viernes, 23 de agosto de 2013

FALSEDAD BIEN ENSAYADA, ESTUDIADO SIMULACRO


 


   Decía la inmensa Nacha Guevara en el colofón de su espectáculo La vida en tiempo de tango que siempre que haya alguien sobre un escenario está sucediendo algo revolucionario, algo único, algo digno de mención; por desgracia, no siempre lo que encontramos ahí merece nuestro aplauso, pero uno no puede evitar estar de acuerdo con la diva argentina en que a priori (cuando está a punto de suceder, cuando está sucediendo, cuando lo estamos conociendo) resulta imposible resistirse al influjo del arte en directo, sin trucos, sin red, hacia nosotros, implicándonos, haciéndonos partícipes, olvidando nuestras butacas y nuestras realidades (o viéndolas reflejadas y pudiendo analizarlas aún mejor), a unas personas que trabajan con el material más sensible y al tiempo más dúctil: el ser humano, uno mismo, sus sensaciones, su sensibilidad, sus recovecos, sus angustias, sus sentimientos, negándose, enriqueciéndose, rompiéndose, doliéndose, arrastrándose, bailando, cantando, triunfando, fracasando, siendo otro, manipulándose, mutándose, dándose hasta el límite (y más allá) para dar voz al otro, al que representan, al que fingen ser, al que son ante nuestros ojos en esa comunión electrizante y admirable en que uno se olvida del intérprete para sentir al personaje. Como es lógico, gran parte de mi pasión por el cine y el teatro se alimenta de la adoración por los actores, los que consiguen transmitirnos mundos completos con una sola mirada, los que mutan su manera de moverse o hablar para ser médiums, los que nos arrasan el alma o nos extraen una sonora carcajada desde lo más profundo, los que diseccionan las emociones para hacérnoslas más comprensibles o menos extrañas, los que de un minuto al siguiente se transmutan, los que dicen un texto aprendido como si les brotase en ese momento, los que habitan otras vidas como si todas fuesen la suya.

   La colección Nuevos Tiempos de Siruela ha editado en castellano un libro de lectura obligatoria para cualquiera interesado o involucrado en el hecho teatral: El ensayo general, la ópera prima de Eleanor Catton, es un apasionante acercamiento al proceso de creación de una función, al mismo tiempo que disecciona cómo actuamos (en el sentido de fingir) en nuestra vida diaria, cómo intentamos ceñirnos a un guión, cómo reaccionamos cuando no escuchamos el pie que esperábamos. Desde las primeras páginas, el lector no tiene muy claro si está asistiendo a un ensayo, a una representación, qué es realidad y qué ficción (aunque muy cimentada en un suceso que ha conmocionado al microcosmos que retrata la autora), y el juego continúa durante toda la narración, puesto que conversaciones que consideramos auténticas se cuentan cómo si estuvieran ocurriendo en escena, detallando el maquillaje, la iluminación, la manera de interpretar, y las clases de preparación que se imparten en una prestigiosa escuela de teatro neozelandesa sirven para exprimir a los alumnos, para desnudarlos totalmente, para dejar al aire sus miserias, sus lacras, sus traumas, sus heridas más profundas, la vida en su lado más descarnado huyendo de disfraces, metáforas, máscaras o fingimientos; se cruzan muchas líneas, se rompen muchas paredes, se invade el interior, se sacude, se violenta, se cambian las reglas del juego sobre la marcha, pero la novela mantiene una coherencia a prueba de bombas y sabe hurgar en el ánimo del lector con tiento pero sin tapujos, inquietándonos al estilo de Patricia Highsmith (en lo cotidiano, en lo usual, en la difícil –o imposible- definición de los comportamientos humanos), poniéndonos sobre el filo de la navaja (muy afilado, no en vano el espíritu de Nabokov y su Lolita nos acompaña, con la crueldad añadida de que es una mujer la que escribe –muy joven, por cierto, ya que concluyó la novela con apenas 22 años-), sin complacencias, sin ambages, con una prosa limpia y deslumbrante que nos lleva a plantearnos casi cada frase, cada acción, cada momento. Y es de esas lecturas en las que lo menos importante es la resolución, el cierre, el porqué de esto o aquello o los puntos suspensivos que puedan quedar, ya que lo que uno nunca podrá olvidar es el viaje, el tiempo que estuvo en esas páginas, lo mucho que se preguntó sobre sí mismo y sobre el noble arte de la interpretación.

   No son más grandes actores esos que se tiran meses conviviendo con vagabundos o atendiendo un bar de carretera (suelen ofrecer interpretaciones muy mecánicas, nada naturales) o los que necesitan vivir el conflicto de su personaje para poder expresarlo (en ese sentido, conviene recordar la frase de Laurence Olivier a Dustin Hoffman durante el rodaje de Marathon Man (1976): “Somos actores, nos pagan por fingir”); los más grandes son los que, tal vez habiendo hecho algo de lo anterior, no dejan traslucir el esfuerzo, el ensayo, la técnica, los que, en palabras de la maravillosa María Luisa Ponte, “salen cuando les toca y dicen sus frases” y consiguen que el tiempo se detenga, los que convierten en eterno ese instante en que, parafraseando a Julio César, llegaron, hicieron y triunfaron. Es lógico que haya personajes que les dejen tocados, distintos, alterados, al fin y al cabo están maleando sus cuerpos, sus mentes, su corazón, y en ocasiones es inevitable que eso pase factura, pero los de raza, los inteligentes, los brillantes, colocan esa fuerza a buen recaudo, como parte de su bagaje, como un peldaño más, y esperan el siguiente reto, el próximo trabajo, no dejándose invadir o viciar por el triunfo pasado, por los laureles recibidos, para no terminar siendo un triste remedo de sí mismos, una caricatura, un actor encasillado (en ocasiones, la culpa es del público que no acepta la diversidad; en otras, de los directores sin imaginación; en algunas, de los propios intérpretes que o no se atreven a cambiar o no están capacitados para ello). Y lo más perverso (pero auténtico) de Eleanor Catton es cómo refleja esta actitud en la vida diaria, ese afán de mucha gente por tenerlo todo controlado y sabido, intentando cercenar lo espontáneo, sin pararse a analizar lo que se considera extraño, incomprensible, fuera de tono, y así se queda, los que en realidad, recordando la obra maestra de Douglas Sirk, viven una triste imitación y no lo verdadero (aunque nunca estaremos seguros del todo de qué imita a qué).