viernes, 16 de agosto de 2013

QUERIDA TÍA AGATHA






   No estoy muy seguro de cuándo oí nombrar a Agatha Christie por primera vez: sé que en el universo de lecturas infantiles nunca faltaron las historias de misterio, de detectives, de intriga, bien con esas envidiables meriendas de los Cinco, las historias algo más ñoñas de los Hollister y, sobre todo -un gran paso adelante porque eran las aventuras más adultas-, esos inolvidables Tres Investigadores a los que apadrinaba nada menos que Alfred Hitchcock; precisamente me hizo fan absoluto de Jupiter, Pete y Bob un compañero de colegio que primero lo había sido de catequesis, Joaquín, al que su madre intentaba presentar y hacer crecer como lector ávido y buen estudiante, aunque tenía muy poco de lo segundo y de lo primero sólo con aquello que le gustaba (en esos años de amistad, al margen de saberse de memoria algunos de los volúmenes de la colección mencionada, sólo se interesó por las novelas de Sven Hassel y algún título suelto aquí y allá, para regresar inmediatamente a sus investigadores juveniles, a los que estaba empeñado en que emulásemos, aunque nunca tuvimos la suerte de toparnos con un reloj chillón, un perro invisible, un diablo danzante o una calavera parlante –aunque, bien pensando, la suerte fue que sólo existieran en la ficción-). Y, como digo, sé que el nombre de la creadora de Hércules Poirot me sonaba, andaba por ahí rondando, cuando una de las muchas tardes que pasaba en casa de Joaquín (haciendo los deberes, viendo la televisión, jugando), éste preguntó a su madre: “Mamá, ¿no tenías por ahí alguna novela de Agatha Christie, que siempre me dices que la lea?” y cuando la señora se puso tan contenta a explicar algunos de los crímenes, tramas y escenarios pergeñados por la autora, algo se me aceleró dentro del pecho y, puesto que mi padre me debía un regalo de Navidad (o no había elegido el de cumpleaños, una de las dos opciones), pensé que esa podía ser una buena elección y me dejé aconsejar por la madre de mi amigo que me dijo: “Pide alguno en que salga la señorita Marple; mi favorito siempre ha sido El tren de las 4.50”. Y con ese título empezó mi idilio con una escritora a la que siempre reivindicaré, idolatraré y agradeceré la infinidad de buenos momentos que me ha hecho pasar, no sólo leyéndola, sino gozando con algunas de las adaptaciones de sus obras llevadas a cabo por el cine y la televisión (lo remarco: algunas –otras, mejor olvidarlas).

   Agatha Christie es autora de novelas policíacas y eso no supone ningún demérito; como tantas veces, hay que defenderse del desprecio con que hablan de ella y con el que te miran cuando te reconoces admirador (no de hace años, ahora mismo: el tiempo no hace sino acrecentar mi fascinación) esos que debieron leer a Joyce desde la cuna (y, posiblemente, ni han abierto el Ulises o no han pasado de determinada página, pero jamás van a reconocerlo –pues yo sí lo digo: igual que me reconocí lector de Proust hace poco, también digo que la considerada obra magna del irlandés ha podido conmigo y no creo que me anime a una nueva intentona-). Por un lado, uno es consciente de que conoce y adora a escritores de mucho más fuste, con mayores bondades narrativas, con un mundo propio que te involucra, pero a ella sólo le pido un rato de diversión, de evasión pura y dura, de duelo por ver quién es más inteligente (si se trata, como comentábamos hace poco, de hacerse preguntas, nadie como la tía Agatha para eso: ¿Quién es el asesino? ¿Por qué lo hizo? ¿Habrá más crímenes?); por otro, muchos de los que hablan pagados de sí mismos, cacareando demasiadas veces lo que han oído por ahí, jamás han abierto una novela firmada por ella (¡Crimen de lesa majestad! ¡Pecado mortal!), y son muy libres de ello, por supuesto, pero eso les desautoriza para emitir juicios (que no hagan aprecio para manifestar su disconformidad, pero que no hablen sobre lo que no conocen).  

