viernes, 30 de agosto de 2013

A TANTOS KILÓMETROS DEL ABRAZO


 

  
   Es curioso cómo los círculos se cierran cuando menos lo esperas o menos atención prestas, cuando estás a otras cosas o tan pendiente de algo en concreto que miras sin ver todo lo demás; pero, de repente, frenas, observas, analizas, recapacitas y resulta que hay sucesos que tienen lugar en el mejor momento posible, que se han dilatado mucho más de lo que hubieses querido, que has aceptado la demora porque no queda otra opción y, además, es lo lógico, pero que, por esas carambolas a las que llamamos azar o destino (cada cual lo que prefiera), tienen lugar cuando cobran un valor añadido que aún los hace más grandes y necesarios. Por motivos que no vienen al caso, Pablo ha estado fuera todo el verano, precisamente el primero en que no tengo trabajo desde hace no sé cuánto (durante mucho tiempo era al revés: solía tener más del habitual en ese periodo, ya que me tocaba sustituir a alguien durante sus vacaciones, y aquí estaba servidor para soportar los rigores de la capital e inventar invitados y contenidos en una época en que todo el mundo parece emigrar –algunos de esos momentos, sobre todo los asociados a Miguel Ángel Yáñez y Beatriz Pécker, al igual que el primero que compartí con Marta Conde –y con Pablo en el equipo-, son inolvidables desde el mismo momento en que los estaba viviendo), ha sido por lo tanto un estío desolador, agobiante, con demasiado tiempo para añorar, evocar, echar de menos, dolerse, entristecerse; he aprovechado para escribir (eso que tanto le gusta Pablo que haga, eso con lo que he vuelto a disfrutar, esa pasión que había acallado, esa vocación que me ha hecho renacer y me ha servido –y sirve- como bálsamo, como acicate, como realidad), para leer, para pensar, para seguir cimentando mi (nuestro) amor (es algo que se hace día a día, que se realimenta continuamente, el hecho más nimio que compartimos, cualquier destello de complicidad, un nuevo guiño de asentimiento y comprensión es el mejor abono para que la relación sea más estrecha y profunda –cuando nos preguntan cómo se hace para llevar tanto tiempo, casi once años, juntos, me consta que ambos contestamos que no conocemos el truco, que simplemente vivimos sin pensar en “siempre”, nos limitamos a hacerlo realidad-), para agradecer la compañía de Dobby (a pesar de sus rabietas, pero si no fuese así no sería tan adorable), para ir preparando algunas sorpresas, pensando en cosas que hacer juntos y, sobre todo, para sentir que mi corazón sigue latiendo por dos y para percibir esa correspondencia a pesar de los kilómetros de distancia.

   Nuestra querida amiga Olga María Ramos, ese inmenso talento como artista, esa humanidad desbordante como persona, ha tenido la deferencia de pedir mi colaboración para un proyecto del que no debo contar nada (porque no me corresponde hacerlo) y me ha insuflado optimismo, ha propiciado que me sienta útil, que sienta que hay gente que sigue valorándome como profesional, que mis palabras (escritas o pronunciadas), mis años de oficio, mi sensibilidad, mi criterio puede resultar interesante (algo que también debo hacer extensivo a mi adorado Ovidio Parades –con el que, entre otras cosas, me chifla discutir sobre cine (sin que llegue la sangre al río, argumentando con pasión y mitomanía)- o a Elena Palacios, Alejandro Muñoz, Nieves Peñuelas, Alfonso Monteserín, Mandy de la Escalera o Ángel Galán, por seguir confiando en mí para transmitir aquellas impresiones que me producen libros, películas y obras de teatro); sí, del aire no se vive, y este blog no da dinero (tampoco Celuloide en vena, por supuesto), pero al menos proporciona muchas satisfacciones y me permite comunicarme con aquellos que aceptan la invitación y llegan hasta el ángulo oscuro del salón para estar cerca de las notas que emite el arpa. Y fue, como en tantas ocasiones, una palabra de Pablo la que me puso en movimiento, la que lo hizo posible (también el blog de cine), la que materializó un deseo y engrasó mi maquinaria para que el periodista no se dejase morir, aunque nuestros próximos objetivos continúan por el camino literario y (crucemos los dedos) por el teatral (un sueño largamente acariciado podría estar próximo a realizarse, gracias al impulso del inquieto Juan Luis Peinado –y hasta ahí puedo leer-).

   Y cité antes a Olga María, entre otras muchas cosas, porque gracias a ella he titulado este escrito y fue su agudeza la que me puso sobre la pista de la importancia de lo que sucederá dentro de pocas horas; en uno de los muchos mails y mensajes que nos hemos cruzado este verano en que, lo reconozco, no he querido ver a demasiada gente, he estado poco sociable, más anacoreta que de costumbre (necesitaba mi tiempo y espacio, hacer cosas sin Pablo no me aporta nada, antes al contrario exacerba mi soledad y nostalgia), respondiendo a su interés por la situación que nos mantenía separados, ofreciéndome como es habitual su cariño, apoyo y bondad, le dije que eran malos momentos y que tener a Pablo “a tantos kilómetros del abrazo” aún lo hacía todo más difícil. Con ese sentido artístico que le desborda, que posee en cantidades industriales, me contestó que le parecía una frase fantástica y que expresaba mucho en pocas palabras; el caso es que ese mensaje quedó ahí y ahora que el abrazo se acerca, que faltan horas para que vuelva a producirse, para que podamos cerrarlo, caigo en la cuenta de que eso ocurrirá un 31 de agosto, día en que justo hace un año, en una madrugada ambigua y llena de sensaciones contradictorias, llegaba a casa después de presentar mi último programa de radio, manteniendo la dignidad y la voz (un poco trémula al pronunciar las últimas frases, es cierto, pero prometí no dejarme vencer, no hacer tragedia y no dar satisfacción a los que deseaban verme caer en lo patético o desbarrar como otros en similares circunstancias –si eso es lo que le gusta a gentecilla como Javier Encinas o un tal Vicen de Ponferrada, no quiero corifeos de ese jaez- y creo que lo conseguí), afirmando lo que era (y es) mi única verdad, que todo se lo debía a Pablo y que no iba a olvidar nunca a los oyentes, y encontraba un cobijo, un refugio, el lugar en el que quiero estar y permanecer, unos brazos que me acogieron y tranquilizaron, que me restauraron, que me dieron soporte (y que cuando todo se me vino encima pocos días después, cuando comprendí que el melifluo poetastro seguía actuando cobardemente y con mentiras, cuando me revolví y lo pagué con quien siempre está cerca, volvieron a prestarme su calor, su energía, me recogieron y me levantaron, sin reproches, sin amargura, con todo el amor del mundo). Por lo tanto, el abrazo de mañana pone punto y final a este año en que, a pesar de todo, tanto hay que celebrar: Madres de película, se presentó en sociedad 24 horas de un periodista desesperado, vibramos viendo a Barbra Streisand y seguimos juntos (y mantenemos la cabeza muy alta porque somos fieles a nosotros mismos, a nuestros sentimientos, a nuestra realidad).

P.D.: Por cierto, si en estos días asomo con menos asiduidad por aquí, comprendedlo; tenemos que ponernos un poco al día, estar el uno con el otro, dar un impulso al nuevo libro, pero sabéis que tomo nota de todo lo bueno (y de algo malo, inevitable) para seguir acariciando las cuerdas del arpa.

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