajes reales que descubren aspectos insospechados o erróneamente transmitidos, cartas que imprimen vida y verismo a lo que se narra, que permiten a Javier tomar voces distintas para dar la visión más poliédrica posible de Guastavino, para acercarse a él desde una perspectiva íntima, familiar, cercana, humana y, además, encontrar al narrador perfecto para que el conjunto gane tanto en fluidez como en efectividad, llegue al lector como una especie de confidencia, a ratos como una confesión: es Rafael Guastavino hijo quien la escribe. “Es el primer libro que hago en primera persona, eso es algo que te involucra más”,  y lo cierto es que de esa manera también consigue que nosotros lo hagamos desde las primeras líneas, no se puede desoír a quien está dispuesto a abrir su corazón, a llevar a cabo un retrato nada amable en el sentido de que no le glorifica: las sombras son tantas como las luces, más abundantes en realidad sobre todo en lo personal, por otro lado, como reconoce Javier, “nada más difícil que escribir sobre un santo”, indudablemente son las imperfecciones las que nos definen y humanizan.

 

    “Todo ese trabajo fue prácticamente empírico. No tenía la sanción técnica necesaria, mas ¿cómo era posible tenerla? El espesor de las bóvedas se determinaba por intuición y experiencia, como un herrero decide el tamaño de las piezas que fabrica, o un buen marino el grosor de la soga o un aparejo. Pero ¿es esa una actitud científica? ¿Puede haber alguna garantía basándose solo en la intuición y en la experiencia?”. Así es cómo Javier Moro evita caer en una jerga puramente arquitectónica que sólo un entendido en la materia pueda seguir, dando la palabra a quien, como se ve, tampoco es capaz de explicarlo pero sí de ejecutarlo, eso es lo que importa, eso lo que permanece, eso que contemplamos y admiramos, un genio natural al que muchos veían como un visionario, como un iluminado, alguien que inspiraba poca confianza a pesar de lo demostrado, a pesar de ser apoyado por nombres de indudable prestigio en la época, así intenta razonarlo el también pionero (pero más apegado a las mediciones previas, a la posibilidad de traducir a cifras sus creaciones) Stanford White en un momento dado: “Es que parece un milagro que la forma tan fina que se consigue con los ladrillos sea capaz de soportar tanto peso. Y los milagros no venden bien en este mundo”. Milagros tangibles, algunos pueden verse en la estupenda selección fotográfica que acompaña al volumen, milagros cuya construcción Javier Moro sabe transmitir con nervio, con tensión, con dudas, como si no se conociese el final, llevando de la mano al profano para que nunca se sienta perdido, haciendo tan emocionante la imprescindible y lógicamente extensa parte arquitectónica como la personal, esa que ha ido entresacando del material epistolar que uno de sus descendientes conserva, “sin las cartas no me hubiera atrevido a escribir la novela”, en ellas encontró el corazón de la misma y, del mismo modo y nunca mejor dicho, cimientos firmes que soportan toda la obra, un nuevo triunfo de Javier Moro que merece saldarse con, al menos, éxito parecido al de anteriores títulos.