   Hace poco, Pablo me regaló un delicioso volumen titulado Agatha Christie: Los planes del crimen en el que John Curran sigue revelando parte del contenido de aquellos cuadernos que acumulaban polvo en casa de uno de los nietos de la escritora; éste es aún más apasionante y revelador que el primero, ya que al seguir su producción cronológicamente permite entrar en el proceso de creación de cada título por sí mismo (en Los cuadernos secretos de Agatha Christie la información se suministraba por temas y eso en ocasiones llevaba al equívoco o la confusión si no se tenía muy clara la trama de cada novela citada). No pude encontrar mejor lectura para que nos acompañase en alguno de nuestros últimos viajes a Londres (lo iba leyendo yo, pero compartimos complicidad y gusto por la tía Agatha como por tantas cosas), ya que aunque tenía preferencia por los escenarios rurales o alejados del tráfago de la capital, pasear por sus calles es toparte con los anuncios que recuerdan que La ratonera sigue en cartel en el St. Martin´s Theatre, batiendo cada día el récord de permanencia (en octubre se conmemorarán 61 años de su estreno mundial y el 25 de noviembre los mismos del londinense) o descubrir (es lo que tiene Londres: por mucho que la visites siempre te sorprende) un monumento que la homenajea a pocos pasos de Leicester Square. Gracias a Curran se abren las ganas de regresar a novelas que tienes entre brumas (leídas hace muchos años) o a alguna que aún no has visitado (sí, resultará extraño, pero hay cuatro o cinco que nunca he leído); es apasionante comprobar lo muy en serio que se tomaba su oficio, las vueltas y revueltas que daba a los argumentos, su afán por jugar limpio con el lector, su empeño en no repetirse, el alma que (en contra de lo que suelen señalar sus detractores) ponía en cada página, la construcción psicológica de sus personajes, el empeño por sorprender, la lógica que aplicaba para que no quedase ningún hilo suelto y para que hubiese suficientes pistas que llevasen hasta la solución al lector perspicaz. Curran demuestra su respeto y entusiasmo por la Christie, le rinde pleitesía desde su labor investigadora, la misma que acomete con el máximo rigor y por ello no le duelen prendas en reconocer que no toda su producción está a la misma altura ni acepta segundas lecturas (algo, por otro lado, casi imposible por mucho talento que se posea) y deja manifiestas sus preferencias; lo maravilloso es que uno redescubre historias, lee el final inédito para El misterioso caso de Styles, se entera de que Tragedia en tres actos no tiene la misma conclusión en todos los países (aunque el asesino es el mismo, la explicación de Poirot, los porqués son muy diferentes en la edición británica y en la estadounidense –y ahora ando enredado en su lectura para saber cuál fue la que se tradujo en España-), se apasiona con una narración inédita de la señorita Marple, vuelve a caer bajo el hechizo de la querida tía Agatha y rememora aquellas lecturas compulsivas en las que había que llegar a la última página para ver si la teoría que uno iba pergeñando era similar a la resolución del rompecabezas o, como pasó tantas veces, la escritora volvía a ganar la partida.

   Y ya sabíamos, gracias a su autobiografía (¡Qué deliciosa! ¡Qué reveladora! Una demostración más de que no era tan rudimentaria ni tosca escribiendo, aunque eso es algo que sus admiradores nunca hemos dudado), que ella fue la primera sorprendida por su éxito o que nunca pensó que Poirot o la señorita Marple tendrían una vida tan larga (“los hubiese creado mucho más jóvenes”), pero nadie va a exigir a sus novelas una cronología rigurosa (especialmente los que leímos a los Hollister sin caer en la cuenta –lo hicimos como adultos- de que en todos los volúmenes de la colección -¡Y eran 33!- se presentaba a los niños protagonistas con las mismas edades); de lo único que discrepo es de que tía Agatha debió sufrir (así lo indica Curran) con la encarnación que hizo Margaret Rutherford de la señorita Marple, desde luego nada ajustada al original, pero absolutamente delirante y digna de alabanza: en primer lugar, porque a la insigne actriz está dedicado El espejo se rajó de parte a parte (no hacía falta semejante manifestación pública: con estar callada hubiera sido suficiente); en segundo, porque seguro que la comicidad que la Rutherford incorporó debió ser del agrado de la autora, quien siempre diseminaba por aquí y por allá gotas de humor más o menos cáustico, más o menos vitriólico, más o menos irónico, dependiendo del momento. Y sólo su agudeza, su maestría, su talento, hace posible que, aun conociendo el final, podamos gozar una y mil veces con Testigo de cargo, Diez negritos, El asesinato de Rogelio Ackroyd, Asesinato en el Orient Express o tantas otras en las que, sin impostación ni pretenciosidad, Agatha Christie alteró, subvirtió, inventó sus propias normas y revitalizó, engrandeció e hizo eterno el género de misterio (y en el final, dos confesiones: mi preferencia por la señorita Marple frente al desmesurado ego de Poirot y la recomendación de descubrir Cartas sobre la mesa, una de las lecturas más absorbentes que recuerdo).  

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