martes, 23 de abril de 2013

RATÓN DE BIBLIOTECA






   No es por presumir, pero me recuerdo desde siempre con un tebeo, cuento, libro, algo que leer entre las manos; de hecho, existe una fotografía en la que debo tener poco más de un año (tal vez incluso algo menos) y en la que, en lugar de destrozarlo como según parece hacía con cualquier cosa que cayese en mis garras (eso afirman mis hermanos, mi madre y la tía Carmen), parezco estar comprendiendo las palabras impresas en un periódico; es como si apenas rozase sus páginas, tratando con sumo cuidado el objeto que da nombre a lo que con los años sería mi profesión (toda una premonición mi insólita calma ante ese papel en concreto), dejándome seducir por la letra impresa antes de ser capaz de comprenderla. Lo cierto (y de nuevo aclaro que no lo cuento por fatuidad) es que no tardé demasiado, para lo que viene a ser habitual, en descifrar esos manchones negros, esos signos extraños que un buen día se convirtieron en letras, porque el tío Miguel (siempre presente en todos los momentos que han supuesto algo en mi vida, como le sigo sintiendo ahora) me las fue presentando en las matrículas de los coches mientras caminábamos hacia la Dehesa de la Villa cuando aún no había cumplido cuatro años y fue ahí, vuelvo al comienzo, cuando empecé a devorar sin freno y con pasión cualquier letra impresa: al principio, cuentos por supuesto y también tebeos (por los que sigo conservando una querencia que me ensancha el corazón, sobre todo porque revivo las muchas carcajadas compartidas con la tía Carmen, la fan número uno de Mortadelo, 13 Rúe del Percebe, Rompetechos y el resto de personajes del universo Bruguera –tan sólo diferíamos en Zipi y Zape, unos de mis favoritos, pero que a ella no le resultaban simpáticos); muy pronto, libros: los heredados de Pilar y Eduardo, los clásicos de Los Cinco, Los Tres Investigadores y Alfred Hitchcock (¡Cómo no salir, al mismo tiempo, cinéfilo!), Julio Verne, Emilio Salgari y otros autores que conformaban la colección de Joyas Literarias Ilustradas, aquellas que tantos universos nos abrieron; en seguida, también tuve volúmenes propios, la mayoría de segunda mano comprados en el rastrillo de Tetuán (¡Esas mañanas de domingo a la caza de la ganga con el tío Miguel!), los muchos que me proporcionó la tía Pilar, los que había en las estanterías de casa (familia muy humilde, sí, con personas que apenas habían podido recibir la educación básica –algunos ni eso-, pero libros hubo siempre cerca, sobre todo porque mi madre y el tío Miguel gustaban de ellos y porque la tía Carmen y mi padre –quien, desde que recuerdo, volvía cada día del trabajo con un periódico, y lo mismo compraba Ya o Pueblo que con el tiempo pasó a Diario 16 y posteriormente a El Mundo o El País, últimamente le ha dado por La Razón, es decir que me hizo lector de miras amplias- propiciaban ese afán), los que recomendaban en el colegio (aunque, todo hay que decirlo, en muchas ocasiones esos son los títulos que menos animan a leer –enseñar el amor por la literatura, despertarlo, sigue siendo, y me temo que así continuará por los siglos de los siglos, una de las asignaturas pendientes en este país-), toda una vorágine de palabras que me impelía a reclamar más, sin orden, sin freno, sin prejuicios, sin prohibiciones, sin censura (sólo en alguna ocasión, cuando llevaba horas inmerso en ese placer solitario, mi abuela me recriminaba “deja de leer un poco y haz alguna otra cosa, hombre”).

   Y hoy, a pesar de lo ajustada que está la economía, celebrando yo diría el único día específico que aplaudo (aunque hay que seguir apostando por él los 364 días restantes, al menos cada 23 abril es el libro, ese mágico objeto, el que ocupa portadas, el que llama la atención, con el que te tropiezas aunque no quieras), he recorrido muchos de los puestos que han brotado en algunas calles, acariciando lomos, poniendo la oreja para saber cuáles eran los títulos más reclamados, rememorando placeres y bostezos según en qué lugar posase mi vista, sintiéndome ebrio (al modo en que reflejó ese estado el gran poeta Claudio Rodríguez en su imprescindible Don de la ebriedad) ante tanta palabra impresa, ante tantas posibilidades de evasión, ante tantas emociones, ante tantas tentaciones; pero, sin dejar de ser ese ratoncito de biblioteca que sólo anhela nuevas dosis con las que satisfacer su voracidad, homenajeando una y mil veces al tío Miguel con el que tantos puestos similares recorrí en mi infancia (y tengo uno bien cerca que me hace añorarle y al tiempo sonreír: el de San Ginés), echando como siempre de menos a Pablo que tiene la misma querencia que yo (compartimos un pasado similar en lecturas), me detuve más tiempo en aquellos tenderetes en los que había libros antiguos, ya leídos (o al menos manoseados), en los que es posible encontrar sorpresas, novelas descatalogadas, aunque algunas sean traducciones un tanto sonrojantes o con sonido a otra orilla (todos esos títulos que no se editaban en la España franquista), volúmenes de la Colección Reno (con una leyenda que dejaba bien claro que se editaba el texto completo), esas ediciones en tapa dura de los años 50 y 60 cuyo olor me provoca una salivación similar a la del doctor Lecter, esos tomos en cartoné que se van deshojando y hay que volver a pegar con cuidado y paciencia, en definitiva, un universo en el que ser feliz (y encontré, por sólo un euro, un ejemplar deseado desde hacía tiempo: Ragtime de Doctorow; el ratón de biblioteca, a pesar de todo, dormirá hoy un poco más tranquilo).

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